
Ángel Augier alcanzó el Premio Nacional de Literatura en 1991, en su novena edición. Poeta y ensayista, fue el valedor más importante de la obra poética de Nicolás Guillén y por eso se destacó muchísimo, aunque poseía de sobra méritos como poeta y como asiduo estudioso de la literatura cubana. Como suele ocurrir con algunos poetas-ensayistas, la obra en prosa, cuando es muy destacada, echa un velo sobre la labor poética, y el hombre de Isla en el tacto (1965) quedó a veces subyugado como poeta por libros como De la sangre en la letra (1977).
Augier fue un sistemático crítico de poesía cubana y también española. Hombre de raigales conocimientos, su labor como investigador literario dejó huellas certeras, con compilaciones y libros tan sugerentes como Darío en Cuba y Cuba en Darío (1988), estudio ejemplar en el plano biográfico y crítico. Sus búsquedas en las obras de Rafael Alberti, Miguel Hernández, Pablo Neruda, entre otros poetas, mostraron su disciplina autoral, su rigor analítico y su capacidad para hallar lo más notable de la obra de otros autores, como es el caso de su compilación de la obra poética de Enrique Loynaz Muñoz. Entre sus libros de ensayos más descollantes se hallan la compilación De la sangre en la letra, Prosa varia (1980) y Acción y poesía en José Martí (1982). En los tres, la sagacidad del crítico literario se aunó con una prosa que no deseó exhibir saber, sino comunicar ideas, mostrar a los lectores un camino de comprensión de obras de alto valor literario.
Pero en el rango de especialidad, el brillo mayor de Augier fue la exégesis de la obra de Nicolás Guillén, del que fue insuperado compilador de la poesía completa del gran poeta cubano y ofreció una sabia biografía. La labor de Augier sobre la obra de Guillén, ya por sí sola, merece el mejor recuerdo y el reconocimiento más preciso. Debe haber sido uno de los factores que se consideraron para declarar al propio Augier como Héroe del Trabajo de la República de Cuba. Él organizó por completo el cuerpo literario de la obra guilleniana, la conformó de manera tal que pudiera ser incorporada en dos tomos, llenos de notas aclaratorias y variantes de cada poema. Ofreció secuencia y fijó las versiones definitivas de los textos, y añadió su propio estudio, su prólogo cargado de sugerencias para la lectura del Poeta Nacional.
Como poeta, tuvo dos momentos de gloria, con el aludido Isla en el tacto y con Todo el mar en la ola (1989), obras distantes en el tiempo. No es que Augier no haya publicado más conjuntos líricos, pero en estos dos libros está la esencia de su cualidad poética. El primero fue obra de madurez biológica y el segundo propio de cuando el poeta llegó a edad avanzada, pero nunca detenida en su labor literaria. Desde Versos (1932) hasta Las penúltimas huellas (2000) se anotó el sentido de fineza y buen gusto de imágenes, a veces vanguardistas pero nunca de exagerado surrealismo, de limpia escritura por la claridad idiomática y el juego de ideas. Siendo un militante comunista, su labor poética es muy subjetiva, dada a un lirismo que solo a veces, con algunos poemas de raíces sociales, sobrepasa con algún ejercicio épico o de tono conversacional.
Isla en el tacto reunió dos tendencias esenciales de la poesía de Cuba: la social y la íntima. Con la primera, Augier hizo vibrar el himno patrio, Cuba-la-isla volvió con una fuerza similar a la que le concedieron los padres de la nacionalidad en el siglo XIX, de manera que Cuba-patria y Cuba-la-más-bella se abrazaron en las páginas de este libro de Augier. También hay un sesgo íntimo en ese modo de abordar el himno y la oda, hay un deseo de expresar el gran sentido emotivo que le produce al poeta la vibración de lo cubano. Los textos están divididos por números romanos, pero cada uno puede considerarse una unidad poética autónoma, de valor per se.
Todo el mar en la ola es una antología personal que reúne, en modesta cantidad, aquellos poemas que el propio poeta consideró como representativos de su obra. Por ese motivo, es el segundo libro de poemas más destacado de Augier después de Isla en el tacto. Pudo, sin rubor, añadir completo Isla en el tacto, pero prefirió entresacar poemas de su labor como poeta desde la para entonces ya lejana década de 1930 hasta la actualidad de esa obra, o sea, la entrada del fin de siglo.
Salvo la narrativa, Augier fue un autor de múltiple oficio, con un cuaderno lírico para la infancia llamado Saltarín Cantarán (2002), en el que el abuelo se ponía a la altura expresiva de sus nietos con indudable gracia. Y es que Augier fue sobre todo un poeta, por eso como ensayista prefirió referirse a la poesía, como Cintio Vitier, José Lezama Lima, Fina García Marruz, Eugenio Florit, Roberto Fernández Retamar y varios otros poetas en función de críticos literarios. La poesía fue para él venero, punto de llegada, deseo de vuelo imaginativo y una suerte de «compañera de ruta», con lo cual alcanzó a ser uno de los mejores críticos del género en el siglo XX.
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