
Entre los escritores de los cuales disertó el acucioso investigador Jorge Domingo Cuadriello en el ciclo de conferencias sobre «Escritores olvidados de la República» que tuvo por sede el Centro Alejo Carpentier en 2012, figuró el cienfueguero Miguel Ángel de la Torre. Fue algo así como una revelación para numerosos lectores, entre ellos para quien escribe estos apuntes.
Me permito citar —por cuanto valoro mucho su obra—, lo que escribió el eminente crítico Max Henríquez Ureña:
Narrador e ironista de visiones extrañas y de fantasía exaltada, fue Miguel Ángel de la Torre, de quien apenas quedan diseminados en las revistas algunos cuentos y novelas cortas. Era un talento brillante, pero se aficionó a las drogas heroicas y tuvo prisa en irse de la vida por su propia mano.
Muy variado fue el alcance de su hacer literario. Trabajó la novela, el cuento, la crítica, la crónica periodística, la oratoria. Cuantos han escrito sobre él coinciden en resaltar su talento, su sentido del humor e inteligente conversación.
Se inició en las letras en 1898 con un artículo publicado en el periódico mambí La Libertad, editado en el campo insurrecto, muy cercano a Cienfuegos. Vivió casi 46 años y se le considera uno de los periodistas cienfuegueros más importantes de su época, uno de quienes mejor la reflejó en las páginas de la prensa.
Nació el 30 de septiembre de 1884, cursó estudios en su natal Cienfuegos y se graduó de abogado en La Habana. Pero no fue el Derecho su destino. Desde mucho antes, casi desde la niñez, se inició en el periodismo local, con una vocación muy definida que cultiva de tal manera que quien lo lee descubre, además, la presencia de un culto y sagaz literato. Solo a manera de curiosidad recogemos el dato de que en 1908 viajó a Estados Unidos y allí se desempeñó por algún tiempo como actor en diversas compañías teatrales.
Publicó en varias de las revistas más solicitadas: El Fígaro, Cuba y América, Letras, Bohemia, Social, La Semana… y también en numerosos diarios. Ello sumado a su desempeño como conferencista. Le preocuparon los temas nacionales y que estos se expresaran mediante una literatura capaz de reflejar su nacionalidad; fustiga la mentira política y recoge sus impresiones sobre diversas figuras de las artes y la cultura.
De la Torre escribió una novela breve, La gloria de la familia, publicada en 1914, cuando tenía 30 años, pero al morir dejó inconclusos y lógicamente inéditos los apuntes de otras dos novelas (El rastro de la manigua y La gran sed), además de un libro de ensayos y otro de cuentos. Muchos años después, en 1966, se publicaron sus Prosas varias, con nota preliminar del profesor Elías Entralgo.
El cuento en De la Torre es un ejercicio descriptivo, revelador de un temperamento impetuoso, atormentado, nada convencional y rebelde.
La charla de miles de concurrentes, desentonada por la impaciencia y rota por el solo chillón de los vendedores de gaseosa y naranjas que circulaban con los cestos en alto entre las gradas, salía al encuentro de los recién llegados como una bienvenida excitadora, que ponía enseguida los nervios en el diapasón violento de la generalidad.
(Fragmento del cuento «La gloria de la familia»).
En cuanto a su trabajo periodístico, la crónica literaria en particular, se le recuerda por su notable arte narrativo, un género sobre el cual emitió opiniones acerca de su importancia y explicó las razones de su preferencia.
Miguel Ángel de la Torre se suicidó en La Habana el 14 de septiembre de 1930. Hoy día no es fácil acceder a sus textos. Pretender que se le conozca mejor sin ofrecer esa posibilidad dificulta la tarea, aunque el crítico José Manuel Carbonell, en su muy útil recopilación La prosa en Cuba (dentro de la amplia Evolución de la cultura cubana, de 1928), nos acerca un poco a la obra de este autor olvidado.
Visitas: 29






Deja un comentario