
Nancy Morejón, nacida en 1944, resultó una de los pocos galardonados con el Premio Nacional de Literatura antes de los sesenta años de edad. Lo obtuvo en 2001, con cincuenta y siete años. Ya poseía una obra lírica notable, una labor como ensayista y traductora, y una relevancia social considerable.
Cuando Nancy Morejón publicó Piedra pulida (1986), advertí que avanzaba muchos peldaños en su elevación poética. Se apoderaba de la piedra lírica, aquella que sirvió a Jacob como almohada del sueño de la escala que lo conducía a Dios, un Beth-el que fue pie del enorme y ancho poema homónimo del gran Samuel Feijóo. Pero ella encontró otra piedra diferente para apoyar sus sueños, también capaz de servir como almohada poética: la piedra pulida o canto rodado por la corriente de las aguas ancestrales, donde la mujer negra es de cualquier color, sencilla y complejamente poeta. El canto rodado, usual en rituales de la santería cubana, crece en el libro de Nancy como un icono, a modo de una muestra de vida.
Hay que ver cómo aparece la presencia de esa agua primordial en este libro suyo, donde termina por declarar que «mi casa es un gran barco», en el poema «Mundos», uno de los mejores de su intensa obra lírica. El agua es un motivo claro de su poesía, y como tal, una constante que también la identifica estilísticamente. Existe desde Mutismos (1962), cuando siente algunas «gotas de agua» entre sus manos. No hay poemario de Nancy donde este motivo no cumpla su papel acompañante, ya sea por un río («El río Martín Pérez»), por la lluvia, el llanto, el sudor, y sobre todo el mar, en el que: «Tengo una isla poblada / y ningún barco, ningún fantasma ajeno, / la podrán disolver / entre las aguas».
Pareciera, a veces, que pugna en ella una poesía marina, con recuerdo de algún tono de Rafael Alberti, pero en Nancy Morejón más que una evocación marina hay una situación o ubicación entre aguas, que se ve en la cita anterior, pero que resulta no casual como conclusión de otros poemas. Peces, barcos, playas, ríos, lagos, lluvias, islas, cartas náuticas, navegación, botellas tiradas al mar, son decenas las alusiones marinas. Las relaciones con el agua se ven sutilmente en una gaviota, en el Malecón, un ave mojada… Un poema tan alusivo a lo acuoso como «Día del murex» lleva el agua hasta en los ojos, o en el pico de un pájaro, e incluso en el musgo: «El agua envuelve. / El agua vuelve. El agua bebe / junto a los náufragos veloces». Más bien habría que censar cuántos poemas de Nancy no tienen siquiera alusión lejana al agua en cualquiera de sus manifestaciones.
He sentido en su poesía como una intensión constante de que sus poemas sean cantos, canciones, musicalizables no tanto por la intensión de su verso libre como por el sentido propio del texto. Pero quizás lo más trascendente de su poesía sea el asumir la tradición cubana y caribeña de la llamada poesía negra, o negrista, para ofrecer universalidad de mirada. La «Mujer negra» de su poema más conocido se siente primero mujer, y el asunto étnico y social es el complemento que encaja en su mirada al mundo. No tiene que acudir al modo de la tal poesía de los años treinta del siglo XX, porque para Nancy Morejón el asunto de identidad pasa por el de la cubanía y el de su propia condición femenina, y mira al mundo desde ese sentido de pertenencia e identidad, sin localismo ni énfasis clasificatorio.
En Richard trajo su flauta (1967) ya estaban trazados los pasos que ella habría de seguir en su poesía, fielmente, ligada al orbe coloquial, con un sentido del feeling que se filtra en esa nota de canción que quise advertir en Piedra pulida. Ella trajo a la corriente de la poesía coloquialista tal sentimiento, esa inclinación a hacer del libro un cancionero, por cierto, en la mejor tradición de la poesía española desde el siglo XV. Incluso esto se mantiene cuando su poesía se convierte en más «social», en el sentido político del término, visible en Parajes de una época (1979). Quisiera llamar la atención de que su inclinación lírica se aproxima más hacia el cancionero que hacia lo danzario, pese a su Elogio de la danza (1982) y a sus piropos líricos para la cubana danzarina mayor, Alicia Alonso.
Otra cuestión más significativa que mi punto de vista sobre lo cancionero en la poesía de Nancy Morejón, es su estricta vocación de autobiografiarse, o mejor sea dicho, de evocar de manera confesional, como digna testimoniante, sus raíces familiares: abuela, abuelo, madre, padre, amigos, amigas, la gente del mundo que le llevó a exclamar, abriendo su Cuerda veloz (2002): «Soy una mujercita sin rostro / sentada en la punta de una roca / hacia la parte inferior de un paisaje / donde se encuentran un río y dos mares…». Allí entra en relación con su abuela Brígida, su padre Felipe, la abuela Ángela, la madre, los recuerdos de infancia… Nancy, poeta de las aguas, del mar, del río fluyente y de la piedra que también fluye, pulida, trabajada por el agua, no abandona en su creación poética el amor hacia los recuerdos de infancia y de la familia, en los que se hallan las formaciones de su sensibilidad. No es raro que su sensualidad, muchas veces dada por los cinco sentidos, derive en la orisha Ochún o incluso en Yemayá, que traen risas azules desde las aguas.
La identidad en Nancy Morejón pasa por las coordenadas de la poesía. Fiel, leal con su voz, no busca moldear poemas à la mode, porque su moda es ella, legítima, venida del seno de la infancia, rodeada de familia, llena de amor, cantando ella, cantando, cantando siempre. Esa es su manera esencial de vivir en poesía, frente al mar que aprisiona a la Isla y, con una piedra pulida para apoyar la cabeza, soñar. Porque la poesía, como la vida, es sueño, y vale la pena soñarlo y vivirla con legitimidad y valentía.
Visitas: 123






Deja un comentario