
Carilda Oliver Labra (1922-2018) gozó de fama y simpatía entre los lectores cubanos, ella fue más que una «heredera» de la poesía del tipo de José Ángel Buesa, a quien siempre reverenció, se fue más allá que el famoso viejo bardo, abrió las posibilidades de su verso a la poesía de amor, sensual y de bellos tintes eróticos, pero también a lo social, al canto a su ciudad y a la familia.
Hizo de su vida una leyenda, un recital poético de Carilda hacía concurrir a grandes grupos de admiradores, tuvo el don de decir sus poemas con gracia de actriz, pero con la dignidad de una poeta que tomaba su oficio muy en serio. Porque ella no ofrecía ser simpática a la fuerza, sino que donó su poesía altamente emotiva con sinceridad y cuidado estético. Se le llamó «transgresora», «empoderada» como mujer, capaz de dirigir su discurso tanto al encuentro erótico con el amante como al hombre mismo o a su falta.
Su primer libro, Preludio lírico (1943) fue exactamente un preludio y pasó sin penas ni gloria, pero el segundo, Al sur de mi garganta (1949), rompió estereotipos de la llamada «poesía femenina», cantó al hombre como desde siglos el hombre canta a la mujer, volcó su desenfado en aportes del surrealismo y de la naciente poesía de tono conversacional cubana, a la que iba a adherirse desde su particular registro poético. Desde ese libro de una muchacha veinteañera, tuvo Cuba en Carilda una voz de mujer poeta que habría de dar mucha labor fructífera con el verso.
Hay en su obra el sentido un tanto surrealista de sorprender, de construir el texto desde la sorpresa de la idea expresada envuelta en un lenguaje sugerente y entre juegos de palabras efectivos, como al comienzo de «En vez de lágrima»: «Hugo Ania Mercier: yo te quería», tríptico que termina con ese mismo verso con que dio inicio al primer soneto. Por momentos, ese juego lexical solo quiere llamar la atención, para que el lector no pueda detener la lectura y la consume con el texto mismo: «Yo era débil, / rubia, poetisa, bien casada». El tono sutilmente biográfico o de confesión, apela al tono conversacional para reafirmar ese sentido de intimidad, de «cuento» dicho en confianza, que desea ser sobre todo comunicador. Porque Carilda tenía el don de la comunicación junto al de la sugerencia, decir sin decir, hacer gozar del poema por lo que dice y por sus silencios.
Buena parte de la poesía carildana desea comunicar, por eso ella encontró insuficiente el tono neorromántico de intimidad transida, sumó la sorpresa surreal y luego añadió el tono conversacional para hacer de sus textos testimonio de sí misma, pero también confesión entre dos, vida privada expuesta al diálogo afectivo. Esa mixtura es la que ofrece el breve «No se asusten», de Desaparece el polvo:
No se asusten si uso algún cometa mágico, si colecciono perros en la acera, si dulcemente arranco el caos de mi entraña; no se asusten: estoy sin tiempo para tumbas, ardo y me corono con un naipe. No se asusten por nada: simplemente recibo un heliotropo.
En este sentido no hay textos mejores en ella que «Anoche» y «Discurso de Eva», donde el lenguaje se deja arrastrar casi sin freno, pero cuidado: con el freno de Carilda dominando el lenguaje y no él a ella, como suele ocurrir con algunos poetas palabreros. En Carilda el término usado es el exacto, pruébese a cambiarlo por un sinónimo o por otro de otro sentido, y se verá que el conjunto, si no se desmorona, deja de tener la misma efectividad. Por ejemplo: «Anoche tuve un náufrago en la cama». Cámbiese náufrago por desamparado o infortunado y ya el verso declina, no es lo mismo, pierde el savoir faire. O en ese verso de cierre fabuloso: «la vida cabe en una gota», dígase «en esa gota cabe la vida», puede ser poético el resultado transformador, pero no es Carilda, no es la fijeza que ella ofrece a la palabra y a su conjunto oracional.
Consumó su labor de escritura, logró valiosas obras, hizo varias antologías de su propia creación, con los poemas que consideraba mejores o más efectivos, fue una dama poética. Carilda está sentada en el recuerdo, en la Matanzas de su universo lírico, y dejó leyenda. Difícilmente se la trague el otoño, el olvido, siempre tendrá lectores mientras su manera peculiar de tratar el hecho poético con emotividad, tenga la efectividad que hoy le descubrimos. El Premio Nacional de Literatura de 1997 hizo honor a ese mérito identitario de su magnífica labor.
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