
Marcel Proust nació el 10 de julio de 1871 en Auteuil, París. Su obra À la recherche du temps perdu (En busca del tiempo perdido), un conjunto de siete libros publicados entre 1913 y 1927, modificó los códigos del género novela, a partir de un novedoso manejo del tiempo narrativo que llevaría a la literatura a conocer otros secretos de la memoria humana.
«No sé inglés. Lo que sé es Ruskin». Cuentan que esta fue la respuesta de Marcel Proust cuando Constantin de Brancovan, al recibir una parte de la traducción de La Bible d’Amiens, de John Ruskin, alegó que tales páginas debían estar plagadas de errores, pues era sabido que Proust no hablaba inglés. Había estudiado esta lengua durante una de sus tantas crisis de asma, y no era capaz de reconocer ni de producir ningún sonido; sin embargo, durante cuatro años leyó y releyó a Ruskin. Un largo período sin ocuparse de su ansiada obra, aún por escribir, pero que forma parte de la silenciosa preparación: «No hay mejor manera de llegar uno mismo a tomar conciencia de lo que siente, que intentando recrear en sí lo que sintió un maestro», escribiría Proust en Contre Saint-Beuve.

Este maestro, John Ruskin, nació el 8 de febrero de 1819 en Londres y fue un gran escritor, crítico de arte y reformista inglés, autor de obras como Las siete lámparas de la arquitectura y Las piedras de Venecia. A partir de 1900 Proust se propuso visitar los lugares —sobre todo las catedrales— frecuentados por Ruskin durante su viaje por Francia. En abril de ese mismo año publicó en el Mercure de France un largo artículo titulado «Ruskin à Notre-Dame d’Amiens» en el que convidaba a los lectores a revisitar los sitios que habían servido de inspiración al autor inglés. Entrar a las catedrales y reconocer algún detalle que hasta entonces solo existía en su imaginación como imagen creada por la lectura de Ruskin era un ejercicio de gran provecho espiritual para Proust. Con la misma intención, habría de visitar también Venecia. Jean-Yves Tadié, autor de una detallada y muy poética biografía de Proust, refiere que no es habitual que un traductor quiera visitar los sitios descritos por el autor al que traducirá. Según Yves Tadié:
Así como Baudelaire y Mallarmé habían traducido a Poe, como Gide, que traduciría a Shakespeare, Conrad a Tagore, Claudel, que adaptaría a Coventry Patmore, Valéry a Virgile, Larbaud a Samuel Butler, Proust, como todos ellos, quería revelar a un autor y sentía que la traducción era una maravillosa escuela de estilo.
(Jean-Ives Tadié, Marcel Proust I Biographie, Éditions Gallimard 1996)
Para Ruskin, el artista se situaba como mediador entre la naturaleza y los demás seres. Proust también veía al artista de esta manera; en especial, al escritor. La escritura como forma de traducción: quien escribe traduce para otro sus pensamientos y fantasías, y así va nombrando los misterios de la naturaleza misma.
Reynaldo Hahn, Antoine Bibesco, Marie Nordlinger, Robert d’Humières —traductor de Rudyard Kipling y de Joseph Conrad— y la propia madre de Proust fueron algunos de los que le ayudaron durante su labor como traductor de Ruskin. En una carta Proust le pedía a su madre que tradujera para él unos pasajes de Sept Lampes; y le daba algunas instrucciones: «hojas de cualquier formato, preferiblemente grandes»; «con una letra bien cerrada, sin dejar espacios». Y de las visitas de Robert d’Humières —«el maravilloso traductor de Kipling», decía Proust— sacaba doble provecho: juntos traducían, a cuatro manos, y la sola presencia de d’Humières mantenía al melancólico Proust en un estado de viva algarabía.
Las correcciones en los manuscritos muestran cómo Proust necesitó comprender la estructura y la forma, volverse sensible a la musicalidad de la frase de Ruskin. Memorizó pasajes enteros, hasta dar con el tono preciso, la ansiada transparencia, hasta casi lograr una misteriosa anticipación.
A continuación, comparto con los lectores un fragmento del prólogo que escribió Proust para su traducción de La Bible d’Amiens, de John Ruskin.
He aquí una traducción de La Bible d’Amiens, de John Ruskin. Pero considero que esto no es suficiente para el lector. Leer solo un libro de un autor es encontrarse con él solo una vez. Es cierto que conversando una vez con una persona podemos discernir en ella rasgos singulares. Pero es solo a través de la repetición, en circunstancias variadas, que podemos determinar si estos rasgos son característicos y esenciales. Para un escritor, para un músico o para un pintor, esta variación de las circunstancias que permite discernir, mediante una especie de experimentación, los rasgos permanentes del carácter, radica en la variedad de las obras. En un segundo libro, en una segunda pintura, encontramos las particularidades que en un primer encuentro hubiéramos podido creer que pertenecían tanto al tema tratado como al escritor o al pintor. Y del acercamiento entre obras diferentes extraemos rasgos comunes cuyo ensamblaje componen la fisionomía del artista. Cuando varias pinturas de Rembrandt, a partir de modelos diferentes, son reunidas en una misma sala, enseguida nos asombra ver cómo aquello que todas comparten son los propios rasgos de la figura de Rembrandt. Al incluir una nota al pie en La Bible d’Amiens, siempre que el texto evocaba por medio de analogías, a veces lejanas, el recuerdo de otras obras de Ruskin, y al traducir e incluir en la nota el fragmento que me sugería a mí mismo, intenté que el lector pudiera ocupar la posición de alguien que no se halla en presencia de Ruskin por primera vez, sino que, habiendo sostenido otros encuentros con el autor inglés, le fuera posible reconocer en sus palabras aquello que en él es permanente y fundamental. Así, intenté proveer al lector de una memoria improvisada en la que incluyo recuerdos de otros libros de Ruskin, —como una caja de resonancia, en la que las palabras de La Bible d’Amiens puedan resonar con más fuerza y despertar ecos fraternos. Pero es posible que estos ecos no respondan a las palabras de La Bible d’Amiens, así como ocurre en una memoria surgida de sí misma, de esos horizontes irregularmente lejanos, y por lo general ocultos de nuestras miradas, horizontes cuyas distancias variadas fueron medidas, día tras día, por nuestras vidas. Y, para responder al llamado de la palabra evocada, no deberán cruzar la resistente dulzura de esa atmósfera interpuesta, tan extensa como nuestra propia vida, y que es toda la poesía de la memoria.
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