
El 25 de octubre llegó la actriz, poeta y promotora cultural de La Habana, Patricia Rodda, a Librería Ático, ubicada en el centro de la ciudad de Oaxaca. Llegó con el sol en el cabello, corales adosados al cuerpo, la hondura del mar en la voz, peces de colores en la mirada y libros; uno sin orillas, de humedad y sal. Hubo cueva llena. En el público: dos tiburones, tres hipocampos, peces globo, algunos asteroideos, un pulpo, la morena y peces aguja, payaso, ángel, damiselas. La luz ambarina del fondo, son cubano, mezcal y ron.
«Este libro aspira a ser un ensayo sobre lo que siente un pez fuera del agua», declaró Patricia Rodda en entrevista con Marilyn Bobes para La esquina de Padura de Inter Press Service en Cuba. Pseudopez es el segundo poemario de una trilogía escrita por Rodda y que ha publicado bajo el sello Aurelia Ediciones. Desnuda en proscenio fue el primer libro y culmina con Hijos del maltrato, próximo a presentarse. «En la isla, el alma escucha lo que el continente olvida», escribió el poeta español Antonio Colinas, y por eso recordamos con Pseudopez que: «Todos salimos del mismo mar, aunque algunos se resistan a creerlo» (p.11). Cuando Patricia Rodda dice “todos” abarca la vida entera, los árboles mismos, antes algas en el océano; sin embargo, la nota mayor persiste sobre la existencia desde la lengua selénica de la poeta. El mar y su atmósfera, su campo semántico, cada grano de arena conforman el espacio metafórico donde ocurren los absurdos, las tormentas y el logos divino de la vida. Origen y final de todo cosmos se encuentra en la mar. Es el principio inmanente de cuanto existe, y a la vez, lo trasciende. Orden y caos necesario. Se conecta, nos enlaza, como la chispa de la razón divina para los estoicos. La poeta desarrolla una voz lírica donde el yo se estima pez varado sin identificarse con orilla alguna y declara: «No tengo branquias ni cola ni ojos predicando profundidad. Esto me convierte en una desadaptada, en una “pobre mujer” sin coartada, en un pseudopez» (p.11). Paul Valéry, mucho tiempo antes dentro de la tradición de la poesía que se hunde y emerge oceánica, en su magistral Cementerio marino reveló: «De mi grandeza interna espero el eco: / es la amarga cisterna que en el alma / hace sonar, futuro siempre, un hueco». La mujer de isla toma el papel, la letra y traza su voz para rastrear su ser primigenio con todas sus potencias, porque, como en Valéry y otros náufragos en tierra, hay insatisfacción entre la conciencia y la percepción del yo interior y el mundo externo. En la existencia se tiene la sensación de que hay una promesa que no llega a cumplirse por completo: «Mis versos, como yo, no pretenden ser entendidos. (…). No hay salida, nadie prometió un oasis y por más que me hunda, este cuerpo flota» (p.12).
En El agua y los sueños. Ensayo sobre la imaginación de la materia (FCE, 2011), Gaston Bachelard reflexiona sobre el mar como una de las imágenes más profundas y ambivalentes dentro de la «poética del agua». El mar aparece como una síntesis y culminación del elemento acuático, es decir, como principio y fin de todas las aguas, y por extensión, de la vida misma. Para el epistemólogo francés la mar es «el inconsciente general del agua», la matriz donde todas las corrientes nacen y retornan. Esta imagen maternal convierte al cuerpo marino en una fuente cósmica, un útero donde la vida se gesta. Del mismo modo, el mar es el fin de todos los ríos, el lugar donde las aguas encuentran su reposo, muerte y reintegración. En este cuerpo infinito de agua se expresa la dialéctica del nacimiento y la disolución.
Patricia Rodda también encuentra en la mar el gran ciclo de la existencia:
Volverás porque el mar es solo uno y la tierra de nadie. Cuando te canses de ser extranjero y extrañar del delirio refugiado a la deriva… regresarás. (p.41).
Desde la imaginación lo marino apunta al infinito. Es lo inmenso, la experiencia del ser sin límites. Bachelard expresó que: «El mar es una invitación a soñar sin medida». Basta con tenderse a su lado y contemplar su cadencia para que la imaginación se expanda y tienda hacia lo absoluto. La existencia atraída sabe entonces que el mar es fascinante y temible, puede perderse en él, diluirse y renovarse. Por eso invita a soñar, pues concentra la ambivalencia de las aguas: pureza y peligro, cuna y tumba, calma y tormenta.
