
Tengo ante mi vista el recuerdo de la figura simpática del poeta Antón Arrufat (1935-2023), quien pasó de todo por haber sido preterido, arrinconado, no publicado y luego reivindicado, bajo una fiel permanencia suya en Cuba, donde hubo que rendirle el honor que él merecía. Fue el primer Premio Nacional de Literatura del nuevo siglo, cuando se le otorgó en el año 2000, sin sorpresa, porque hacía mucho que ya lo merecía. Irónico, mordaz, algo manipulador, eficaz en el uso del vocablo calificador o descalificador, fue asimismo un destacado dramaturgo, crítico literario y de artes, periodista de letra florida y un animador cultural per se.
Resistió. Fue casi como si dijera con su presencia: Yo estoy aquí, allá ustedes por ignorarme. Fue uno de los poetas peor tratados en la hora agresiva de los años de 1965 a 1975. Quizás, en verdad, las entidades directivas de esos tiempos no se percataron bien de la personalidad retadora de Arrufat, de ninguna manera clasificable como «contrarrevolucionaria», pero que tenía detrás de sí un maestro de la provocación como Virgilio Piñera, a quien Arrufat admiró tanto como para considerarlo su maestro. Su pieza teatral Los siete contra Tebas, ganadora de un importante premio de la Unión de Escritores y Artistas, fue sumamente mal interpretada, hasta verle efectos políticos corrosivos incluso donde no los había. Quedó envuelto y arrastrado en el penoso episodio llamado «Caso Padilla», que no es razón de estudio de este breve opúsculo.
Fue un poeta de la corporalidad, del cuerpo amado y amable, desde En claro (1962) y Repaso final (1964), y también de Escrito en las puertas (1968), pues el asunto del cuerpo en Arrufat tiene sutilezas como las de su poema «En la casa de Marcial» o en «El buen amor». A esas «sutilezas» agradecemos que no quedase fuera de El espejo del cuerpo un poema tan logrado como «El río de Heráclito» (La huella en la arena, 1986), y que no sólo trata de cuerpos. O que tomase de Lirios sobre un fondo de espadas (1995) el más que sutil, casi alegórico, «Pareja de ciervos», junto al evidentemente corporal «Misterios de la persona».
Arrufat es un poeta considerable dentro de la corriente coloquialista por la forma, por los recursos expresivos lexicales. Pero es también un lírico intimista por los contenidos, por la pasión de fondo con que los expresa. El poeta teje su poesía con elementos que parecieran antagónicos, pero que él demuestra que en realidad no lo son: frases hechas, expresiones populares, tono conversacional, lenguaje y vocabulario dentro de la órbita coloquialista se unen a elementos fatalistas, elegíacos, tremendistas y con romanticismo propio de temas surgidos de lo emotivo, temas que cultivarán también, de modos diversos, muchos otros poetas de su generación. Solo si apreciamos su notable poema «El río de Heráclito» hallamos un notable resumen de sus intereses creativos. Este poema puede tomarse como el cierre de una etapa creativa, allí están reunidos sus temas, su concepción poética, sus recursos expresivos y los quilates de creador, con la sensibilidad aprehensiva de la poesía que a todos nos rodea.
Arrufat atendió la obra e imagen de Virgilio Piñera, tras la muerte del gran poeta, dramaturgo y narrador en 1979. Sintió una suerte de «herencia», sin que pudiera llamársele epígono o exactamente discípulo, porque desde Repaso final hasta su antología personal de 2001, encontramos en él a un creador legítimo de lenguaje propio. La amistad, el afecto, y sin dudas la admiración por Piñera se manifestó en compilaciones y ediciones de la obra del autor de Aire frío, que Arrufat editó con mucho cuidado.
Hay otro sesgo en él que no se presenta, o en menor cuantía, en la obra piñeriana: un sentido muy definido acerca de lo corporal, del cuerpo humano y sus deleites incluso sexuales, y se aleja del tono existencial de Piñera. No se ha hecho un estudio comparado de la obra lírica de ambos autores, solo puede asumirse que la diferencia es honda con un análisis comparativo particular, dada la relación que existe entre estos dos poetas. Es curioso que Arrufat posea incluso un trasfondo neorromántico poco explorado (quizás por la línea de Luis Cernuda), ausente en la obra poética de Piñera, pero los dos buscan efectos sorprendentes, bucean en el mundo del surrealismo, estiman en sus versos dosis de sorpresa que pueda conducir incluso a una ruptura de sistema expresivo.
Si nos atenemos solo a la poesía de este narrador con varias novelas y cuentos, y con una labor crítico-ensayística de relieve, veremos un crescendo desde En claro (1962) a un hito en su obra con Repaso final (1964), o su mucho más coloquial Escrito en las puertas (1968), publicado en el año difícil de la llamada «ofensiva revolucionaria» y donde Arrufat hace subliminales y no tan indirectas alusiones a la expresión humana homosexual, con todo lo que ello implicaba en esos tiempos. Le costaría caro, pues si bien ese mismo año dio a conocer Los siete contra Tebas, estaría casi veinte años marginado, hasta que en 1986 pudo publicarse su La huella en la arena, que lo ratificó como un poeta esencial.
Ofrece luego un libro de rango en su labor: Lirios sobre un fondo de espadas (1995), en el que el poeta utiliza la alusión sutil de la confrontación vital de la violencia social contra el placer de la erudición y de la poesía, y en 1999 edita El viejo carpintero. En 2014 apareció Vías de extinción, un libro aparentemente sencillo que requiere honda lectura atenta. No fue, no es Antón Arrufat un nombre aislado ni menor en el tractus literario cubano. Su obra lo rescatará siempre de la incomprensión y del olvido, si ambos se produjeran. Su huella no quedó en la arena, sino en la identidad cubana y en el valioso registro de su literatura.
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