
En los confines de la memoria del pintor Ángel Silvestre Díaz Morales se pierde el día en que, por vez primera, tomó como pretexto un poema para convertirlo en una de sus obras de arte.
Desde aquella fecha hasta hoy, Silvestre acumula una cifra impresionante de poetas que le han servido para expandir una fecunda trayectoria que incluye más de 300 exposiciones, repartidas en países como Cuba, Bahamas y Angola.
Nicolás Guillén, Pablo Neruda, José Ángel Buesa, Mario Benedetti, Carilda Oliver, Fina García Marruz, Aitana Alberti, Lina de Feria, Pablo Armando Fernández, Jesús Sama, Carlos Jesús Cabrera, Myreisi García, Luisa Oneida Landín y Evasio Pérez… son unos pocos nombres entre los muchos creadores que han inspirado el pincel de este creador, al que la crítica ha reconocido por su «obra superabundante, copiosa, generosa de color, prolija y pletórica de energía, llena de vida».
Mientras la carencia de visión no hizo mella en su ímpetu creativo, Silvestre fue un artista de intensa y variada mano, generoso al punto de donar incontables obras, en formatos mayores y menores, para decorar hospitales, policlínicos, bibliotecas, escuelas y reconocer personalidades y ganadores en concursos de artes plásticas y literarios, entre ellos el «Regino Pedroso» de poesía, convocado por el periódico Trabajadores, para el cual aportó 10 piezas que, en caso de haber tomado el rumbo del mercado, le hubieran deparado a Silvestre una notable inyección económica, tal como reconoció con admiración el periodista y crítico Jorge Rivas.
Pero no hay moneda más valiosa que su amor por la poesía. Si apenas un par de poetas le hubieran servido de pretexto para inventar bellísimas fabulaciones de su pincel, quizás no hubiera valido la pena escribir este artículo laudatorio.
Pero son decenas. Decenas, repito. Son demasiados los versos que lo han estremecido y ya, por tanto, este «padecimiento» irrefrenable merece algo más que dos o tres palabras de elogio.
Tan intensa ha sido la relación de Silvestre con los poetas, que en homenaje a Lina de Feria (Premio Nacional de Literatura 2019), armó la exposición «Lina de Feria es visitada por un ángel», estrenada en la Feria del Libro del año 2000 en La Cabaña, proyecto en el que la autora de A mansalva de los años se encargó de escribir, con su puño y letra, sobre la «piel» de las obras, cada poema que desató la inspiración de Silvestre.



Trazos de Silvestre, letras de Lina: una combinación hermosa.
Con orgullo inevitable recuerda el pintor que en la sala de la vivienda de Pablo Armando —también Premio Nacional de Literatura (1999)—, este había colgado de las paredes tres de sus obras plásticas, junto a originales de «monstruos» de la talla de Goya y Picasso, entre otros.
Silvestre reconoce que la poesía de amor, sobre todo, lo deslumbra, le saca de adentro lo mejor de sí. Y no titubea cuando afirma:
Me encanta ilustrar poesía y también ilustrar libros y revistas. Hoy mi visión ya está un poco afectada, pero mi disposición continúa siendo la misma respecto a los escritores. A cambio de nada, estuve y estoy dispuesto a trabajar para ellos.
Nada más cierto. Si bien puede trabajar con entusiasmo la poesía de autores consagrados, con otros menos conocidos, pero también talentosos, como Evasio Pérez e Irasema Cruz, también se inspiró para hacerlo. Bastó que apareciera una sola palabra en el ambiente, «La gota», y ya Evasio y Silvestre se energizaban en un santiamén para unir décimas y trazos en un total de 25 obras, mientras que a manos de Irasema viajaban las ilustraciones que «vestirían» su libro para niños, Nautilus, publicado por la editorial salvadoreña Seduca.
Así de intensa y sincera ha sido la relación de Silvestre con la poesía y sus creadores. Una relación que, si bien no le ha aportado beneficio económico alguno, le ha regalado toda la riqueza que la poesía siempre regala al corazón de los hombres.
Con Pablo Armando, a quien Silvestre califica de «hombre muy educado, noble y comunicativo, y profundo conocedor de la Historia y el arte universales», lo unió una amistad que cobró vida a partir del año 2010, cuando el autor de Los niños se despiden irrumpió en la exposición«Guillén y el amor», inaugurada en Bauta, municipio al que Pablo Armando concurrió en incontables ocasiones, con motivo de celebrarse los eventos Botella al Mar y el Taller Orígenes. Este acercamiento provocaría un intercambio de sentimientos creadores, capaces de lograr que las obras del uno despertaran en el otro un fecundo sentimiento de cercanía espiritual.
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