
Prefacio
Tres prisiones cubanas de los años treinta del pasado siglo protagonizan estas páginas testimoniales que pueden tomarse como relatos de horror, crimen, despojo y de cuantas desgracias pesan sobre las espaldas del recluso. Tales prisiones son (mejor dicho, fueron): el Castillo del Príncipe, en La Habana; la Cárcel de Mujeres, en Guanabacoa, y el Presidio Modelo, en Isla de Pinos. Aunque los testimoniante serán presentados individualmente, solo adelantamos que todos, menos el primero, tuvieron la condición de presos políticos del gobierno de Gerardo Machado y algunos de los subsiguientes en este período tan significativo de la historia de Cuba.
El decenio comprendido entre 1925 y 1935 es particularmente convulso en la historia de Cuba. Abre con la asunción presidencial de Gerardo Machado; prosigue con su reelección; la prórroga del mandato de cuatro a seis años, aprobada por el Congreso controlado por las fuerzas machadistas; la rebelión popular; la caída del dictador; su sustitución por varios gobiernos de muy breve supervivencia; la declaración de una huelga general finalmente frustrada y el ascenso indetenible de la figura de un nuevo hombre fuerte: Fulgencio Batista.
En este lapso también se construyó la Carretera Central, el majestuoso Capitolio Nacional, se inauguró el Hotel Nacional, se reconoció oficialmente la jurisdicción cubana sobre la Isla de Pinos (quinta en extensión del Caribe) y se derogó la Enmienda Platt. En medio de esos diez años galopantes, la ciudadanía permanece sometida a la inseguridad, el atropello, la represión, el asesinato, el exilio forzoso, las desapariciones, la persecución del movimiento obrero, estudiantil y opositor, y el terror, sobre todo el terror, que impone su huella en la vida cubana y en la memoria. El estudio de los primeros decenios del siglo XX de la historia patria también nos entrega los pasos iniciales de varias personalidades que dejarán su impronta en el curso de los años posteriores. Por ello, puede hablarse aquí de una década significativa.
Algunas palabras se hacen necesarias sobre cada una de aquellas prisiones: El Castillo del Príncipe, una construcción que data del último cuarto del siglo XVII y formó parte del sistema de fortificaciones erigidas después del ataque a la capital por los ingleses en 1762, tiene una historia no solo tenebrosa. Hay más. Su primer recluso político fue Antonio Nariño, el prócer colombiano traductor y divulgador en el Nuevo Mundo de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, quien en 1796 permaneció allí confinado en tanto esperaba para ser reembarcado preso hacia España. Curiosamente, en este mismo castillo nació en 1888 el genio del ajedrez y campeón mundial José Raúl Capablanca, pues su padre, militar, estaba destacado en ese lugar.
En 1926 pasó a denominarse Cárcel de La Habana tras la demolición de la antigua cárcel del Paseo del Prado, y albergó tanto presos comunes como políticos. Allí permanecieron confinados, entre otros muchos, Rafael María de Mendive, mentor de José Martí, quien lo visitó varias veces; Julio Antonio Mella, Pablo de la Torriente Brau, Raúl Roa, Eduardo Chibás, Juan Marinello y un sinfín de notables revolucionarios, muchos de los cuales dejaron allí su vida, asesinados, torturados o enfermos. En el Príncipe radicaba además el Vivac, para aquellos detenidos en espera de ser juzgados.
Muchos años después de los sucesos recogidos en este libro, tuvieron lugar en el Castillo del Príncipe dos episodios relevantes de la lucha insurreccional: uno, la fuga de un grupo de combatientes clandestinos liderados por Sergio González (El Curita) que burlaron los controles y se evadieron mezclándose con los familiares, el 22 de octubre de 1957; el otro, de triste recordación, la masacre en que fueron ametrallados por los policías los presos Vicente Ponce Carrasco, Roberto de la Rosa Valdés y Reinaldo Gutiérrez Otaño, el 1 de agosto de 1958.
El edificio que a partir del 27 de junio de 1925 y por decreto presidencial desempeñó las funciones de Prisión Nacional de Mujeres se inauguró en 1873 como cárcel de la villa de Guanabacoa, en la manzana comprendida entre las calles Santa Ana, San Andrés, Seguí y Bécquer. Con la nueva designación se atendía un reclamo del Congreso Nacional Femenino verificado a inicios de ese año en La Habana. También, a partir de entonces, el edificio dejaba de ser administrado por las autoridades locales.
El 28 de enero de 1926 ingresaron procedentes de la cárcel de La Habana las primeras cuarenta y cuatro presas. Para la dirección de la penitenciaría se designó a Baldomero Pau Carratalá, sustituido desde el 30 de agosto de 1933 por Carmelina Guanche, quien introdujo importantes mejoras que favorecieron las condiciones de vida de las reclusas: eliminó los castigos corporales, derribó las bartolinas, reconstruyó las galeras, instaló allí servicios sanitarios, de luz y agua, recolectó camas, medicinas y ropas, creó una escuela, distribuyó las tareas domésticas y abrió nuevos espacios. El penal llegó a contar con servicios médicos, de estomatología y algunos maestros de la Escuela Normal, albergó tanto presas comunes como políticas, aunque separadas unas de otras.
