
Alción al fuego (1968) es el primer libro publicado en forma independiente por Roberto Friol (1928-2010), es bastante tardío en relación con lo que publicaban los otros integrantes de su generación y bastante alejado de la corriente coloquialista predominante, porque la obra de Friol se acercaba mucho más al grupo de la revista Orígenes, desaparecida hacía una década, pero irradiante en el grupo que la sustentó. No solo se le aproximaba en su sentido estético, sino también por el credo cristiano de su impulso lírico. No es raro que pesara la indiferencia sobre ese valioso libro, que prácticamente no tuvo repercusión crítica a su salida, pues el libro de Friol desentona bastante con la coral de los poetas que habían elegido el tono conversacional, y ello ocurre tanto en lo formal (lexical, estilístico) como en los contenidos.
En su poesía más entrada en la década de los años sesenta puede hallarse conversacionalismo, pero este tiene más puntos en común con el que se puede estudiar en Fina García Marruz que con el de su propia promoción. Tal vez por eso se ha dicho reiteradamente que Friol es un poeta del orbe de Orígenes, pero ante su poesía, en un estudio detenido de ella, este punto de vista no tiene completa firmeza porque en verdad su modo de expresar lo poético no es por entero origenista (al modo de los poetas «clásicos» de ese grupo). Acusa ya elementos formales que no estaban dentro del trascendentalismo de los poetas del famoso grupo, aunque es evidente una estrecha vinculación con algunos de ellos, sobre todo con Fina García Marruz y Cintio Vitier.
Un grupo de sus textos aparecieron seguidos: Turbión (1988), Kid Chocolate (1991), Gorgoneión (1991) y Tres (1993). Este grupo de poemarios breves repararon el silencio que se hizo en torno del autor durante una veintena de años, en que Friol se mantuvo creativo y publicando textos, pero en el plano de la investigación literaria y la ensayística, mientras laboraba en la Biblioteca Nacional José Martí.
Aunque no puede catalogarse la poesía de Friol como esencialmente religiosa, sus búsquedas ontológicas y hasta sus tonos expresivos subrayan esa dirección. Puede notarse cuando toma temas bíblicos como asuntos de sus poemas, cosa que ocurre entre varios poetas coloquialistas, solo que en Friol esos temas están tratados con un evidente respeto hacia lo considerado como sagrado, y hasta por momentos con cierto misticismo, y tal asunto se ha de mantener en otros libros del mismo autor, como Tramontana (1997) y sobre todo en Zoodiakos (1999).
Como Friol había obtenido el Premio Nacional de Literatura en 1998, puede decirse que lo principal y muy valioso de su obra, que justifica plenamente el Premio, se dio a conocer después de haberlo ganado, y su valía se ha de ver en el póstumo Casa no sitiada por la luz (2018), una bella antología de lo mejor suyo. Aunque Friol sobrevivió doce años a la concesión de ese Premio, puede decirse que el mayor reconocimiento de su poesía es en esencia póstumo.
Hay en sus versos candidez, deseos de pureza, amor por lo ingenuo, lo pequeño y lo humilde, hacia un modo peculiar de interpretar la vida. La dirección confesional se apaga un poco por la presencia del misterio en textos donde el misticismo puede hallarse más evidente. En Friol hay elementos contradictorios en este camino expresivo, lo cual desarrolla un drama humano en sus propios poemas. Ello se manifiesta en su interpretación de la realidad a través de él mismo, sin que decida si su camino expresivo es el de la fe cristiana, el de la introspección o el del acercamiento gradual a la realidad, a lo cotidiano, como parece ocurrir ya en los años finales del siglo. Ello venía creciendo en el poeta desde Alción al fuego, sobre todo en el excelente poema «Hombre de arte menor»:
Me has cuidado como a uno de tus versículos y no soy sino un hombre de arte menor. ¿Cuál de mis versos podrá ser el puente sobre el río? Ninguno. Y, sin embargo, a ti sigo cantando. Posado tu pájaro en mis versículos, sin importarte que el tiempo los deshaga.
La problematicidad ontológica de su poesía concede textos como «El agua debe esperar», y a veces pareciera en sus poemas que se elige una exposición de una galería donde no importan los colores, porque lo que se pinta es lo incorpóreo: el aire, la fogata, un gesto, una idea, unidos a elementos materiales que se idealizan, en el sentido de ideación, de transmitirles cualidades subjetivas. El poeta había alcanzado pronto el hallazgo de un lenguaje lírico lleno de economías, se desprende del poema toda frase explicativa, todo sobrante decorativo, todo lo que considere superfluo a lo que es exactamente el centro de su interés.
Concentrado, sereno, el dolor humaniza la poesía de Friol que, desde Alción al fuego, encontró su mejor comunicación. Un himno al idioma nuestro es la primera serie de Palabras de muerte y vida. El conjunto que pudiera llamarse de «La casa» trae un canto no solo hogareño, sino también de desarraigo, que logra momentos altos en «El errante», y sobre todo en «Monólogo del oscuro bufón».
Luego de las ráfagas desgarradoras de las elegías de «La muerte de Manuel», la obra poética de Friol creció con un tono elegíaco que trajo a su poesía un trascendentalismo afín a Orígenes. El poeta parecía partir de un substrato de fe y desde ella cantó, interpretó el entorno, escrutó su intimidad y llenó de subjetivismo cada poema, reforzado por lo onírico, por el misterio que se entrevé en los objetos e incluso en las demás personas en quienes se detiene. Con épocas de hallazgo y épocas de silencio, debajo del mar de sus palabras late un poeta notable, un creador que no ha de pasar, sin más ni más, por nuestra poesía. Su aporte fundamental intimista a la lírica cubana es una realidad que va más allá de unos cuantos poemas antologables.
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