
Dora Alonso alcanzó el Premio Nacional de Literatura en 1986, en su sexta emisión, esta vez junto con Cintio Vitier, en la última ocasión en que este premio se compartía. Ella se había convertido, con su obra, en referente de varias líneas creativas: de la novela radial, el cuento, el teatro, la poesía y la literatura para niños y jóvenes, en lo que brilló más su estrella. Fue una notable periodista y sus crónicas de la etapa de invasión por Bahía de Cochinos y Playa Girón, hicieron época como corresponsal de guerra de la revista Bohemia.
Con Juega la dama (1989) mostró que no era una poeta de paso en el conjunto de su tiempo, con un tono conversacional más bien sutil, ligado a su estro emotivo. Pero la mejor poesía de Dora Alonso se situó del lado de la infancia. Ella fue la creadora de dos personajes y dos obras significativas para ese mundo infantil: Las aventuras de Guille (1968), con un personaje al que se le sacó mucho provecho radial, televisivo y que la propia Dora expuso en varias obras suyas.
Las aventuras de Guille fue una de las obras iniciadoras de un auge notable de la literatura infantil de la próxima década (entre 1970 y 1980), y se vio replicada en Aventuras de Guille en busca de la gaviota negra (1991) y en algunos de los Cuentos de 1976. Logró así un personaje-hito de la narrativa cubana. Sólo con este libro, la dama escritora alcanzaba un punto de relieve en la literatura nacional, y elevaba con ello a la literatura infantil, preterida hasta entonces, a labor de vuelo poético y reconocida en el mundo literario.
Con Once caballos de 1970, pero sobre todo con El cochero azul (bello relato de final un tanto precipitado), de 1975, y El valle de la Pájara Pinta, de 1984, se consolidó su lugar destacado dentro de la narrativa cubana, y en especial en la dedicada a la infancia, lo cual llevó a la cima con Pelusín del Monte, pieza teatral de alto mérito lírico, que data de 1956, y que es un clásico del teatro de marionetas cubano. Entre sus radionovelas, ninguna fue más célebre que Sol de batey, original de 1950, muchas veces radiada. Alcanzó Premio Casa de las Américas con su Tierra inerme (1961), y muchos de sus libros narrativos son constantemente referidos y reeditados. ¿Fue más narradora que poeta? Probablemente, pero Dora alonso ligó su prosa a una ternura sin dudas de matices líricos.
Como poeta, Dora tuvo el cuidado de no sumarse de manera radical al exteriorismo de la corriente coloquialista, que le era exactamente coetánea. Jugó con ello, pues se aprovechó de la conquista estilística del tono conversacional e impulsó su obra de delicada conexión con el mejor neorromanticismo cubano. Buscó ser ella, expresar su intimidad, moverse en un terreno diferente del cuento, pero que requería algo que ya dominaba muy bien: concisión, precisión de lenguaje y de ideas. Sincera y de verso muy expresivo, la mujer poeta que había en esta creadora no fue fecunda en obras en versos, pero dejó su impronta con calidad.
Creo que en la línea del intimismo, Juega la dama es su mejor realización poética, porque logró voz propia y sencillez expresiva, buscó una manera de «jugar» con las palabras, y ellas se mostraron dóciles al juego de Dora. Era otro de los renglones de éxito de su labor literaria: usar el sentido lúdico de la palabra, dejar que el texto surgiera como jugando, como si ellas, las palabras, pudieran alcanzar a ser traviesas, ágiles, pero distanciándose del lenguaje que usó para acercarse o comunicarse con la infancia. La poeta tuvo el cuidado esencial de saber que trabajaba en otro género, el cual le pedía autenticidad, concentración y rigor. Ella fue sin dudas una poeta rigurosa.
Aunque se movió muy bien en el género poético, está claro que ella no desdeñó jamás a la poesía, que aparece como centro del lenguaje en muchos de sus cuentos. Supo revestir de halo poético a sus personajes, lo que le permitió ofrecerles constante vigencia. Se pueden leer los cuentos de Guille y la historia de Pelusín como algo que pertenece a nuestro tiempo de hoy. Esta peculiaridad se debe a la dosis de ternura que puso en su labor literaria, incluso cuando hacía novelas para la radio o cuando se convirtió en una periodista que hacía notables crónicas de época. Puede decirse que Dora Alonso se situó con rapidez entre los autores de mayor popularidad de su tiempo, por lo que el Premio Nacional de Literatura venía a refrendarlo, a mostrar en ella a una poeta-narradora que no se abrazó al populismo, sino a lo legítimo popular. Es cierto que su nombre quedó fijado entre los más destacados de la literatura cubana para la infancia, ese es el referente principal de su obra, y en ello llegó a convertirse en una autora clásica.
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