
Caridad Atencio nos vuelve a convocar a la lectura de la vida a través de la poesía, pudiera decirse una vez más, y no es el caso. Esta vez su mirada, su sensibilidad problematizadora, nos entrega un sujeto poético escindido, en el que la emoción es fractura, pérdida, evocación, y reivindicación: En la primera imagen/ las manos descansaban sobre el pecho firmes. / En la segunda, apretaban los brazos, volviéndose su propia protección.
Los textos poéticos en Desplazamiento al margen, Ediciones Extramuros (2018), que obtuviera el Premio Dador en 2013, carecen de títulos, nada novedoso, si se les lee al vuelo, pero este es uno de los resortes que sostienen la concisión poética del libro. Cada poema va escamoteando lo anecdótico, en función de un acontecimiento mayor, de una significación profunda, honda y compleja como lo puede ser la vivencia de una mujer, la emancipación de una mujer cercada por los atavismos, de clase, de género, de raza, de maternidad. Una colisión que da lugar a un torrente poético misterioso e inesperado: Labro mi cárcel con la celeridad de un colibrí: pasando el cielo.
Emana en este discurso la construcción de un sentido de la vida, singular, y conmovedor: se me está acabando la verdad. / Queda luz. Cuánto nos sustrae la poeta, ¿acaso la luz es un camino más allá de la verdad? Nos asomamos a un conflicto esencial de la escritura, con más certeza diría yo, una esencia del pensamiento poético, un espacio definitivamente abierto, en el que los matices son el ritmo, lo que cuenta.
Alguien pudiera decir, no es teatro, pero sí es el teatro de la poesía, esa cualidad que tiene el sujeto lírico de adueñarse de cuanto recurso expresivo le resulte provechoso para hilvanar un discurso, una significación que permita al lector sentir el peso de una huella.
Lo ajeno y lo propio aquí van en una misma palabra abierta al silencio y a la comunión, un camino de resistencias que reconoce a la vida como lago devastador, siendo la única oportunidad la mirada que nos devuelve nuevos una y otra vez, hasta el descanso del acompasado corazón.
Siento, sé que entreveo un universo en el que la contemplación no tiene cabida; pero sé que he mirado más allá de la verdad. En el ser de la poesía sin límites ya, se suceden las escenas de una mano destrozada, inconforme, y no es víctima, sino propia germinación, porque la imagen dramática es un milagro de la luz, en ella se confirma y restaura la voz poética y los cursos desplazados al margen.
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