Muchas fueron las mujeres que estuvieron vinculadas a las luchas revolucionarias y permanecieron recluidas en la sección política de la prisión, entre ellas: Clementina Serra, Loló de la Torriente, María Núñez, Josefina Madera, Rosario Guillaume, Carmen Blanco, María Josefa Vidaurreta, Pepilla Peñalver, Delia Bellido de Luna, Carmen Castro, Julita Tajonera, Aida Pelayo, Delia Echevarría y Conchita Valdivieso.
En cuanto al Presidio Modelo, muy próximo a la ciudad de Nueva Gerona, quedó inaugurado, aún cuando quedaban obras por hacer, el 1 de febrero de 1926 por el presidente Gerardo Machado. El capitán Pedro Abraham Castells asumió la dirección del presidio en 1928 hasta la caída de Machado. Personaje controvertido, el capitán Castells fue definido así por Pablo de la Torriente Brau:
Castells fue un asesino con un plan, aunque cometió algunos crímenes fuera de él, impulsado ya por el montón de muertos. Castells creyó, al atornillarse como un diente más al molino triturador de Machado, que su misión era clara y evangélica: extirpar de la sociedad cubana al hombre criminal (…). Y hombre de una energía sobrehumana casi, cayó sobre el presidio, primero como un desplome y después como la peste.
La elección de la Isla de Pinos, fuera de la isla grande, era reflejo de gran malevolencia: cualquier intento de fuga resultaba casi imposible de materializar con tanta agua de por medio; además, para los familiares de los reclusos visitarlos devenía en una odisea. Ya existía una cárcel en Nueva Gerona, por lo que «la seguridad» del lugar estaba comprobada.
El proyecto corrió a cargo del ingeniero César E. Guerra, se inspiró en el modelo de una cárcel norteamericana erigida en Illinois y el tan sarcástico nombre de Presidio Modelo se debió a que supuestamente, en él, el recluso estaría sometido a un plan de reeducación atendido por un cuerpo de juristas, pedagogos, psicólogos, médicos, etc. De tal modo que el penal funcionara como un laboratorio antropológico sin injusticia ni espanto para regresar al preso a la sociedad, totalmente rehabilitado. El nombre de modelo respondía también al nuevo tipo de arquitectura y las mejores condiciones de alojamiento.
Se utilizó el sistema panóptico o de circulares, construidas de forma tal que, desde un punto dado, pueda verse todo su interior y la vigilancia puede ejercerse con pocos guardias. Cada circular tiene 30 m de altura, 53 m de diámetro y 455 celdas (a dos presos por celda, para una capacidad de 930 cada una) dispuestas en seis pisos y se asciende por dos escaleras de mármol. Se estima que el período en que más muertes hubo en Presidio Modelo fue el del machadato: alrededor de cuatrocientos treinta presos: ciento noventa y dos blancos, ciento cincuenta negros, ochenta y seis mestizos y dos cuya raza no consta en los documentos consultados. Se cuentan entre los fallecidos poco más de cien de nacionalidad extranjera.
Entre los cientos de reclusos que allí fueron alojados en la década del 30 estuvieron Ramón Grau San Martín, Carlos Prío Socarrás, Aureliano Sánchez Arango, Gabriel Barceló, Mario Fortuny, Eduardo Chibás, Ramiro Valdés Daussá, Juan Marinello, Rubén de León, Menelao Mora…
En 1938 el Presidio Modelo cambió oficialmente de nombre, pasando a llamarse Reclusorio Nacional para Hombres, aunque en la práctica prevaleció la denominación anterior. Allí fueron recluidos, una vez juzgados, los jóvenes asaltantes del Cuartel Moncada de Santiago de Cuba, en 1953, pero no fueron destinados a las circulares de tan triste celebridad.
La historia del presidio político en Cuba se remonta a la etapa colonial, entonces a los presos se les destinaba a Isla de Pinos o al destierro en las prisiones españolas de ultramar. Aquellas desventuras tuvieron eco en la literatura. Detenido y enviado a la isla prisión de Fernando Poo, de donde escapó, Francisco Javier Balmaseda publicó en Nueva York en 1869 su relato Los confinados de Fernando Poo e impresiones de un viaje a Guinea. Raimundo Cabrera publicó en 1891 Mis buenos tiempos (Memorias de un estudiante), donde incluye recuerdos de sus días en prisión y posterior destierro a Isla de Pinos durante la Guerra de los Diez Años, todo en prosa denunciante de los atropellos sufridos.
