
Eliseo Diego alcanzó el Premio Nacional de Literatura en 1986, en su cuarta emisión. Sin dudas fue uno de los poetas más brillantes del siglo XX cubano. Tres poetas lo precedieron en ese galardón: Nicolás Guillén, José Z. Tallet y Félix Pita Rodríguez. Como este último, Eliseo era también un narrador, un cuentista. Por primera vez ese Premio se compartía, seguramente dada la edad de los premiados, para equilibrar también a la cantidad de otros autores que ya lo merecía. Junto a Eliseo se le otorgó este año a José Soler Puig, un novelista de respeto, y a José Antonio Portuondo, el primero que llevó el galardón al mundo de la crítica y la teoría literarias.
He leído en Wipideia que «fue un poeta mexicocubano», seguro por el hecho de que vivió un corto tiempo en el país azteca y murió allí, sin tener en cuenta la larga trayectoria de este poeta de la identidad cubana. Habiendo sido uno de los fundadores de la revista Orígenes, sus primeras obras fueron propias del cuento y la poesía en la ya lejanas décadas de 1940 y 1950, pues sus relatos de En las oscuras manos del olvido son de 1942, y Divertimentos de 1946. Después de ello, publicará su primer y muy exitosos y memorable poemario En la Calzada de Jesús del Monte, de 1949. Desde entonces, fue la poesía el género que lo distinguió mucho más. Desde 1982 hasta su muerte en 1994, publicó tres poemarios en México y dos en Cuba. Había ganado en 1993 el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, y gozaba de la amistad y el alto reconocimiento de Gabriel García Márquez, quien dijo de él: «es uno de los poetas más grandes de la Lengua», y de Octavio Paz, quien exclamó al morir el cubano: «…solo faltaba la muerte a Eliseo Diego para convertirse en leyenda de la Literatura Latinoamericana».
La amplia obra de este gran autor, marcó a un grupo de poetas cubanos, sobre todo nacidos entre 1946 y 1958, y a algunos otros de nacimiento posterior. Eliseo fue maestro de poetas, en especial para los que intentaban escapar del derrotero coloquialista. Su poesía sigue siendo un magisterio de sobriedad, buen gusto, estructura, ritmo colocación de las palabras… Ya con En la Calzada de Jesús del Monte había situado su poesía entre lo más valioso de la lírica nacional, y los poemarios sucesivos así lo confirmaron. Disminuyó un tanto su labor como narrador, aumentó un poco su cualidad de ensayista y traductor, y experimentó con la poesía para la infancia.
Habría que recordar un cuaderno lírico de 1946: De Jaque, pero su obra gruesa comenzó a partir de 1958 con Por los extraños pueblos, y se extendió hasta su muerte. Los sucesivos El oscuro esplendor (1958), Libro de las maravillas de Boloña (1967), Los días de tu vida (1977), A través de mi espejo (1981), Inventario de asombros (1982), lo consolidaron tanto en el devenir poético cubano, que un poco se olvidaba la bella prosa y el variado ritmo de su cuentística. Luego llegaron Soñar despierto (1988) Cuatro de oros (1990) y otros libros de poemas, que mostraron algo peculiar de su obra: posee pocos poemas que uno pueda llamar «antológicos», o sea, que sobresalgan de manera muy destacada dentro de su escritura, porque el nivel parejo y alto de su poesía es un logro raro en la labor de un poeta. Solo alguien anterior poseía esa cualidad: Mariano Brull, tan cuidadoso como Eliseo con las formas y los mensajes de sus textos.
Algo semejante ocurre con sus cuentos, luego de los iniciales, publicará Noticias de la Quimera (1975), y otros libros de variada prosa entre narrativa, ensayística y poética, como Versiones (1970), y el Libro de quizás y quién sabe (1989), que movieron la papelería de un escritor fecundo en obras y rico en imaginación creativa. También reunió en un volumen sus traducciones y versiones de obras, sobre todo del inglés. Es fama su rica labor en Orígenes, de su vinculación estrecha con el grupo que giró en torno a esa revista, su amistad con José Lezama Lima, Cintio Vitier, Gastón Baquero y otros origenistas, era cuñado de Fina García Marruz. Entre sus labores, fue Inspector docente de Inglés y ejecutivo de la Uneac.
La voz lírica de este poeta retomó cierto grado de encanto infantil, de recuerdos de la infancia, volcó en su poesía lo que él llamó la «extrañeza de estar», que consiste en sentirse extraño en la vida, mirando con asombro el entrono, y dibujó en sus versos la idea de «nombrar las cosas», peculiaridad adánica del poeta que de pronto se sorprende con la realidad y comienza a darle nombre a todo. La visión de lo sorprendente, de origen surrealista, se torna en él suavidad de la mirada, deslumbramiento aprehensivo, una voluntad de descifrar razones un tanto «oscuras» de la existencia. Un no sé qué de misterio (indescifrable) hay en sus páginas líricas, en las que el poeta parece un sencillo aprendiz de la realidad, con un léxico bien seleccionado, que no pareciera apuntar hacia el barroquismo.
Se mudó en 1993 a México, donde hizo compañía a su hijo escritor Eliseo Alberto, de manera que fue el primer Premio Nacional de Literatura que decidió radicarse fuera de Cuba tras obtenerlo (décadas adelante se irían Reina María Rodríguez y Luis Álvarez), pero sin desasirse de la realidad cubana, falleció un año después y fue sepultado en La Habana, cerca de su admirado Lezama Lima.
Eliseo sigue siendo un poeta de culto, uno al cual jóvenes en busca de sus lenguajes personales, acuden a reconocer lo caminos cuidadosos de la expresión poética. La ensayista Ivette Fuente de la Paz develó su poética como si la desgranara, mostró los resortes y métodos que lo condujeron a escribir una obra homogénea a lo largo de su vida creativa. Eliseo no fue un poeta de paso, sino uno que dejó honda huella en la literatura nacional cubana. Leer sus versos no solo nos ofrece placer, sino también enseñanza de integración del mundo, un mundo que puede ser aprehendido por la poesía y convertido en arte de la palabra.
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