
La Peña Punto de Fuga, espacio que convoca Ediciones La Luz en conjunto con la sección de Literatura de la Asociación Hermanos Saíz, dedicó su emisión de enero a la obra del poeta cubano Eliseo Diego, de quien se cumplieron el pasado año el 105 aniversario de su nacimiento. Al autor de En la Calzada de Jesús del Monte estuvo dedicada, además, esta edición del Premio Nuevas Voces de la Poesía.
El panel, coordinado por la escritora y periodista Liset Prego, contó con la presencia de los escritores Eugenio Marrón y Erian Peña, quienes abordaron la vida y obra del Premio Nacional de Literatura 1986.
Por su parte, el poeta y escritor Erian Peña prefirió llamar la atención sobre los vínculos entre las obras de los respectivos autores del Libro de las maravillas de Boloña y Crónicas marcianas, bajo el título «Eliseo Diego y Ray Bradbury por los extraños pueblos», del que reproducimos algunos fragmentos a continuación:
Fue en 1991, en España, cuando probablemente los cubanos tuvimos más cerca al escritor estadounidense Ray Bradbury. En Cuba, Bradbury no era un desconocido y había creado, entre los amantes de la ciencia ficción y los universos distópicos, un fiel club de lectores que le profesaban admiración, mientras otros hacían lo mismo con Isacc Asimov: en 1965 se publicaron sus Crónicas marcianas en la colección Serie del Dragón de Ediciones R, con diseño de Chago Armada; poco después apareció en librerías Fahrenheit 451 y la colección Cocuyo de la Editorial Arte y Literatura editó en 1979 esa especie de autobiografía surrealista que es El vino del estío. Aunque lo primero sea un poco hiperbólico, lo cierto es que ese año, 1991, el escritor cubano Eliseo Diego estrechó las manos del autor de El hombre ilustrado. Pero poco sabemos de ese encuentro madrileño, salvo que ambos autores habían sostenido una correspondencia que alimentaba la amistad y que, en ese momento, tenían la misma edad, 71 años.
Más allá de las aventuras, el misterio y la búsqueda del mito, sabemos que Eliseo admiró la ciencia ficción y que llegó a cartearse con Bradbury. En cierta ocasión escribió que tuvo una «sincera admiración por escritores como H. G. Wells y C.S. Lewis, y por supuesto por Ray Bradbury, que han escrito obras de las llamadas de ciencia ficción», pero advierte que con este género le ocurría «lo que con la niñita de cierta rima no sé si inglesa o norteamericana, y que una apresurada traducción diría así: Había una vez una niñita / que tenía un ricito / justo en el medio de la frente. / Cuando era buena / era muy, pero muy buena, / y cuando era mala / era horrenda».
Ambos confiaron en el mito y la imaginación, pero también en el hombre. «La ciencia y las máquinas pueden anularse mutuamente o ser reemplazadas. El mito, visto en espejos, permanece», escribió el autor de El hombre ilustrado. Ambos, cuyos centenarios celebramos en el 2020 —Eliseo un poco antes, el 2 de julio; Ray Bradbury más de un mes después, el 22 de agosto— poblaron sus historias con una mirada poética y melancólica que nos sobrecogen aún y que, imagino, estuvo presente en aquel encuentro español en 1991 entre estos dos grandes».



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