
Cintio Vitier alcanzó el Premio Nacional de Literatura en 1988, en su sexta emisión, esta vez ex aequo con Dora Alonso, en la última ocasión en que este premio se compartía. Parecía un poco raro que no lo compartiera con su esposa, la magnífica poeta y ensayista Fina García Marruz, quien lo iba a ganar dos años después, ya en solitario. A Vitier se le ha tenido más consideración como ensayista que como poeta, lo cual es injusto con su valiosa obra lírica. Pero Lo cubano en la poesía (1958) y luego su brillante Ese sol del mundo moral (1975) lo situaron entre los mejores críticos literarios y ensayistas del panorama latinoamericano.
Su obra poética registra más de diez título y varias antologías, entre ellas la más extensa de Monte Ávila Editores, de Caracas, y de 1993. A diferencia de Eliseo Diego que comenzó publicando cuentos, Vitier se dio a conocer en 1944 con su ensayo Experiencia de la poesía, y mucho después su Poética (1961) fijaron el crédito de su labor en prosa, así como su obra como crítico, recogida primera en Temas martianos (1982), Crítica cubana (1988), Prosas leves (1993). Con su esposa, ambos se especializaron en la obra y la vida del prócer y gran poeta cubano José Martí.
Cintio llegó a publicar tes novelas: De Peña Pobre (1978), Los papeles de Jacinto Finalé (1984) y Rajando la leña está (1986), y con su opúsculo Budapest (1985) y sus Cuentos soñados (1992), dejó tras de sí una notable labor de prosa narrativa, menos considerada también que su labor ensayística. Fue un antólogo de peso nacional con Cincuenta años de poesía cubana (1952), Las mejores poesías cubanas (1959), Poetas románticos cubanos (1960), entre otras, y fue él quien fijó de manera indiscutible al llamado Grupo de Orígenes con Diez poetas cubanos (1948). A esos diez habría que sumar tangencialmente a Cleva Solís, Roberto Friol, Francisco de Oraá y cierta zona de la poesía de Samuel Feijóo, de quien los esposos Vitier-García Marruz escribieron copiosamente, exaltándolo como merece.
Cintio alcanzó una subida cantidad de condecoraciones y premios, entre ellos tres doctorados Honoris Causa (dos universidades cubanas y una japonesa), las órdenes Félix Varela, Carlos J. Finlay, y la excepcional Orden José Martí, así como el Premio Juan Rulfo. Como llegó a ser Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, o sea, parlamentario cubano, su persona verificó un halo de respeto generalizado por su palabra.
Su poesía gozó de una intimidad que pudiéramos llamar «participativa», pues viniendo del intimismo, fue gradualmente abrazando el tipo de mensaje social que participa de la circunstancia, pero también lo hacía desde su fuero íntimo. Esto fue sobre todo su libro a dos manos con su esposa Viaje a Nicaragua ( 1987), en el que, bajo cierto influjo de Ernesto Cardenal, ambos poetas se abrazaron a la poesía coloquial, testimonial, de la circunstancia.
Bien conocido antes de enero de 1959, por su participación en la revista Orígenes, había publicado dos poemarios muy íntimos, de cierto matiz cristiano: Vísperas (1953), que es una compilación de su labor lírica hasta esa fecha, y La luz del imposible (1957). Otra compilación fue Testimonios (1968), un notable conjunto, en donde aparecen sus dos miradas esenciales a la vida: la de un hombre de fe cristiana, la de una persona que abraza a la Revolución triunfante, no sin asombro, no sin entusiasmo. Consolidó su cualidad de indiscutible poeta con La fecha al pie (1981) y su Antología poética de ese mismo año. En 1997 aparecerá su casi completa Poesía, en un volumen que lo distingue dentro del contexto poético nacional. No alcanzó a ser de los poetas cimeros de Orígenes (Lezama, Piñera, Baquero, Diego), pero su obra resulta un jalón notable del siglo xx cubano. Se consideró a sí mismo como un servidor de la poesía, y, junto a su esposa Fina García Marruz, alcanzó a ser la pareja de poetas más notable del curso literario insular.
Con la obra de Cintio no basta exaltar al poeta, aunque eso fue, un hombre de vocación poética muy definida, que irradió sobre los otros géneros cultivados: ensayos, crítica literaria, novela y cuento. Lo cubano en la poesía fue muchos años libro de culto, sobre todo para generaciones nacidas tras 1930, y sigue siendo un conjunto de estudios notabilísimo, en el que Vitier estudió la evolución de la poesía cubana, exaltó a poetas meridianos, resultó un poco injusto con la Avellaneda, no apreció en su importancia mayúscula a la poesía negra o mulata, y parece indicarnos que la poesía derivada del grupo de Orígenes es el summun de la literatura nacional, pues no disimuló su propuesta de verla como culmen. Puede alegarse ese sentido un poco sesgado o de franca tendencia, pero Lo cubano en la poesía alcanzó a ser un hito en la ensayística cubana sobre poesía, por su doble cualidad de investigación y de propuesta crítica.
El otro hito de su rica labor como ensayista es Ese sol del mundo moral, en el que estudió cualidades básicas del ser cubano, mostró la grandeza histórica de la patria, se detuvo en figuras cimeras, expuso la eticidad y la hombradía del desarrollo cívico nacional, y dejó en claro el papel del arte, y del arte de la palabra, en el devenir cubano. No cabe dudas de que Vitier se convirtió en una autoridad del pensamiento in situ, en especial del ideario literario y ético.
Sus novelas no son pobres. Quizás la fama del ensayista lanzó cierto fatalismo sobre ellas, pero De Peña Pobre puede figurar entre las mejores novelas de Cuba de todos los tiempos. Y aunque se limitó bastante al mundo poético cubano, sus análisis e incluso traducciones de literatura universal (por ejemplo, su acercamiento al gran francés Arthur Rimbaud), lo señalan como un hombre de proyección internacional y dentro del ámbito de la lengua española.
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