
Memorias del Ballet de Camagüey, de la M. C. Lourdes María Cepero Estrada, profesora titular de la filial agramontina de la Universidad de las Artes (ISA), es el título del libro, prologado por la doctora Olga García Yero, publicado por la Editorial Ácana y dirigido no solo a los estudiosos e investigadores de la historia de la emblemática compañía, sino también a los amantes del «arte de las puntas» en nuestro archipiélago.
Hablar del Ballet de Camagüey (BC), que dirige la maître Regina María Balaguer, es hablar —necesariamente— de la fecunda labor pedagógica y artístico-profesional desarrollada por el maestro Fernando Alonso (1914-2013) en el seno de esa agrupación danzaria, junto a otras relevantes personalidades de la danza nacional e internacional, que contribuyeron —de forma decisiva— a sedimentar el prestigio del BC, cuya fama trasciende con creces nuestras fronteras geográfico-culturales.
El ilustre fundador de la Escuela Cubana de Ballet y del Ballet Nacional de Cuba (BNC), Patrimonio Cultural de la Nación, no solo formó y educó a los jóvenes integrantes del BC en el amor a la danza, a la patria y a la humanidad, sino también les develó los disímiles «secretos» para llegar a ser un artista, caracterizado —fundamentalmente— por el «virtuosismo técnico-interpretativo», así como por la «intelectualización» y «espiritualización de la técnica académica» en que se estructuran el arte danzario en general y el ballet clásico en particular; ese último recurso constituye —sin duda alguna— el valioso aporte pedagógico, teórico-conceptual y práctico del maestro Fernando Alonso a la enseñanza del ballet cubano y universal.
Por lo tanto, ese es el legado intelectual y espiritual que les dejara el «Padre del Ballet Cubano» (la «Madre» —por supuesto— es Alicia), a los bailarines del BC, que supieron asimilar —con razón y emoción— los vastos conocimientos que el maestro Fernando Alonso les transmitiera en las clases, en los ensayos, en el proscenio, además de descubrir —mediante el ejemplo vivo— los valores éticos, estético-artísticos, patrióticos, humanos y espirituales que identifican a un «bailarín integral e integrado» a la sociedad donde vive, ama, crea y sueña.
Por esa y por muchas otras razones que el lector encontrará en las páginas de ese «pequeño gran libro», como estoy seguro lo calificaría el multipremiado poeta y ensayista Cintio Vitier (1921-2009), este cronista estima que se trata de un texto necesario como consulta y referencia para maestros y estudiantes de las artes escénicas insulares, así como para un público que desee conocer el desarrollo histórico de la cultura artística camagüeyana y nacional, ya que —entre otras virtudes que lo distinguen— está escrito con un lenguaje claro, directo, sin el uso de tecnicismos incomprensibles para los no familiarizados con el vocabulario técnico dancístico, o sea, accesible a cualquier lector interesado en esa línea temática.
Por otra parte, la también miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) es una consagrada especialista en el campo de las artes danzarias (sector «ancho y lejano como la pampa argentina»).
De ahí que, sin los resultados de la bien estructurada labor científico-investigativa llevada a cabo por la profesora Lourdes María Cepero Estrada en la tierra del «Mayor», Camagüey hubiera perdido uno de los momentos más intensos y emotivos de la memoria cultural de la patria chica de don Enrique José Varona (1849-1933), quien —junto al venerable padre Félix Varela (1788-1853) y José Martí (1853-1895)— es una de las piedras fundacionales de la psicología caribeña y maestro de la juventud cubana.
Visitas: 34






Deja un comentario