
En homenaje a la prima ballerina assoluta Alicia Alonso (1920-2019), directora fundadora del Ballet Nacional de Cuba, Patrimonio Cultural de la Nación, y Miembro de Honor del Consejo Internacional de la Danza (CID-UNESCO) hasta su lamentable deceso, quiero evocar su sagrada memoria a través de la reseña que le hiciera al libro Mi vida en el ballet, de Azari Plisetski, quien estuviera muy unido a la eximia ballerina desde los puntos de vista artístico-profesional y afectivo-espiritual.
En ese texto, publicado por la Editorial Nuevo Milenio (Ciencias Sociales), el autor relata sus vivencias y experiencias en relación con el fascinante mundo del arte danzario universal y las primeras figuras del ballet ruso de todas las épocas.
Las páginas del libro recogen grandes personalidades del ballet mundial, que Plisetski conoció y trató profesional y personalmente. Las memorias de Plisetski registran sus años en la capital de la mayor isla de las Antillas, donde fue partenaire de Alicia Alonso, en Marsella con el primer bailarín y coreógrafo Roland Petit (1924-2011), en Bruselas y Lausana con el primer bailarín y coreógrafo Maurice Béjart (1927-2007), así como en países de Asia (Japón), Europa (Alemania), y América del Norte (Estados Unidos); leyenda profesional y personal que describe con un estilo coloquial, en el que prevalecen la claridad, sencillez y elegancia en el buen decir; fecunda trayectoria que avala su excelencia artístico-profesional y experiencia pedagógica en los campos del ballet clásico y la enseñanza artística superior, respectivamente.
La memoria poética de este cronista evoca las veces que vi danzar, en la sala «García Lorca» del Gran Teatro de La Habana «Alicia Alonso», al primer bailarín Azari Plisetski, quien fuera partenaire de la Diva de la Danza. En esas históricas funciones, pude percibir cómo el ilustre artista ruso —influido por las concepciones pedagógicas sustentadas por el maestro Fernando Alonso (1914-2013)— intelectualizaba y espiritualizaba los indicadores técnico-académicos e interpretativos en que se estructura la danza en general, y el ballet clásico en particular.
Por otra parte, recuerdo con nitidez cómo les prestaba pie y alma a los personajes a los que les daba «vida» en escena con una forma muy suya de bailar, en la que se fusionaban —en cálido abrazo— las enseñanzas de la escuelas rusa y cubana, sin subestimar —por supuesto— los conocimientos teórico-prácticos adquiridos en esa disciplina, en otras escuelas del orbe; forma sui generis de expresarse artísticamente, en que cuerpo, mente y espíritu configuran una unidad indivisible, y que fuera digna de elogio por parte del público amante del «arte de las puntas» y de los colegas de la prensa especializada.
Mi vida en el ballet es un volumen que debe ser leído y consultado por estudiantes de ballet, bailarines profesionales y personas que deseen develar los «secretos» que caracterizan el mundo «mágico» de la danza clásica, en la que el bailarín y maestro Azari Plisetski deja una huella indeleble.
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Ver también Mi vida en el ballet en el Sábado del Libro
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