Por sobre todos resalta El presidio político en Cuba, de José Martí. En octubre de 1869 miembros del Cuerpo de Voluntarios registran la vivienda de Fermín Valdés Domínguez, amigo de Martí, y allí encuentran una carta dirigida a un compañero al que tildan de apóstata por haberse integrado a las filas del ejército colonial español. Ambos son encarcelados y asumen la autoría de la carta. Fermín recibe una condena relativamente benigna, pero Martí es condenado a seis años de prisión con trabajos forzados de extrema rudeza en las canteras de San Lázaro, e ingresa en la cárcel de La Habana el 4 de abril de 1870.
Conmutada la pena por el destierro en Isla de Pinos, llega el 13 de octubre y posteriormente, por gestiones de Mariano Martí y Leonor Pérez, los padres, se consigue su deportación a España, donde describe con realismo lo que vivió en prisión. Curiosamente, está dirigido a los españoles, como si les hablara, con la intención de hacerlos ver y comprender. Es su denuncia, la del maltrato físico y moral al cual se somete a los presos, pero sin odios, porque «la noción del bien flota sobre todo, y no naufraga jamás»:
¿Qué es aquello?
Nada.
Ser apaleado, ser pisoteado, ser arrastrado, ser abofeteado en la misma calle, junto a la misma casa, en la misma ventana donde un mes antes recibíamos la bendición de nuestra madre, ¿qué es?
Nada.
Pasar allí con el agua a la cintura, con el pico en la mano, con el grillo en los pies, las horas que días atrás pasábamos en el seno del hogar, porque el sol molestaba nuestras pupilas y el calor alteraba nuestra salud, ¿qué es?
Nada.
Volver ciego, cojo, magullado, herido, al son del palo y la blasfemia, del golpe y del escarnio, por las calles aquellas que meses antes me habían visto pasar sereno, tranquilo, con la hermana de mi amor en los brazos y la paz de la ventura en el corazón, ¿qué es esto?
Nada también.
¡Horrorosa, terrible, desgarradora nada!
Y vosotros los españoles la hicisteis.
Y vosotros la sancionasteis.
Y vosotros la aplaudisteis.
Tal es el gran antecedente que en Cuba tiene la literatura sobre el tema carcelario. Literatura dura, dolorosa, inolvidable. A partir del cual se continúa el relato de una historia ininterrumpida de atropellos en las prisiones. Los desmanes del gobierno de Gerardo Machado aportan razones para escribir otro importante capítulo, que trasciende su caída. El presente libro contiene una muestra de una literatura brutal, que crispa los nervios y enardece las conciencias, una literatura sin regodeos románticos ni artificios, aunque tampoco carente de un bello realismo, de esperanza a veces, de tristeza, otras de odios y crimen. Todo lo malo y bueno —porque también afloran la amistad y el compañerismo— revelan estos textos.
También está la huella de la mujer en las luchas por sus derechos y los de todos los cubanos contra Machado y los gobiernos que lo sucedieron. Ellas ejecutaron acciones, participaron en atentados, permanecieron presas, sufrieron exilio, arriesgaron sus vidas. Tal vez no escribieron sus memorias ni publicaron sus testimonios, pero fueron muchas: Calixta Guiteras, Ana Quintana, Rosa Pereda, Rosario Charo Guillaume, Lila Agüero, Isabel Pereda, Berta Dardet, Mariana Conchado, Ondina de los Santos, Leonor Ferreira, María Lancís, Ana Cañizares, Andrea de Liopar, Esther del Cañal, Pura López, Silvia Duval, Georgina Shelton, Nena Segura Bustamante, Carmen Castro, Inés Figueroa, Rosa Pastora Leclere, Conchita Valdivieso, y un largo, muy largo y heroico etcétera.
De 1934 es un libro que no podemos pasar por alto. Su autor es José E. Embade Neyra y se titula El gran suicida. En la página titular se advierte que son apuntes de una época revolucionaria y es una obra escrita en el Presidio Modelo. El título rinde homenaje al periodista y recluso Wilfredo Fernández. Sin embargo, hemos utilizado solo unos pocos fragmentos porque ese libro no se aviene al propósito de nuestro trabajo, centrado en los textos testimoniales. Aun así, por justicia histórica, tiene Embade Neyra un espacio en estas páginas. Memorias de la cárcel machadista no contiene un adarme de ficción y sin embargo la supera en entrega y pasión, en interés y dinamismo. Ya sabemos —esto no es nuevo— que la realidad supera la más portentosa de las fantasías.
Los testimonios de Carlos Montenegro, quien fuera preso común en el Castillo del Príncipe, de Pablo de la Torriente Brau, Raúl Roa, Juan Marinello, Aureliano Sánchez Arango y Carlos Duque de Estrada, presos políticos en Presidio Modelo, y de Ofelia Domínguez, Renée Méndez Capote y Loló de la Torriente, reclusas políticas en la Cárcel Nacional de Mujeres de Guanabacoa, se integran con experiencias, recuerdos y sinsabores personales capaces de estremecer las conciencias de los lectores.
***
Descarga Memorias de la cárcel machadista en ePub y PDF.
Visitas: 64






Deja un comentario