
Pablo Armando tenía el don de la simpatía. Era un hombre cordial y simpático. Pero también era un poeta de sensibilidad muy fina. Tuvo una vida larga de noventa y un años, nacido en 1930 y fallecido en 2021. No había actividad cultural en La Habana, y en casi toda Cuba, en que no estuviera presente, viajó muchísimo, fue diplomático, publicó novelas y sobre todo libros de poemas. También fue dramaturgo. Tenía «don de gente», o el ángel de la jiribilla, del que habló Lezama Lima. ¿Cómo tenía tiempo para tanta vida social y tanta escritura, y que esta última no fuese baladí?
Ya con Salterio y lamentación (1953) se había presentado como un poeta de mérito, entonces andaba por Nueva York y era amigo en Cuba de Enrique Loynaz Jr. En 1961 publicó un libro de poemas de título arrogante: Toda la poesía, que reeditó en el año siguiente con un prólogo de Ezequiel Martínez Estrada. Luego vino Himnos, de ese mismo 1962, que ya lo dejaba situado entre los poetas más decidores de la generación de los años cincuenta. El libro de los héroes (1964) fijaba un punto social en una trayectoria más dada a la intimidad, dentro de la corriente coloquialista.
Si Luis Cernuda se desplazó entre La realidad y el deseo, Pablo Armando Fernández lo hizo entre El sueño, la razón. El poeta cubano no quiso edulcorar la realidad, bien ruda en algunos de sus versos, sino ofrecerle un embellecimiento lírico de fondo bondadoso, una eticidad por la poesía. Fue un poeta que dejaba curso libre a la palabra cuando esta lleva el signo de la poesía. Por eso, la poesía en él resultó un torbellino que marchó desde el ya mencionado Salterio y lamentación hasta Campo de amor y de batalla (1984). Y en ese mundo lírico los adjetivos o términos aplicables son contradictorios: torbellino ordenado y mesurado; riguroso fluir de emociones y sensaciones a través del intelecto; poesía pensada y racionalmente sopesada que brota con espontánea naturalidad.
En la coral del coloquialismo, Pablo Armando Fernández sobresale por algunas de sus virtudes expresivas personales, que, si bien son tradiciones de la poesía cubana, en él tienen el peculiar matiz del tono conversacional y la evidente inmediatez con que trata los temas. Esas virtudes se centran, especialmente, en su capacidad elegíaca y en su redescubrimiento de lo poético familiar, que aparece con fuerza en la poesía de nuestro país desde el siglo XIX en Luisa Pérez de Zambrana, pero que en Pablo Armando no es un canto, loa o beatus ille, sino acercamiento a la realidad a partir del entorno familiar y adentramiento en lo cotidiano con carga afectiva. Esta última particularidad es la que ofrece en su poesía la conjunción o armonización de lo subjetivo con la realidad objetiva, de lo político con lo imaginativo en sus momentos líricos de mayor contenido social. Si su novela mejor (Los niños se despiden) «salva» la «limitación autobiográfica» por medio de la imaginación, ello es clave en su poesía, donde biografía e imaginación se han conjugado siempre. En Salterio… el joven poeta, hipersensible, se asomaba al mundo desde las tradiciones provincianas de un hogar rápidamente sustituido por el «bosque» neoyorquino. El poeta cuenta su vida, o su «lanzamiento» a la vida, desde un lirismo propio y distintivo, distinguido.
Pablo Armando aprovechaba, a veces, el matiz sacralizador del lenguaje bíblico para temas cotidianos, para una conjunción de canto y cuento de la realidad con énfasis y muchas veces con carácter sentencioso. Por eso mismo su poesía está alejada de Orígenes, de los matices religiosos de la (o las) poética(s) origenista(s). No hay un mero empleo de temas profanos con lenguaje secularizado, porque el afán del poeta no es trascendentalista. Pablo Armando supo aprovechar los recursos del lenguaje bíblico para dar un tono personal, que en Himnos ya había encontrado uno de sus mejores momentos. En la elegía «El poeta a la muerte de su madre» hay también un Manrique asimilado, pero a la ideación y al filosófico ubi sunt manriqueño, Pablo Armando contrapuso la terrenalidad, incluso el hacer cotidiano de la madre:
Mi madre está en el parque, unos niños inmemoriales le rodean y de su mano cantan. La mañana insegura parece ser una mañana cualquiera de este siglo.
En la poesía de Pablo Armando arde la realidad, ella importa en un aquí y ahora continuado porque el poeta quiere vivir, como en uno de sus mejores poemas: “Aprendiendo a morir”, que es en verdad un ejercicio de vida incluso tras la muerte física. Si a veces incluso es una realidad imaginada, ello puede estar relacionado con el propio temperamento imaginativo del poeta. Cuando ganó el Premio Nacional de Literatura en 1996 produjo una honda alegría en quienes lo admirábamos vivo y simpático, con obra sólida y extensa, con vida llena, como una luna lírica.
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