
La obra más reciente de Carol Modaw (1956) contempla Beauty Refracted (Four Way Books) y Go Figure (Four Way Books) de próxima aparición. Ha recibido reconocimientos como la NEA Creative Writing Fellowship, la Lannan Foundation Residency Fellowship y el Premio Pushcart. Así mismo, ha publicado los poemarios So Late, So Soon: New and Collected Poems (Etruscan Press, 2010), The Lightning Field (Oberlin College Press, 2003), y Taken From the River (Alef Books, 1993). Ha enseñado poesía en instituciones como la Universidad de Naropa, el Colegio de Santa Fe y la Universidad del Sur de Maine, entre otras. Actualmente vive en Santa Fe, Nuevo México.
Aquí incluímos algunos poemas de su más reciente poemario, en versión al español de Gustavo Osorio de Ita.
Correctivo para Sue Nos entrenaron bien, en algunos aspectos: no hacernos de un lugar en un barrio cuestionable; siempre llamar cuando viajamos, y llamar a nuestro regreso; nunca alejarse mucho o, por lo menos, si es que nos vamos lejos, que no sea por demasiado tiempo; recordar y celebrar con ellos sus cumpleaños y aniversarios tal y como ellos recuerdan invariablemente celebrar los nuestros. Como buenos aprendices, muy pronto nos dimos cuenta cómo no defraudar y cómo no despertar sospechas o indebidas angustias: nuestros arreglos de vivienda convencionales, nuestro atinado comportamiento más allá de todo reproche —hasta que, eventualmente, nuestras vidas se volvieron nuestras.
Loop: Roanoke
Diariamente, recorro el circuito de Hollins:
desde Douchouquet
puedes avanzar hacia Faculty Row
y visitar los establos
o ir hacia el otro lado, arriba
por un camino dejado por un tractor en la hierba
hasta el cementerio de los fundadores. Un día
David me mostró un camino incluso más pequeño
que llevaba más allá de una casa en ruinas:
el marco de la puerta hecho astillas, ningún vidrio
en las ventanas, el techo venido abajo,
todo de un débil y descarapelado azul.
Más allá de la casa, el camino conducía
a las afueras de un barrio
suburbano y bien cuidado,
nada que lo distinguiera excepto
que una vez había sido, me dijo, todo negro.
Yo podría haber crecido allí.
Las peonías escarlatas florecen al mismo tiempo
que las nuestras, un gran ramo crece contra
la pared del teatro. Tiemblo al pensar
que extraño mi casa. En el arroyo
buscamos patos. Me gustaron
los caballos al anochecer, los tulipanes
por encima de la casa del presidente.
No estoy segura de qué sentí
en torno al cementerio. Si tan solo
me hubiera levantado por sobre
aquel muro fronterizo y me hubiera balanceado
en esa aguda división
como una irresponsable quinceañera
o si me hubiera recargado largo rato contra
las letras desdibujadas de una lápida,
entonces seguramente lo sabría.
Artritis
“Cuida tus manos”, dice mi madre,
viéndome aflojar la tapa apretada de un frasco—
tal como ella solía decirme
que no dejara que los chicos se pasaran de listos, o que tocaran
mis pechos: “mantenlos frescos
para el matrimonio”, como si fueran un par
de frutas de verdad. Me hacía gracia
pensar que podrían magullarse, rasparse,
ablandarse, pudrirse, marchitarse. Miro hacia abajo ahora
a mis torcidos pulgares, a mi dedo índice
permanentemente combado en el mismo y clásico
gancho como el de ella, lo que llaman cuello de cisne,
como si roto, así de pronunciado.
Incluso mientras tecleo, me pregunto cuánto tiempo
seré capaz de —cada articulación de mi mano izquierda
requiere ser elevada, emplazada, en su lugar,
cada nudillo cruje con el clic del mecanismo de un reloj
a medida que se gira para abrirse, al doblarse y desdoblarse.
Me resisto a la idea de que podemos abusar de más
de nosotros mismos, que debemos parcelar y moderar
nuestras energías para no quedarnos sin
algún componente necesario mientras sigamos con vida—
si bien la definición de “necesario” necesariamente
irá sufriendo cambios con el tiempo.
La única certeza es la incertidumbre, pensé
que lo sabía todo, así que ignoré cuanto ella me dijo
sobre los chicos y el sexo: su versión de
una historia nunca mía. Me hizo gracia
la forma en que inventó las tradiciones, que nosotras
no besamos a los chicos hasta cierta edad, nosotras
no nos pasábamos de listas. ¿Qué nosotras? ¿Qué parte de mí
era ella? Ninguna parte que pudiera señalar con mi dedo.
Qué extraño, entonces, un día, encontrarla
medio dormida en su habitación, hablando primero
consigo misma y luego conmigo, sobre un chico
que ella solía conocer, el hermano de su amiga,
a quien ella besó, decía, solo porque
él quería que ella lo hiciera. “Ahora, ¿por qué haría eso?”
reflexionaba, nuevamente angustiada y de nuevo
asaltada por la traición a sí misma, me estiré a través
del golfo que mi padre había dejado atrás, hacia
su lado de la cama y acaricié mi futura mano.
***
Tomado de Círculo de Poesía
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