
Durante mucho tiempo nada se supo de la misteriosa desconocida a quien Perse dedicaba aquel «Poema a la extranjera», acompañado por una enigmática nota que rezaba «una amiga extranjera que también conoció el exilio en Estados Unidos». Hasta que fue encontrada, en los archivos de los sobrinos de Perse, la correspondencia que medió entre el poeta y la joven.
André-Michel Rousseau, director de la Fundación Saint-John Perse entre 1980 y 1990, explicaba que el hallazgo fue posible gracias a una exposición realizada en 1982 en la Biblioteca Nacional, así como a la perspicacia de Mauricette Berne y al consentimiento de los herederos en sacar a la luz aquel tesoro literario[1]. Además, añadía que las investigaciones llevadas a cabo tres años después por Jean-Louis Cluse y Sylvia Desazars de Montgailhard disiparían toda duda acerca de la legitimidad de los documentos.
Según André-Michel Rousseau, para la definitiva publicación de las cartas se tuvieron en cuenta tres razones de gran peso:
- Para la madre del poeta, Rosalía fue una «mensajera auténtica» al menos en dos ocasiones: cuando su hijo parte al exilio, y en los últimos momentos de su vida.
- Cuando se comparan estas cartas con las que el propio poeta decidió incluir en su obra, es posible encontrar coincidencias. Varios pasajes recuerdan poemas de Perse[2].
- Estas cartas son en sí mismas un valioso documento literario que no debía permanecer oculto porque enriquecen los conocimientos que se tienen del poeta y de su obra. Algunas líneas nos revelan a un Perse amante y enamorado[3], otras, a un hombre que sufre por causa de las dudas y de las miserias físicas[4].
A continuación, comparto las dos primeras cartas que aparecen en Lettres à l’Étrangère.
Carta I
26 rue de la Tour XVIe
23 de mayo de 1932
Promesa cumplida: don de un pedazo de papel, la cosa más rara en el desierto…
Y he aquí realizado el más antiguo rito humano, el de compartir algo en el cruce de los caminos —porque nunca se vuelven a cruzar.
Atentamente, el Extranjero
St. L. L.
Usted, que es demasiado franca —tanto por pereza y por indiferencia como por lealtad—, haga que la lleven de Lannion a la isla Miliau[5], para que beba allí, en el cuenco de la mano, el agua saludable y misteriosa que reina en aquel lugar, olvidada por todos, desde los tiempos de las antiguas «aguadas».
Y después no retome la ruta de París sin haberse detenido un momento en el pequeño fondeadero de Taudet, en la desembocadura del Río de Lannion.
Y jure no mezclar nada de esto, ni de usted misma, con los chismes de París.
***
(Respuesta de Lilita)
33 rue de l’université (VIIe)
27 de mayo de 1932
Gracias por la historia de la rana[6], quite splendid[7], ¿no es así?
Pero usted firma como El Extranjero, ¿un extranjero, para mí? ¿En verdad cree eso?
Sin embargo, soy casi su coterránea.
Los dos venimos de islas, y el mar, y los cantos exóticos mecieron nuestra infancia.
¿Demasiado franca? ¿Qué sabrá usted?
¿Acaso una mujer es del todo franca?
Si en el desierto las rutas no se vuelven a cruzar, en París las calles se juntan unas con otras.
Pero tiene razón cuando me llama perezosa. Dejo que la vida y la mañana transcurran con total libertad. Y probablemente sea por eso que no beberé en la fuente misteriosa de Miliau —¡pues me llevarán a Carhaix…[8] a las carreras!, el domingo.
Las hadas han muerto, excepto para usted.
Lilita S. Henraux
Poema a la Extranjera (fragmento)
Traducción de Jesús David Curbelo
«Alien Registration Act »
I
Las arenas y los rastrojos no encantarán el paso de los siglos
por venir, donde estuvo la calle pavimentada para ti con una
piedra sin memoria —¡oh piedra más inexorable y verde
que la sangre verde de las Castillas en tu sien de Extranjera!
Una eternidad de buen tiempo pesa sobre las membranas
cerradas del silencio, y la casa de madera que se mueve, al
fondo del abismo, sobre sus anclas, madura un fruto de lámparas
a mediodía
para las más tibias incubaciones de sufrimientos nuevos.
Pero los tranvías deteriorados que se fueron una tarde
doblando la esquina de la calle, que se fueron sobre raíles al
país de los Atlantes, por las calzadas y por las rampas
y por las rotondas de Observatorios invadidas de sargazos,
por los barrios de aguas vivas y de Zoológicos frecuentados
por gente de circo, por los barrios de Negros y de Asiáticos
como migraciones de alevines, y por los bellos solsticios verdes
de las plazas redondas como atolones
(allí donde acampa una tarde la caballería de los
Federales, ¡oh mil cabezas de hipocampos!),
cantando el ayer, cantando la lejanía, cantaban el mal en su
nacimiento, y, sobre dos notas de Pájaro gato, el Verano arbolado
de las jóvenes Capitales infestadas de cigarras… He aquí, a tu
puerta, traídos a nombre de la Extranjera,
esos dos raíles —¿venidos de dónde?— que
no han dicho su última palabra.
