
Virginia Pésémapéo Bordeleau es una artista multidisciplinaria eeyou. Nació en 1951 en el pequeño poblado de Rapide-des-Cèdres, en Jamésie, al noroeste de Quebec. Graduada en Artes Plásticas por la Universidad de Quebec en Abitibi-Témiscamingue, Virginia Pésémapéo se reveló primeramente como pintora. Ha expuesto sus obras en México, Francia y Dinamarca. El amor, la guerra, la sexualidad, la identidad, la maternidad y el duelo constituyen los principales temas de su obra. Se le atribuye el título de primera mujer autóctona en haber escrito una novela erótica en francés (L’amant du lac, Mémoire d’encrier, 2013). Su primer poemario De rouge et de blanc (Mémoire d’encrier, 2012) recibió la mención Télé-Québec del Premio Literario de l’Abitibi-Témiscamingue.
Entre sus obras más destacadas figuran Ourse bleue (La Pleine lune, 2007), L’enfant hiver (Mémoire d’encrier, 2014) y Je te veux vivant (Éditions du Quartz, 2016). En 2020, Virginia Pésémapéo obtuvo el premio del artista del año en Abitibi-Témiscamingue, otorgado por el Consejo de las Artes y Letras de Quebec, y presentó una retrospectiva de cuatro décadas de carrera en el MA, museo del arte en Rouyn-Noranda. En 2021, recibió la medalla de la Asamblea Nacional de Quebec por el conjunto de su obra. En 2023, fue nombrada Caballero de la Orden de las Palmas Académicas de la República Francesa. Virginia Pésémapéo vive en Abitibi-Témiscamingue, desde donde continúa su labor creativa.
A continuación, comparto una traducción de un fragmento del poemario De rouge et de blanc.
Mujer tierra
Al alba, en paz, contemplo el rebaño que pasa, se detiene. Se instala la crecida de alces, miles de pezuñas sobre mí, miles de pasos me cercan, tiemblo, la bruma evanescente me rodea, en lo alto se cierne el gavilán. Su grito se clava en mi garganta, bastón de plegaria al que me aferro nacen palabras: tú, que estás en los cielos, ten piedad de mí. Qué será de nosotros, que somos eternos? Las colinas con hombros de mujer, la cúpula de los árboles, sobre cada hoja que nace, escribo una plegaria. Al amanecer los bosques trepan por el lomo de las montañas. Cabeza invertida, piernas separadas, la cúpula del día me libera. Lentamente, cierro mis brazos, tiernamente, me mezo. Todos aquellos niños sacrificados, los míos, los de las otras, echan raíces en mi vientre, y las lágrimas suben como savia que estalla en manojos de pájaros que vuelan. Al mediodía, heridas abiertas sangran. Mojo en ellas mis pinceles definidos por las sombras negras sobre la fibra blanca; marcha atrás, se convierte en el algodón con el que contengo el torrente rojo. No hablen. Solo a ellas pertenezco, irrigada por las aguas vivientes. Los colores aúllan en ecos escarlatas, atraviesan la tierra y su estallido se pierde en las estrellas. Al atardecer, un ruido. Los azules silenciosos, la madriguera inhabitada cobra vida, el búho canta tres veces, tránsfuga del día hacia la noche. Mis manos en ramas de árboles apartan las nubes de la tarde, fragmentos rosados, anaranjados como melocotones maduros; las algas del río ascienden hacia mí, se adhieren a mis pies, sobre ellos trazan sus caminos. Dos volcanes traspasan mis talones y echo raíces. A la medianoche, el liquen emerge de mi piel. Sol sobre mi pecho me mantengo en pie ante la noche. Los siglos penetran mi luz. Hoy, el rojo hizo silencio, los ocres rotos me obsesionan el caribú come de mi cuerpo, sus cuernos me rozan, me acarician, «Macho, me dice, yo soy macho, Y tu piel es dulce». Una voz… «érase una vez…» me abre, me estrecha, me irradia, me propulsa hacia el alba, núbil. Imberbe. Recién nacida.
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