
Novelista y poeta, Naomi Fontaine encarna la voz del pueblo innu. Nació en 1987 en Uashat, comunidad innue ubicada cerca de Sept-Îles, Quebec. Después de cursar estudios en la Universidad de Laval, regresó a Uashat, donde siempre quiso ejercer su profesión de maestra. Apegada a su pueblo y a su historia, en su obra Naomi Fontaine reconstruye y reescribe el pasado innu, para rebelarse contra la negación del origen. Ha publicado los libros Kuessipan (2011), Manikanetish (2017), Shuni (2019), Eka ashate – Ne flanche pas (2025). Es colaboradora de la revista de poesía Exit. En la revista Littoral, apareció publicada su noveleta La courte histoire d’une maladie.
Sobre sus lecturas de la literatura autóctona, contaba en julio de 2025:
Todavía en el 2010 se hablaba poco de la literatura de las Primeras Naciones, de la literatura innue. Joséphine Bacon comenzó a escribir muy tarde. En el oeste canadiense, seguramente ya había muchos escritores. Se hablaba poco de la primera autora innue, An Antane Kapesh. No se le daba valor. Durante la primera década del 2000, esta literatura comenzó a ganar fuerzas. Tuve la suerte de formar parte de este desarrollo.
Pero tardé cinco o seis años en interesarme por mi literatura. Y en eso consiste ser colonizado: uno no se interesa necesariamente por lo que viene de nuestra cultura. Pensamos que la cultura exterior —para nosotros, la cultura quebequense— tiene más valor. Leí muchos autores quebequenses con mucho amor y me doy cuenta de que esta literatura también me pertenece, pero, en realidad, no hay nada que me pertenezca más que mi literatura.
Cuando tenía 26 o 27 años, leí por primera vez a An Antane Kapesh y fue un descubrimiento. Cambió mi manera de comprender la historia y de comprender el mundo. Supe que esta literatura era la mía, y como soy innue, debía ser la más importante para mí.
Después leí a Thomas King, a Louise Erdrich… y a autores de aquí: los innus Marie-Andrée Gill y Natasha Kanapé Fontaine, al wendat Louis-Karl Picard-Sioui. Ya leía a Joséphine Bacon, y sus poemas siempre me conmovían. Esta literatura aún me estremece, a través de ella descubro nuevos horizontes, aprendo a amar mi cultura y a comprender de dónde vengo.
A continuación, comparto la traducción de un fragmento de su relato Neka:
Sentada a su lado, siento el roce de su mano. Una mano venosa, oscura, pequeña y suave. Miro la mía, que fuera casi idéntica si yo no pintara mis uñas de un barniz violeta muy oscuro. Y si mis palmas fueran más lisas. Quizás el tiempo suaviza la piel, así como hace la edad con la mirada.
* *
Mi madre habla poco de su infancia. Cuando lo hace, evoca sobre todo las comidas. Dice: «No había verduras, no había frutas, solo comíamos pastas. Iba a casa de mi hermana más vieja a tomar leche de vaca, porque en la casa no teníamos vaca». Dice leche de vaca y me da risa. No me atrevo a preguntarle qué tipo de leche tomaba en su casa. Le parece gracioso. Así mismo me pasa cuando recuerdo que tuve que vestir la ropa usada de mis hermanas. Nadie se ha muerto por eso.
Intento imaginar cómo era esta reserva. Un pueblo pobre, habitado por gentes pobres, que subsistían gracias a depósitos de patatas y harina. ¿Qué sentía ella cuando tenía que dormir con tres hermanas en una misma cama? Las miniaturas de la loza, pequeños platos y teteras floridas, en las noches de Navidad, heredadas de año en año, producto amado de su infancia.
Su padre trabajaba muchas horas en la Ciudad, en la construcción de nuevas infraestructuras. Por un salario escaso, tan escaso como los pedazos de carne que solo él comía durante las cenas en familia. Este hombre, mi abuelo, había observado en silencio los cambios draconianos ocurridos en su comunidad. Como todos los de su generación, había montado su marmita en una modesta cabaña de madera. Y había decidido que no moriría en su refugio. Trabajaba, resiliente, sus cuarenta horas por semana. Mandó a sus hijas a la escuela, aun cuando él no sabía leer ni escribir. Si bien no pudo ofrecerles steaks muy a menudo, ninguna pasó hambre.
Era un visionario. Un hombre capaz de comprender en qué dirección se movía el mundo y que eligió seguirlo.
