
Los dos poetas españoles del siglo XX más entrañables para una buena cantidad de cubanos son Federico García Lorca y Miguel Hernández. La aseveración es riesgosa y en modo alguno excluyente. No es juicio de crítico, ni de especialista; es juicio de lector, algo así como el premio del público que cada año se entrega en los festivales de cine y, a veces, poco o nada tiene que ver con el de los jurados, si bien en este caso no debe suceder así.
Uno y otro autor están incluidos en el currículo de cultura general de los estudiantes cubanos de enseñanza media superior. De Federico, su estancia en la Isla, lo que de ella escribió en sus cartas, el anecdotario y lógicamente, su obra, justifican la preferencia.
En cuanto a Miguel, es más difícil de explicar (salvo por la calidad de su obra), aunque en nuestra opinión influyen que se le encuentre con facilidad en bibliotecas, el dramatismo de su vida y la musicalización de algunos de sus textos por intérpretes de mucha valía y popularidad.
Sin embargo, con frecuencia se pasa por alto o se desconoce, el vínculo estrecho trenzado entre el poeta de Orihuela y el periodista, escritor y combatiente internacionalista cubano Pablo de la Torriente Brau, que conforma un capítulo hermoso de amistad, tal como veremos a continuación.
Pablo de la Torriente llega a España en septiembre de 1936. Solo unas pocas semanas atrás ha dado comienzo la que ha de ser la Guerra Civil. Va como corresponsal de los periódicos El Machete y New Masses, uno mexicano y el otro norteamericano, ambos de filiación comunista. Pero Pablo no se contenta con ser un periodista más y se enrola en el conflicto, en condición de comisario político del 109.o Batallón comandado por Valentín González, Campesino, varias veces citado por Ernest Hemingway en su libro Por quien doblan las campanas.
En carta del 28 de noviembre de 1936, desde Alcalá de Henares, cuenta Pablo el nacimiento de esta breve amistad, porque menos de un mes después, él cae en Majadahonda. Sucede que Miguel se presta para servirle de guía y compañero en un recorrido por la capital.
He aquí los pormenores de aquel encuentro, en palabras de Pablo:
Descubrí un poeta en el batallón, Miguel Hernández, un muchacho considerado como uno de los mejores poetas españoles, que estaba en el cuerpo de zapadores. Lo nombré jefe del Departamento de Cultura, y estuvimos trabajando en los planes para publicar el periódico de la brigada y la creación de uno o dos periódicos murales, así como la organización de la biblioteca y el reparto de la prensa. Además, planeamos algunos actos de distracción y cultura. Y con él me fui después a ver algunas cosas famosas de Alcalá. Vi la Hostería del Estudiante, digna de una página de cine olorosa a historia y a tiempo viejo; el Paraninfo de la Universidad Complutense, que fundó el cardenal Cisneros, con sus artesonados mudéjares y sus paredes platerescas; el bello patio trilingüe, en el que hoy no se habla ninguna lengua; la fachada y el patio de la Universidad; y pasé por frente al Archivo, bellísimo, y a las viejas murallas. Luego, fui hasta Henares. De Cervantes no hay sino una estatua, obra maestra de ridiculez, y una placa con faltas de ortografía, en el lugar donde estuvo su casa. En este día, además, debo decirte que se rechazó en Madrid un poderoso ataque de los fascistas.
Después lo citará en otras ocasiones:
Ayer tuvimos dos reuniones importantes en el cuartel: una fue una reunión de todos los oficiales de la brigada, tomándose importantes acuerdos sobre la disciplina, organización, etc., y la otra una función que improvisamos en la nave de la iglesia, con la colaboración de María Teresa, Rafael Alberti, Antonio Aparicio, Emilio Prados y Miguel Hernández, y en la que participaron también varios milicianos y milicianas. Fue una fiesta alegre, para levantar el ánimo a los hombres que en esta ciudad, un poco gris siempre en este tiempo de otoño, es un poco cansada y tristona [sic].
Carta del 28 de noviembre de 1936
El día 2 de este mes fui, en unión de dos oficiales y de Miguel Hernández, a dar un mitin en Mejorada del Campo, con el fin de hacer propaganda de reclutamiento. […] Allí me encontré un chiquito de trece años, asturiano, sin padres, que iba a la aventura, hambriento, y con frío. Subió al Comité a pedir alojamiento y comida y, como tenía cara de gran inteligencia, me lo llevé para enlace mío.
