
El penúltimo año del siglo y del milenio trajo para César López (1932-2020) el Premio Nacional de Literatura de 1999. Entre los poetas de la generación de los años cincuenta, se inició en la franca reacción antiorigenista, acentuando su interés prosaísta ya desde Silencio en voz de muerte (1958), escrito en España y luego publicado en Cuba en 1963. Es el primer libro que César López publica y está dedicado a la memoria de Frank País, asesinado en 1957; junto a su impulso elegíaco, hay asuntos formales de sumo interés para la evolución de nuestra poesía en la hora en que se escribe y en el momento en que se publica.
Ya César López era un poeta de avanzada en la corriente lírica de ese momento, aunque desde aquellas perspectivas su voz pudiera parecer algo atada a fórmulas de expresión más añejas, según los nuevos anhelos expresivos de los coloquialistas más radicales. Pero desde nuestro punto de mira, no lo vemos así; incluso los sonetos que el poeta incorpora en la parte III del poema (o del poemario), están construidos sobre bases de encabalgamientos que le conceden cercanías al tono conversacional predominante en el libro.
Ese tipo de soneto volverá a reeditarse, a rehacerse, en Quiebra de la perfección (1983); en los dos momentos López muestra una concepción de la poesía que está más allá de la discusión entre «formas abiertas» y «formas cerradas», para llegar a un conceptualismo, con juegos formales que indican deseo de innovar, de no atenerse al modelo clásico, sin hacer saltar su estructura, sino construyendo un soneto nuevo a través del qué decir y del cómo decirlo.
Fuera del soneto, no emplea otras formas de la métrica tradicional hispánica, pues el curso a veces cernudiano, otras aleixandrino y hasta leonfelipesco que hallamos en la poesía de López, se aviene más al verso libre generalmente largo y muy rítmico.
Un cuaderno de treinta y tres poemas, publicado en 1966, es poesía de viajero: Apuntes para un pequeño viaje; con él se suma a cierta zona de la lírica cubana que le fue contemporánea, que narra viajes (Fina, Vitier, Augier, Suardíaz…). En el cuaderno, el poeta une a la exteriorización de los lugares visitados elementos de ficción que nacen del hálito lírico que sostiene a los poemas versolibristas breves. Su modo coloquial presenta matices diferenciadores del coloquialismo ya predominante en nuestro medio, manifiesto en el afán «cultista», la cita de poetas diversos de otras regiones y cierto interés por escribir una poesía poco dada a folclorismos o concesiones a un lenguaje demasiado «callejero». Pero este cuaderno es, como su temática, un libro de paso hacia la madurez expresiva que hallará el momento más alto un año después, cuando en 1967 aparezca Primer libro de la ciudad.
Este libro es el ajuste autobiográfico del poeta, la historia personal en tanto ella trasciende como poesía, y el cierre de una etapa creativa con la mirada a los social y citadino. Ahora su verso libre compite a veces con el versículo; sus poemas presentan estructuras sólidas en el sentido lexical y un conversacionalismo acentuado, tan próximo a veces al prosaísmo, pues sus textos se resienten en ocasiones de exceso de inmediatez; ello denota que en el autor se expresa, además, un narrador (publicó en 1963 sus relatos Circulando el cuadrado). La sede es una ciudad (parece ser Santiago de Cuba), donde ocurren acontecimientos que rodean al poeta y van desde escenas familiares, recuerdos de personajes típicos, populares, juegos de infancia (pandillas de colegiales), hasta descripciones de la ciudad, del paisaje urbano, siempre ligados a asuntos afectivos, memorias o acontecimientos.
Es una mirada a la polis y, por tanto, también una mirada política. La observación no ya del niño en el ambiente citadino, sino del «joven que camina, callado, que va a entrar en una casa […] sabe que la ciudad lo tiene acorralado […] Ha visto la muerte en los periódicos», perseguido por la policía…, un joven que sabe su posición de lucha durante el batistato… Así, de lo intrascendente de la inmediatez salta a la lucha política, la vida social. Al costumbrismo que puede hallarse descrito en los versos, se agregan las esencias de ese vivir social (e individual), sin que sean elementos centralizadores exclusivos en la plasmación poética de una ciudad y una época, sino cuestiones consustanciales. Con este libro crece la visión de lo histórico, la poesía de los grandes movimientos humanos, de las convulsiones y de los fuertes contrastes de raíz política que caracterizarán la obra general de este poeta.
El siguiente libro de César López es Ceremonias y ceremoniales (1968-1974). Lo primero que salta a la vista es la no titulación de los poemas, ya tradicional en este creador, y la numeración en romanos de cada uno de ellos, de manera que se nos convierten en piezas de un poema mayor, de un largo texto que el poeta viene escribiendo desde Silencio en voz de muerte, y que ha de seguir formándose en Quiebra de la perfección, aun cuando allí se rompe la tradición y ofrece a cada texto un título. En Ceremonias se acentúa la concepción implícita de la poesía como fotograma de la realidad, momento que se fija por cada poema y que, convenientemente articulado con otros, da la sensación de movilidad que nos ha develado el cine.
Es un canto de sirena decir que Segundo libro de la ciudad (1971) es una exacta continuación de Primer libro… Estos dos poemarios tienen perfecta independencia, y solo los une, como a todos los libros de César López, ese canto monopoemático de su obra, que ya anotábamos, y que pareciera causa de que no titule sus textos particulares. Claro que el motivo de la ciudad, recurrente en todos los temas, es un puente entre el Primer y Segundo libros. La serie se completó con el Tercer libro de la ciudad y la edición de los tres libros en un solo volumen. Cuando se realice la edición de la poesía completa de este poeta singular, se verá que, en definitiva, todos sus libros están conectados, todos forman parte de una serie con unidad de estilo, proyección temática y versos largos y conversacionales. César López fue uno de los poetas más unitarios de la segunda mitad del siglo XX, en el sentido de crear una obra poética interrelacionada y con un poderoso sistema expresivo. Ojalá ese proyecto de obra poética total fructifique, porque en este poeta ello revelará esas interconexiones y el subido interés que tiene en la evolución de la poesía cubana.
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