*
«Rue Gît-le-coeur… Rue Gît-le-coeur…», canta en voz baja la
Forastera bajo sus lámparas, y esos son errores de su lengua de
Extranjera.
II
«Nada de lágrimas —¿lo habías creído?— sino este mal de
la vista que nos viene, a la larga, de una enorme fijeza de la
espada sobre todas las brasas de este mundo
(¡oh sable de Strogoff a la altura de nuestras pestañas!)
«O quizá también la espina, bajo la carne, de una zarza más
joven en el corazón de las mujeres de mi raza; y además, lo
admito, el abuso hasta el alba de esos cigarros de viuda demasiado
largos, entre la muchedumbre de mis lámparas,
«entre todo ese ruido de grandes aguas que hace la noche
del Nuevo Mundo.
«…Tú que cantas —es este tu canto—, tú que cantas todos los
destierros del mundo, ¿no me cantarás un canto de atardecer a la
medida de mi mal?, ¿un canto de gracia para mis lámparas,
un canto de gracia para la espera, y para el alba más negra
en el corazón de las alteas?
«De la violencia sobre la tierra se nos ha dado tan larga
medida… Oh tú, hombre de Francia, ¿todavía no harás que yo
escuche, bajo la humana estación, entre los gritos de los vencejos
y todas las campanas ursulinas, levantarse entre el oro de las
pajas y entre el polvo de tus Reyes
«una risa de lavanderas en los callejones de piedra?
«…No digas que un pájaro canta, y que él está, sobre mi techo,
vestido de un bello rojo como Príncipe de la Iglesia. No digas
—lo has visto— que la ardilla está sobre la veranda; y el niño
de los periódicos, las Hermanas limosneras y el lechero. No
digas que en lo último del cielo
una pareja de águilas, desde ayer, tiene a la Ciudad bajo el
encanto de sus grandes maneras.
«¿Pues en verdad todo esto que no tiene historia ni sentido,
que no tiene tregua ni medida...? Sí, todo esto que no está claro,
y que no es nada para mí, y que pesa menos que en mis manos
desnudas de mujer una llave de Europa tinta en sangre… Ah, ¿es
verdad todo esto?... (¿y qué hace de nuevo sobre mi umbral
ese pájaro verde bronce, de aspecto poco católico, que aquí
llaman Starling?.
*
«Rue Gît-le-cœur… Rue Gît-le-cœur…», cantan por lo bajo las campanas exiliadas, y esos son los errores de su lengua de extranjera.
Lea también:
[1] Ibíd., p.10.
[2] Como en esta carta con fecha del 24 de diciembre de 1939: «Mi dedal decreció, de manera muy singular, desde la eclosión nocturna, bajo mi techo […] en su corola secreta de hibiscos».
En esta carta, según nos explica Mauricette Berne, el poeta hace alusión al elegante traje que viste Lilita durante su visita a Garches, y la compara con «una flor de los trópicos color fuego y con pétalos que se abren en corolas» (ibíd., p. 54).
[3] Como en estas líneas, en carta fechada el 21 de agosto de 1932: «Pienso en todo lo que amo en ti, y que se ilumina, a veces, sin que lo sepas, como un hermoso fondo marino» (ibíd., p. 52).
[4] Como en el siguiente fragmento que da inicio a la carta fechada el 6 de octubre de 1940:
«Después de una corta ausencia en N. Y. (muchas dificultades aún por vencer), me he sentido terriblemente enfermo: al final, nada grave, solo una simple intoxicación, agravada, imagino, por algunos instantes de fatiga causados por el sofocante verano neoyorkino» (ibíd., p. 62).
También, dudas y dolores de poeta. Como en esta carta del 5 de enero de 1944:
«La piedra que hoy pesa sobre mi corazón es demasiado grande como para ser vencida. Quizás sea este el límite de la soledad humana» (ibíd., p. 81).
[5] Isla Miliau (Côtes-du-Nord), isla privada que Saint-John Perse no consiguió comprar cuando pensaba regresar a Francia. En cambio, le ofrecen las islas Vigneaux.
[6] La carta del 23 de mayo de Saint Léger Léger estaba acompañada por un recorte del periódico El Petit Parisien: «En Estados Unidos, una rana rompe, por segunda vez, el récord de salto largo» Nota de Mauricette Berne (ibíd., p. 49).
[7] En inglés, en el original.
[8] Carhaix, capital del departamento de Finistère.
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