En Pseudopez la mar es símbolo absoluto del devenir vital y onírico:
Ha encallado un mar en mis entrañas, puedo sentir el oleaje mezclarse con mi sangre y arrastrarla a no sé dónde…
(…)
Voy ensanchándome como una estrella de mar
flotando entre mis sueños de alga.
(p.16).
A veces imagino que regreso a las profundidades, casi les toco la calma y su silencio y su oscuridad. Me dejo abrazar por los rayos tamizados que acá abajo se sienten tan dóciles, incapaces de dañarme.
(p.12).
Los rayos provienen del sol. El dios sol es Apolo y lo apolíneo se identifica con lo masculino, de acuerdo a la tradición del pensamiento griego. Más, a partir de la lectura que hizo Federico Nietzsche en El nacimiento de la tragedia, Apolo, dios de la luz, la medida, la forma, la razón, simboliza el dominio de sí, la iluminación del intelecto, la serenidad. Respecto a lo humano representa la individualidad y la figura delimitada del yo, que es la que estructura.
La voz lírica en Pseudopez no está cómoda en la orilla, navega entre las olas y toma diversas formas, desciende al fondo del océano y tiembla con una voz que se eleva hasta el sol:
No te enorgullezcas si te digo que te has convertido en mi sol. Ahora tengo que conformarme con tu rencor del mediodía, e insistes en secarme la sal.
(…)
Tendré que girar el balcón de sitio,
oscureceré las cortinas.
Te encerraré en una caja de obsidiana
hasta que te disculpes.
(…)
Serás en adelante una estrella opaca
con el orgullo arreguindado.
No querrás asomarte ni siquiera en las noches.
(p.20).
El agua es el elemento femenino por excelencia: es blanda, envolvente, receptiva, pero también, poderosa y transformadora.
Soy un pseudopez
de escama blanca,
olor a concha
y mirada perdida,
ignorante de anzuelos.
(…)
No anhelo más que morir
en el mismo mar,
enamorarme en su orilla
y vestirme de azul
el día que al fin
regrese al fondo
de donde nunca debí haber salido.
(p.73).
Así expresa la poeta consciente de su feminidad no pasiva, sino gestante con la capacidad de acoger y regenerar. Es la mare tenebrarum el mar oscuro y profundo que gesta, alimenta y devora, porque tiene la capacidad de mutar y transformar en su incesante vaivén, donde cambia de forma, de estado y de ánimo. No hay rigidez, sino una continuidad entre el ser y el devenir. Es entonces símbolo de la feminidad dinámica, creadora, erótica, tempestuosa, misteriosa y sabia.
Al orisha Shangó, espíritu del trueno y el rayo, del fuego, la justicia, la danza y la virilidad, Patricia Rodda le canta:
Báilame en el trueno una danza,
que yo sostendré tu espalda de fiera
cuando la arqueen las brasas.
No detendré a tus ojos de leña,
cuando busquen ser prendidos por mis llamas.
Bésame el fuego que yo
te enfundaré la espada.
(p.65).
Entregarse al mar implica la pérdida del límite, el deseo de fusión con lo infinito:
Si todas las aguas son las mismas
¿por qué entonces,
siento tan extrañas otras orillas?
(…)
Si el viento me castigase
sería yo una vela negra
y volaría.
¡Vaya que volaría!
Anhelando algún día
naufragar en agua de todos,
la tuya, la de él, / la mía.
(p.82).
Finalmente, la mujer-pez se ha dicho consciente de sus temores y carencias, de su rechazo a las estructuras, y en el proceso, ha reconocido el pulso del mar, su fuerza, el poder entre sus piernas —sin rasurar, menciona en un poema— y no acepta el silencio. Ante la incertidumbre y el desasosiego natural de la existencia, como olas que nunca terminan para la playa, se encuentra mar-madre-infinita y afirma su voz en Ofrenda: «¡Mi sangre al galope por sus venas!» (p.114).



* Enna Osorio Montejo, radica en la ciudad de Oaxaca. Estudió la Licenciatura en Humanidades en la Universidad de las Américas, Puebla. Egresada del diplomado en Escritura Creativa en la Universidad Veracruzana y NOX Escuela de Escritura Creativa. Ha sido publicada en revistas, suplementos culturales y antologías de México, Latinoamérica y España. Beneficiaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA), Jóvenes Creadores 2011-2012; de la Convocatoria CurArte es Guelaguetza, bajo el Programa de Apoyo a las Instituciones Estatales de Cultura 2020; del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) Oaxaca 2024, Creadores con Trayectoria. Autora ganadora en el XXXIV Concurso Voces Nuevas 2021, convocado por la editorial española Torremozas. Autora del libro La edad terrible (Universidad Autónoma de Sinaloa, México, 2024; y Ediciones Hasta Trilce, Argentina, 2024).
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