Carta del 13 de diciembre de 1936, desde Madrid
Hasta aquí, Miguel en la palabra de Pablo. Ahora, Pablo en la del poeta de Orihuela:
Pablo era entonces Comisario Político del Batallón del Campesino, hoy división. Me ofreció hacerme también Comisario de Compañía, con lo que estábamos juntos otra vez Pablo y yo [sic].
Casi nueve años menor es Miguel, de ahí que Pablo en su primera alusión a él lo llame «un muchacho», pues en verdad casi lo es con sus 26 años. El afecto entre ambos se hizo rápidamente entrañable, con puntos de coincidencia como el talento literario, la presencia en la misma trinchera y el valor.
Miguel estuvo presente en la recuperación de los restos de Pablo, los acompañó, fue testigo de sus funerales, con el puño en alto le rindió guardia de honor y leyó la «Elegía Segunda» ante su féretro:
A Pablo de la Torriente, Comisario Político «Me quedaré en España compañero», me dijiste con gesto enamorado. Y al fin sin tu edificio tronante de guerrero en la hierba de España te has quedado. Nadie llora a tu lado: desde el soldado al duro comandante, todos te ven, te cercan y te atienden con ojos de granito amenazante, con cejas incendiadas que todo el cielo encienden. (…) No temáis que se extinga su sangre sin objeto, Porque este es de los muertos que crecen y se agrandan aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.
Emociona conocer el dolor que la caída de Pablo ocasionó en una España donde la muerte y el sufrimiento eran cotidianos.
Miguel también recreó la figura de Pablo en el personaje de El Cubano de su drama Pastor de la muerte, de 1937. Se trata de una pieza en cuatro actos, y el personaje que representa a Pablo (sin nombrarlo) no es protagónico, aunque sí de mucho carácter. He aquí un fragmento de su parlamento correspondiente al primer cuadro del segundo acto. El escenario son las trincheras en Guadarrama:
El Cubano:
Yo vengo de Cuba, de Cuba soy yo: cubana mi madre, mi padre español, y en un barco vine por ser defensor del pan que se come con mucho sudor.
Pastor de cabras y poseedor de una inteligencia despierta, Miguel Hernández cursó los estudios primarios y algo más, los cuales abandonó por la presión familiar de ocuparse de los rebaños, sin dejar de leer con avidez, escribir y asistir a la biblioteca pública, donde se adentra en el deleite de los clásicos del Siglo de Oro Español, porque ha decidido hacer suya la poesía.
Miguel ejemplifica el caso del intelectual que con las manos ásperas escribe poemas que lo distinguen como artista. Va por primera y segunda vez a Madrid, donde sabe que debe estar, se incorpora como colaborador de las Misiones Pedagógicas, tiene de amigos a Rafael Alberti, María Teresa León, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Pablo Neruda… A la Unión Soviética viaja en representación del gobierno de la república, es pública su afiliación al partido comunista.
Entre el trabajo, el sobresalto, el cautiverio y el dolor, transcurrió la vida breve de Miguel Hernández, autor de versos y obras de teatro admirables: El rayo que no cesa (1936), Viento del pueblo (1937) y Cancionero y romancero de ausencias.
El colapso de la república lo lleva a buscar refugio, uno tras otro. Pero una delación lo conduce a presidio, que para él es el primer capítulo del destino final:
He visto a la gente que me rodea desesperarse y he aprendido a no desesperarme… ¡Pobre cuerpo! Entre sarna, piojos, chinches y toda clase de animales, sin libertad, sin ti, Josefina, y sin ti, Manolillo de mi alma, no cabe a ratos qué postura tomar, y al fin toma la de la esperanza que no se pierde nunca.
La sentencia de muerte se la conmutan por la de treinta años, y enfermo, convertido en un despojo, muere el 28 de marzo de 1942, a los 31 años. Pocas horas antes de morir, escribe:
Adiós, hermanos, camaradas, amigos: ¡Despedidme del sol y de los trigos!
Menos divulgado es este otro poema, «Al soldado internacionalista caído en España», lo que es decir, también a Pablo y a los muchos como él:
Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras, una esparcida frente de mundiales cabellos, cubierta de horizontes, barcos y cordilleras, con arena y con nieve, tú eres uno de aquellos. Las patrias te llamaron con todas sus banderas, que tu aliento llenara de movimientos bellos. (…) A través de tus huesos irán los olivares desplegando en la tierra sus más férreas raíces.
El 30 de octubre se cumplen 115 años del natalicio en Orihuela, Alicante, de Miguel Hernández, en 1910. Este de Cubaliteraria es nuestro modesto homenaje a su memoria.
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