
Nicolás Guillén, el Poeta Nacional, nació en Camagüey el 10 de julio de 1902. En 1920 se graduó de bachiller en el Instituto de Camagüey e ingresó en La Universidad de La Habana en la carrera de Derecho, estudios que abandonó por falta de recursos.
Publicó en numerosas revistas y periódicos, como Alma Mater, Las Dos Repúblicas y Camagüey Gráfico. En 1935 trabajó en el Departamento de Cultura del municipio de La Habana. Se reunió con los exponentes más altos de la cultura del momento, entre ellos: Juan Marinello, Alejo Carpentier y Félix Pita Rodríguez. Fue miembro del Partido Comunista de Cuba y sufrió prisión por sus actividades revolucionarias. Al triunfo de la Revolución ocupó diversos cargos, como presidente de la UNEAC y embajador de Cuba en Brasil.
Entre sus obras aparecen: Motivos de Son, Sóngoro Cosongo, Poemas Mulatos, Cantos para soldados y Sones para turistas. Por su obra ligada a las tradiciones afrocubanas, es considerado el máximo representante de la llamada «poesía negra» centroamericana y caribeña. Muchos de sus poemas han sido musicalizados por prestigiosos músicos cubanos y extranjeros. Murió en La Habana el 16 de julio de 1989.
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No ignoro, desde luego, que estos versos les repugnan a muchas personas, porque ellos tratan asuntos de los negros del pueblo. No me importa. O mejor dicho: me alegra. Eso quiere decir que espíritus tan puntiagudos no están incluidos en mi temario lírico. Son gentes buenas, además. Han arribado penosamente a la aristocracia desde la cocina, y tiemblan en cuanto ven un caldero.
Diré finalmente que estos son unos versos mulatos. Participan acaso de los mismos elementos que entran en la composición étnica de Cuba, donde todos somos un poco níspero. ¿Duele? No lo creo. En todo caso, precisa decirlo antes de que lo vayamos a olvidar. La inyección africana en esta tierra es tan profunda, y se cruzan y entrecruzan en nuestra bien regada hidrografía social tantas corrientes capilares, que sería trabajo de miniaturista desenredar el jeroglífico.
Opino por tanto que una poesía criolla entre nosotros no lo será de un modo cabal con olvido del negro. El negro —a mi juicio— aporta esencias muy firmes a nuestro coctel. Y las dos razas que en la Isla salen a flor de agua, distantes en lo que se ve, se tienden un garfio submarino, como esos puentes hondos que unen en secreto dos continentes. Por lo pronto, el espíritu de Cuba es mestizo. Y del espíritu hacia la piel nos vendrá el color definitivo. Algún día se dirá: «color cubano».
Estos poemas quieren adelantar ese día.
N.G
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Sóngoro, cosongo
¡Ay, negra, si tú supiera! Anoche te vi pasar, y no quise que me viera. A él tú le hará como a mí, que cuando no tuve plata te corrite de bachata sin acordarte de mí. Sóngoro, cosongo, songo be; sóngoro, cosongo de mamey; sóngoro, la negra baila bien; sóngoro de uno, sóngoro de tré. Aé, vengan a ver aé, vamo pa ver ¡Vengan, sóngoro cosongo, sóngoro cosongo de mamey!
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