
Este lunes 30 de junio se realizó la presentación del libro Nadie guarde silencio, de Caridad Massón Sena en el teatro Hart de la Biblioteca Nacional de Cuba. La presentación estuvo a cargo del Dr. Rafael Acosta de Arriba y Rafael Hernández. El libro pertenece al sello Ediciones Temas, viene a ser una versión corregida y aumentada de un numero de la revista Temas.
Rafael Acosta realizó un resumen del libro. El texto aborda por primera vez las transcripciones completas de los debates ocurridos entre los escritores y artistas con la máxima dirección del gobierno cubano los días 16, 23 y 30 de junio de 1961, con un análisis detallado del contexto en el que ocurrieron esos encuentros. En palabras de Rafael: «Caridad nos trae ya el libro, en el que sobresale como novedad, la totalidad de las intervenciones de los artistas y escritores en los dos primeros viernes de aquellas tres jornadas. Trae lo que pudiera llamarse con justicia Las palabras de los intelectuales».
Caridad contó cómo apareció la grabación de las palabras de Fidel, que no coinciden exactamente con lo que se conoce como Palabras a los intelectuales. «Nicolás Guillén le da la grabación a Edith, le dice que haga una edición. Ella quitó algunas cosas, mejoró otras […] Pero lo que yo puse en mi libro fueron exactamente las palabras transcritas de lo que yo escuché. Hay algunos temitas que no se trabajaron y que están en esa transcripción».

El título del libro es una expresión que tuvo el presidente de la república, Osvaldo Dorticós, exhortando a las personas a que no tuvieran miedo, que hablaran e hicieran uso de su libertad de expresión. Caridad se remitió al contexto en que se produjeron las reuniones, y más atrás, desde el 1ro de enero de 1959. «Porque aquí se dieron muchas discusiones y muchos debates que tenían que ver con cosas de la cultura que pasaron antes del 59, por tanto tenía que hacer esa introducción. Y la verdad es que fue una de las cosas que más me gustó hacer. Porque ver en la prensa —en total libertad de prensa—, cómo este periódico y este otro y esta revista, se enfrentaban en criterios —a veces en un mismo periódico estaban la crítica y la contracrítica—, fue interesantísimo, ver todos esos debates tan importantes, todos esos intereses que se pusieron en contraposición y fundamentalmente qué significó la Revolución para cada una de estas personas».
Sobre esta introducción también dijo: «Yo no les voy a contar lo que paso con P.M. pero ustedes saben que esa fue la chispita que dio lugar a que al final estas contradicciones generaran un clima tan difícil, que entonces Fidel dijo: “Ay, tengo que intervenir, hay que hacer una reunión”, porque ya estaban al punto de comenzar el congreso de escritores y artistas y estaban aquellas personas también importantes para la cultura cubana en una controversia y tremendo debate entre ellos. Entonces se decide hacer la reunión un viernes a partir de las tres de la tarde, aquí en este mismo lugar, y a veces duraban hasta la madrugada. Hay que dejar bien clara desde el inicio, la actitud de las personas que estaban representando al poder: dijeron que hubiese un debate lo más amplio, lo más libre posible, lo más franco, pero además, sin que hubiera resquemores, que fuera lo más cordial, pero más crítico posible».
«Una de las cosas que tiene esta investigación es su actualidad» Por ello resaltó: «En primer lugar, Fidel señala que no se debía presumir de ser infalibles, y de que todos los que no piensan exactamente como uno están equivocados. Segundo, que la preocupación fundamental debe ser una revolución en sí misma para que salga victoriosa, pero que la Revolución no puede ser enemiga de las libertades. La preocupación de algunos es que se vaya a asfixiar el espíritu creador, “eso es innecesario”, dice Fidel. El campo de la duda quedaba para los escritores que, sin ser contrarrevolucionarios, no se sentían revolucionarios. Ahí podía haber una duda. Los artistas más revolucionarios, serían aquellos que estarían dispuestos a sacrificar su propia obra por la Revolución. Pero la Revolución debe aspirar a que todo el que tenga dudas se convierta en revolucionario […] La Revolución solo debe renunciar a aquellos incorregiblemente reaccionarios, incorregiblemente contrarrevolucionarios. Este sector de artistas que no sean genuinamente revolucionarios, debían encontrar en la Revolución un campo donde trabajar, donde crear, donde tener oportunidades para expresarse. Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada, porque el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir […] Pero eso no quiere decir, necesariamente, que todo el que alberga una preocupación sea contrarrevolucionario. Los representantes de la Revolución no eran enemigos de la libertad».
Resaltó: «El espíritu de la crítica debe ser provechoso —dice Fidel—, positivo, y no destructor. La Revolución no le puede dar armas a unos contra otros. Los escritores y artistas deben tener todos la oportunidad de manifestarse. Cuando al hombre se le pretende truncar la capacidad de pensar y racionar, se convierte de un ser humano en un animal domesticado […] Hay que disipar el miedo».
Concluyó con palabras de Desiderio Navarro: «La suerte del socialismo después de la caída del campo socialista está dada, más que nunca antes, por su capacidad de sustentar en la teoría y en la práctica aquella idea inicial de que la adhesión del intelectual a la Revolución, como, por lo demás, desde cualquier ciudadano, si de veras quiere ser útil, no puede ser si no una adhesión crítica, por su capacidad de tolerar y responder únicamente la crítica social que se le dirige desde posiciones ideológicas diferentes. De aquellos no revolucionarios dentro de la Revolución a quienes se refería Fidel en 1961, por su capacidad ya no de tolerar, sino de propiciar la crítica social que de su propia gestión se hace desde el punto de vista de los mismos principios, ideales y valores… Pero mientras esta capacidad se vea dañada por la acción de las fuerzas políticas hostiles a la crítica social, el intelectual, para vencer esas dificultades, tendrá que dar muestra de las correspondientes cinco virtudes: el valor de expresar la verdad, la perspicacia de reconocerla, el arte de hacerla manejar como un arma, el criterio para escoger aquellos de cuyas manos ella se haga eficaz, y la astucia para difundirla ampliamente».
La autora agradeció a quienes la apoyaron con sus lecturas, señalamientos e investigaciones, como Fernando Martínez Heredia, su primer impulsor, Ana Cairo, una de las primeras personas que confió en ella, la Dra. Mildred de la Torre Molina, Miguel Giró, Juan Valdés Paz, Edith García Buchaca (que prestó las transcripciones del día 23), la UNEAC de Artemisa y la AHS, la Unión de Historiadores de Cuba por otorgar una beca de investigación, Alexander, Dania, Anabel en España, a Denia y la editorial por labor inmensa y a Rafael Acosta por su cariño, a los compañeros del centro Juan Marinello, entre muchos otros.
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