
Calabazar contiene muchas historias. Hay un aire que te acoge cuando doblas la curva que conduce al parquecito, donde la sombra pareciera perenne. La iglesia del pueblo, apenas una silueta que sobresale sobre los tejados, nos recuerda que estamos en uno de esos sitios tradicionales cubanos, un rincón de la nación profunda donde el aislamiento de antaño generó no pocas mitologías. Fui allí para recoger mi premio del Concurso de Cuentos Onelio Jorge Cardoso. Me esperaban rostros conocidos, amigos de la literatura, lectores, personas que vivían la cotidianidad. Al llegar, el narrador Amador Hernández y el periodista Alberto González Rivero me dieron un tour por las calles. Estuvimos en el riachuelo que inspirara varias de las obras de Onelio, también en la casita de tablas donde pasara su infancia y primera juventud.
Onelio Jorge Cardoso había crecido en un ambiente donde las personas no paraban de contarse cosas. A veces, esas ficciones populares eran tan disparatadas como crueles: había perdedores, caídas estruendosas; pero también, esperanzas, color, energía, vitalismo. Él, como parte de su proceso de maduración, las iba recogiendo. En la etapa republicana participó en concursos literarios en los cuales obtuvo resultados, pero sistemáticamente atravesó dificultades para adentrarse en los circuitos de la cultura. ¿Un sesgo?, ¿quizás el prejuicio de la época ante un guajiro que aspiraba a algo más dentro de una sociedad estratificada? Los cuentos de Onelio no eran «normales» para la moral establecida. Trataban sobre hombres vencidos por el hambre, personas que perdieron la esperanza, trabajadores que se hundían en el oscuro horizonte, soñadores que veían caballos en el fondo del mar y nadie los tomaba por locos. Esa gente existía, pero el poder no se sintió cómodo viendo cómo alguien trataba de darle vida a lo que estaba inanimado, en el margen, bajo el silencio. Eran «cuentos de guajiros» y eso resultaba suficiente para cancelarlos.
Entretanto, el narrador fue creciendo; hizo otros tantos oficios y, a veces, se sentaba en el medio del parque para conversar con los personajes más conocidos acerca de vivencias, aparecidos, barbaridades. Allí estaba gente del tipo de Moñigüeso, ese ser deforme que encarnó uno de los episodios más sonados de la narrativa oneliana. La deformidad del personaje era un reflejo de la deformación de la vida de entonces: a medio camino entre la república y la nada. «Onelio se detenía a la orilla del río para compartir con los demás sus últimas creaciones. Decía: “mis cuentos no son tan buenos como los de ustedes, por eso se los leo”», así me relató Alberto González Rivero las visitas del narrador a Calabazar, cuando este ya estaba viviendo en La Habana y gozaba de reconocimiento.
La función de Onelio era —al parecer— la de un traductor de sueños populares, una especie de antropólogo que llevaba al papel las aspiraciones, los golpes de la vida y la esperanza. Aquellos cuentos que ocurren antes de 1959 en su narrativa son mucho mejores, porque tienen una relación conflictiva con la verdad referencial. Pienso que el río funciona como un espejo —el mismo cauce que aparece en el cuento Moñigüeso, donde el personaje se miraba, escena de gran simbolismo psicológico—; creo, además, que en tales reflejos no solo están los dramas, las ficciones, sino el propio autor embebido junto a las aguas.
La casita de Onelio es sencilla en extremo. Ni siquiera tiene un buen estado de conservación. La tarja es rudimentaria y está a punto de caerse. Cuando pasamos por ahí, solo podemos entrar hasta el portal. El interior pertenece a una familia que rara vez abre su vivienda, por lo cual imaginé los rayos de sol atravesando la oscuridad de los pasillos interiores desde las rendijas entre los tablones. El olor a humedad, madera, baldosas del piso levantadas con montones de tierra mojada, hojas secas, nos recibe y despierta en mí la curiosidad. ¿Cómo sería el proceso de creación de este autor? Quizás se detenía en el portal, miraba hacia la calle, captaba los tipos sociales, los tics, los gestos y leía a partir de allí verdades mayores. Onelio poseía una postura modesta, un aire campesino que nunca lo abandonó. Podía narrar los cuentos más extraordinarios, sin embargo, jamás adoptó poses de intelectual. Ni la afectación, ni el elitismo hicieron nido en su proyección como persona. No quiero decir que su obra sea sencilla, que sus propuestas carezcan de complejidad, al contrario: dentro de cada escena pervive una sensación de mundo perdido que nos provoca.
