
A Pedro Julio Mir Valentine, poeta, narrador, ensayista y profesor universitario dominicano (3 de junio de 1913- 11 de julio de 2000) se le considera como uno de los grandes bardos de la poesía hispanoamericana con tema de compromiso social, a favor de los explotados. Era el primer hijo del ingeniero mecánico cubano Pedro Mir y su madre, Vicenta Valentín Mendoza, puertorriqueña nacionalizada española.
Esta mezcla de razas y culturas que le tocó vivir se manifiesta en la su labor de poeta, que se puede ver reflejada en muchos de sus mejores poemas. Fue un apasionado de la lectura desde muy joven. Disfrutemos «Contracanto a Walt Whitman», un poema suyo, de los más conocidos
Yo,
un hijo del Caribe,
precisamente antillano.
Producto primitivo de una ingenua
criatura borinqueña
y un obrero cubano,
nacido justamente, y pobremente,
en suelo quisqueyano.
Recorrido de voces,
lleno de pupilas
que a través de las islas se dilatan,
vengo a hablarle a Walt Whitman,
un cosmos,
un hijo de Manhattan.
Preguntarán
¿quién eres tú?
Comprendo.
Que nadie me pregunte
quién es Walt Whitman.
Iría a sollozar sobre su barba blanca.
Sin embargo,
voy a decir de nuevo quién es Walt Whitman,
un cosmos,
un hijo de Manhattan.
Pedro Mir comenzó su oposición firme y frontal a la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. En 1947, aludiendo que tiene problemas graves de salud, logra escapar a Cuba. Acá, en el exilio, apareció su largo poema: «Hay un país en el mundo» (1949), subtitulado «Poema gris en varias ocasiones», hermoso canto a su país de origen, Santo Domingo, carente de identidad y libertad por haber estado siempre colonizado socioeconómica y políticamente por potencias extranjeras.
Así dicen las últimas estrofas del poema:
Y esta es mi última palabra.
Quiero
oírla. Quiero verla en cada puerta
de religión, donde una mano abierta
solicita un milagro del estero.
Quiero ver su amargura necesaria
donde el hombre y la res y el surco duermen
y adelgazan los sueños en el germen
de quietud que eterniza la plegaria.
Donde un ángel respira.
Donde arde
una súplica pálida y secreta
y siguiendo el carril de la carreta
un boyero se extingue con la tarde.
Después
no quiero más que paz.
Un nido
de constructiva paz en cada palma
Y quizás a propósito del alma
el enjambre de besos
y el olvido.
Particularmente este poema es considerado como uno de los más emblemáticos de la dominicanidad. Con gran fuerza lírica Mir le echa una mirada al paisaje dominicano en su historia y la dureza de muchos de sus paisajes. Ahí están las manos de los que trabajan en los ingenios azucareros, y también los hombres y mujeres de nuestras ciudades. Con profundo lirismo, Pedro Mir puso su obra al lado de los más pobres, de los campesinos y los trabajadores.
Además de poemas, Mir escribió narrativa, ensayo y artículos en publicaciones periódicas. Pedro Mir falleció en Santo Domingo el 11 de julio del año 2000. El ingenio, la ironía, la comunicación se revelan en la obra de este poeta luchador por la libertad de su Patria, que ahondó en el sentimiento de su generación planteando las problemáticas de la realidad dominicana.
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