En las cajas apiladas en el fondo del armario de mamá, encuentro un traje de india que parece salido de un filme western. Un vestido de cuero, sin mangas. Sobre la espalda, el artesano bordó una lechuza y adornó el frente con listas. La saya, hecha de retazos, se parece más a una saya de hawaiana, con sus franjas de listas, que a las que vestían nuestras antepasadas, si es cierto que aquellas mujeres vestían sayas, las amazonas que imagino tan fuertes como hombres. Mamá me explica:
«Mi madre nos había confeccionado a mi hermana gemela y a mí un traje tradicional para el inicio del nuevo curso. Íbamos a la escuela de los blancos. ¿Imaginas la vergüenza que me daba vestir aquel traje? Muerta. Primero muerta antes que vestir aquel traje».
Años más tarde, en el último año del curso, debíamos presentar un espectáculo como parte de una campaña de financiamiento para la escuela. Yo iba a presentar una danza tradicional con una canción innue popular. Elegí el traje de mamá para la presentación. Le había cosido unas bolitas de metal sobre las franjas de la saya. A cada paso, se escuchaba un suave tintineo que atraía la atención de los demás. Caminaba con las mejillas tibias y de un rojo vivo, maravillada por sentir tantas miradas sobre mí.
* *
Me es imposible imaginar a mamá sin su fe. Desde muy joven aprendí qué cosa era la fe. Creer en algo que no vemos. Éramos pequeños, frecuentábamos aquella iglesia que se parecía más a un centro comunitario que a un lugar sagrado, sin campanario, sin estatuas. Un edificio moderno, de cemento, cercano a una sala de bolos. Con pequeñas ventanas a los costados, sin vitrales. Una puerta enorme de madera recibía a los creyentes, que se presentaban el domingo con sus hermosos trajes y una Biblia en las manos.
Muchos recuerdos se desbordan de aquellas puertas. Las personas cantaban batiendo palmas, sonrientes. Se arrodillaban, imploraban. Alzaban las manos al cielo y a veces era tanta la emoción que lloraban.
El hecho de presentarse como protestante había sido todo un escándalo en la familia y en la reserva.
Desde la colonización y los misioneros, y a pesar de los pensionados, en nuestros pueblos solo había practicantes de la religión católica. Como eran seres espirituales, que por naturaleza creían en fuerzas invisibles, los Innus no se opusieron al catolicismo. En la miseria del hambre y los inviernos áridos, cuando se extenuaban en la lucha por sobrevivir en el bosque, habían aceptado la idea de que existía una potencia superior. Mamá fue la primera en rebelarse. La primera que se negó a bautizar a sus hijos. La primera en negar los ritos religiosos, las primeras comuniones, las novenas, el rosario y los rezos. No tenía ni veinte años. No la torturaron, al menos no físicamente.
Desde la rebeldía de mamá, existe una palabra innu para los protestantes. Reciben el nombre de kamatau-aimiat, los que rezan de manera extraña. Había que dejar claro que no se aceptaba a los que se opusieran a la religión de la mayoría. Un insulto de la parte de un pueblo muy practicante. No puedo recordarla sin hablar de su audacia.
La fe la tengo. Creer más allá de lo que mis ojos pueden ver. Sobre todo, cuando estoy triste, cuando me siento frágil, cuando no comprendo esta vida injusta y cruel, que consiente a los criminales y desprecia a las madres tranquilas. Creo en algo más grande que esta vida, y si estoy equivocada, si todo lo que existe es perceptible, al menos durante toda mi vida habré guardado la esperanza.
* * *
Nota del traductor
La Ley sobre los Indios de 1876 es el resultado de una serie de tratados impuestos a las comunidades autóctonas a lo largo del siglo XIX. Esta Ley, fundada sobre una política de asimilación, procura «matar al indio en el indio», para «civilizarlo». Esa sería la función principal de las reservas (comunidades enteras obligadas a abandonar sus territorios para ocupar áreas condicionadas por el Estado) y de los pensionados (adonde eran trasladados los niños para recibir una formación que los obligaba a negar valores como su lengua autóctona y su espiritualidad). Durante la primera mitad del siglo XX, los líderes autóctonos se proponen acabar con la asimilación cultural. Todavía hoy esta lucha continúa, así como el largo proceso de curación que intenta aplacar las heridas de los últimos siglos.
* * *
Ver también:
¡Nosotros escribimos!: Joséphine Bacon
¡Nosotros escribimos!: Virginia Pésémapéo
¡Nosotros escribimos!: Natasha Kanapé Fontaine
Visitas: 122






Deja un comentario