
Mi vecino de los bajos. 99 crónicas, del escritor, periodista e investigador Enrique Núñez Rodríguez (1923-2002), Premio Nacional de Literatura (antes del triunfo revolucionario), es el título del libro, con prólogo del intelectual Abel Prieto Jiménez, presidente de Casa de las Américas, compilación del doctor Tupac Pinilla (1972-2020), y dirigido, básicamente, a los fieles seguidores de su columna en el diario Juventud Rebelde, así como a los amantes de la vida y la obra de ese cronista «cinco estrellas», que hacía las delicias de sus lectores con las crónicas que mezclaban, imaginación, fantasía y realidad,1 con la dosis exacta de humorismo criollo que las caracterizara.
Después de toda una vida consagrada a la prensa plana y a la escritura de guiones para todos los medios (teatro, radio, cine, televisión), y exaltado a la fama y la popularidad por su forma sui generis de comunicarse con la población insular, que no solo lo aplaudía, sino también lo amaba, admiraba y respetaba, ya en la sexta década de vida decide publicar sus crónicas en la edición dominical del periódico de la juventud cubana.
Así las cosas, semana tras semana, hasta su lamentable deceso hace 33 años, alimentó —con ese «gracejo criollo» que lo identificara en cualquier medio de comunicación en los que incursionara— las esferas cognoscitiva y afectivo-espiritual de los lectores de ese medio de prensa.
La crónica es un género periodístico, que se balancea, suavemente, entre la literatura y el periodismo, y que lleva consigo las «huellas digitales» y el ADN del autor. Ahora bien, las crónicas salidas de la fecunda inspiración de Núñez Rodríguez no solo cumplían al pie de la letra esos indicadores teórico-conceptuales y metodológicos, como lo exige la academia, sino también les insuflaba a dichas crónicas un «sabor especial», que las hacía inimitables (como el arte único e irrepetible de la prima ballerina assoluta Alicia Alonso, 1921-2019).
Los lectores de su columna en Juventud Rebelde no solo recibían una caricia intelectual y espiritual, sino también disfrutaban al máximo su peculiar sentido del humor. En mi humilde opinión, ese era el «secreto clasificado» que atraía la atención y el interés de cuantos lo seguíamos en esa aventura dominical, que devenía una fiesta —impregnada de buena vibra— para la mente y el alma humanas.
A propósito de ese sentido del humor que identificara a Enrique Núñez Rodríguez quisiera narrarles una simpática anécdota protagonizada por él y acontecida en la sala «Villena» de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), institución cultural de la que fuera vicepresidente. En aquella ocasión, se homenajeó al maestro Harold Gratmages (1918-2008), y yo asistí a ese agasajo invitado por el ilustre pianista, compositor y profesor santiaguero. Recuerdo que estaba sentado en la segunda fila de la derecha, y delante se encontraba Enrique Núñez Rodríguez, quien, al voltearse, se encuentra conmigo, y yo le digo: maestro, yo soy un fiel lector de su columna en Juventud Rebelde; por favor, no deje de escribirla. Acto seguido, me mira, sonríe, y dice con picardía, muy propia de él: «y usted no deje de leerla». En esa ágil y rápida respuesta, descubrí cuán afilado era su sentido del humor, y conservo esa anécdota en mi memoria poética con gran afecto y cariño.
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Notas
- Jesús Dueñas Becerra. «Imaginación, fantasía y realidad: una mirada desde la psicología infanto-juvenil». Vivarium. 41; 2024: 19-22 (texto incluido en el número especial que dicha revista le dedicara a la línea de investigación: imaginación, fantasía y realidad).
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