La sinceridad a veces es suficiente. Si bien reconozco que la literatura consiste en decir lo que otros dijeron y que parezca nuevo, no le hago tales exigencias a Onelio Jorge Cardoso. ¿Qué importa la originalidad cuando se trata de colocar en medio del debate el alma de la gente común? Hay un imaginario compartido que nos interpela, una nube que se nos encima y que solo se disipa con la lluvia de la creación. Los cuentos son entonces como los reflejos en el río: transparentes, pero en ocasiones distorsionados por la corriente o quizás por los deseos de soñar de quien los mira.
La premiación del Concurso de cuentos Onelio Jorge Cardoso se hizo en la Biblioteca Municipal. Es un salón casi vacío que queda frente a uno de los paseos del pueblo. Todo giraba en torno a Onelio, desde las presentaciones de teatro hasta el repentismo. La gente conoce a los personajes de los cuentos como si fueran sus vecinos. Lo real y lo fantástico conviven. Pensé que en realidad el narrador también estaba ahí. Imaginé su figura sentada en uno de los taburetes, junto a las puertas de cedro. Incluso escruté su mirada y noté que sonreía. Era el resultado de la inmersión cultural en un pueblo donde cada cosa pareciera tocada por un dios que las anima. Se habló hasta de una piedra sobre la cual se sentaba Onelio. Esperé que alguien dijera que la piedra tomaba vida, que era como un oráculo o una especie de esfinge. Cualquier cosa resultaba posible. El ambiente caluroso hizo que nubes de polvo se elevaran por los callejones creando una nata oscura de suciedad y de siluetas danzantes. El magma del momento apuntaba hacia la imaginación, la sensibilidad y la poesía. Pero se trataba de una imagen también triste, inacabada, en la cual la pobreza material y el desasosiego asumían otros ribetes.
—Onelio aún tiene mucho que contar —le dije a Amador Hernández.
—Él era grande, allá quien lo niegue —respondió.
Calabazar consta de unas pocas cuadras; está rodeado por campos. En la tarde, por lo general, llueve. De lo contrario el polvo anega los portales y obliga a cerrar las puertas y los postigos. Ese día la llovizna se fue tornando tormenta. Los rayos caían a poca distancia, quizás partiendo palmas cercanas. Nos detuvimos bajo un techo, en la librería de la localidad. Allí observé en línea recta hacia el campanario. Entonces vi una figura deforme que caminaba en dirección a la iglesia. Tenía la cabeza puntiaguda, los rasgos perdidos, renqueaba. ¿Moñigüeso? Hay visitas que se convierten en alucinaciones y estas últimas pueden derivar hacia estadios de la conciencia emparentados con la enajenación o la pérdida total. Sin embargo, sentí un gozo inexplicable. Quizás como el que inunda al personaje de Onelio que vio el caballo de coral.
Mi último pensamiento sobrevino cuando ya estaba encima del autobús, de regreso a Santa Clara. Recordé los techos de tejas, la casita de tablas de Onelio siendo abatida por la tormenta, pensé en las hilachas de agua cayendo a través de las rendijas. Añoré la humedad del ambiente y la frescura de las plantas a esa hora de la tarde noche. En mi mente, yo no me iba de Calabazar, sino que, sentado en la piedra, me sumaba al concierto de grillos, cigarras y animales nocturnos que recién iba empezando. A lo lejos, alguien decía: «Mis cuentos no son tan buenos como los de ustedes…».
Visitas: 99






Deja un comentario