
El 16 de agosto de 2023, Carmen B. Sotolongo Valiño escribió mi nombre en la primera página de Cincuenta poemas de amor, de Carlos Galindo Lena. Debajo dejó una frase que todavía conservo: «Manuel Eduardo, quedas con Galindo, tú que amas la poesía…». Mucho antes, mi amiga Mirladys Ventura ya me había hablado del poeta, pero fue aquella dedicatoria la que terminó de ponérmelo delante. Desde entonces he leído a Galindo y he vuelto a sus poemas más de una vez. De alguna manera, sí: quedé con Galindo.
Ahora, al regresar a este libro, pienso que quizá no podía haber una frase mejor para acompañarlo. Porque quedarse con Galindo supone entrar en una poesía donde el amor nunca adopta una sola forma: hay un amor que desea, otro que recuerda, otro que duele, otro que perdona. Está el amor de la mujer y el amor del cuerpo, el amor que se aproxima al sexo y aquel que, desde el mismo cuerpo, intenta alcanzar el espíritu. Está también el amor que mira hacia Dios y el que busca una manera de vencer el tiempo.
Cincuenta poemas de amor fue publicado por Editorial Capiro en 2019, dentro de la colección Estilo, con compilación y prólogo de Carmen B. Sotolongo Valiño, estudiosa de la obra de Galindo Lena. Conviene detenerse en ese dato, porque Carmen no parece haber querido reunir simplemente cincuenta poemas donde apareciera la palabra amor. Su selección propone un recorrido por distintos momentos de la obra del poeta y, al hacerlo, permite descubrir cómo una misma preocupación se transforma a lo largo de los años.
El prólogo lleva por título «Nada es comparable a un hombre que ama», tomado del poema homónimo incluido en Mortal como una paloma en pleno vuelo (1988). Ya desde ahí Carmen establece un diálogo con el poeta: no se limita a presentar el libro, lo lee, y lo lee desde el conocimiento de una obra que conoce por dentro. Comienza con una afirmación contundente: los poemas de amor de Galindo Lena «pueden figurar entre los más hermosos de la poesía hispanoamericana», y añade que también se cuentan entre los más originales, sin que esa singularidad suponga un obstáculo para el lector sino, al contrario, un estímulo para apropiarse de ellos. Después de recorrer la selección, la afirmación no parece exagerada.
Los primeros poemas proceden de Hablo de tierra conocida (1964). Bastan dos textos para abrir una puerta hacia una concepción del amor que en Galindo nunca se desliga de la realidad.
En uno de ellos aparece la declaración «Debo decir estoy enamorado», rodeada de inmediato por la sombra del mundo: todavía hay pájaros huérfanos que mueren en los bosques y niños que pierden su mirada en los ríos de la tierra. El hombre que ama, en estos versos, no puede cerrar los ojos ante lo que ocurre fuera de sí. Ese amor no es evasión: hay demasiada sombra entre los amantes, hay dolor, orfandad, pérdida, y sin embargo, también una esperanza que se expresa en otro verso «Habiendo perdonado salen los hombres a su día / para decir mañana estoy enamorado», donde perdonar y amar quedan en un vínculo. El amor no comienza necesariamente en la plenitud, sino después de atravesar aquello que lo hiere. Ya en estos primeros poemas se anuncia una de las claves que recorrerá todo el libro: amar es también intentar reconciliarse con el mundo.
De Mortal como una paloma en pleno vuelo (1988) proceden dos de los poemas que más me atraen de la selección: «Canción del bosque de Nemi» y «Nada es comparable a un hombre que ama». En este último, Galindo escribe:
Porque la noche es tuya como es tuyo el secreto de los astros.
La mujer amada queda situada dentro de una geografía cósmica —la noche, los astros, el secreto parecen pertenecerle— y el amor deja de ser una experiencia exclusivamente humana para adquirir una dimensión de misterio. El cierre del poema intensifica esa sensación: las naves, los diamantes, la aurora, el canto y el vientre construyen un mundo donde el hombre que ama entra en una especie de origen, casi religioso en su manera de nombrar el deseo. Ahí se advierte una de las virtudes constantes de Galindo: no le teme al cuerpo.
La mujer vuelve una y otra vez en su poesía y ocupa un lugar central en Cincuenta poemas de amor, pero no como una presencia ornamental. Es cuerpo, deseo, misterio, pérdida, belleza y, en ocasiones, una posibilidad de trascendencia. «Mujer perdida con la lluvia» lo ilustra bien: el poema arranca de una contradicción feroz —«Mujer aquí te odio y te amo hasta que el amor descubra su corola de espanto»— sin nada de amor edulcorado, solo deseo y rabia, cercanía y pérdida. El poeta quiere reunir las formas dispersas del cuerpo, acostar a la mujer junto a él, recuperar una intimidad extraviada; pero ella ha llegado con la lluvia y se ha perdido sin alcanzar siquiera «la raíz de los besos». El amor, en Galindo, también puede ser aquello que no conseguimos retener.
En Rosas blancas para el apocalipsis (1991) aparece quizá la clave más explícita para entender la relación entre cuerpo y espíritu en su poesía. En el poema VI, Galindo afirma que cuando se alcanza un alto grado de sensibilidad y la belleza se revela como fuerza de equilibrio universal, «sexo es también espíritu». Habla de senos, de cuerpos, de mujeres, de sexo, sin esconder el deseo detrás de metáforas que borren su dimensión carnal; pero tampoco convierte el cuerpo en un territorio separado de lo espiritual. Para él, el erotismo puede participar de una experiencia de belleza y, por tanto, de una experiencia espiritual. Esto ayuda a entender la presencia de Dios en su obra: Galindo era cristiano, y su escritura dialoga con una tradición bíblica que encuentra en el Cantar de los Cantares uno de sus antecedentes más evidentes, donde el amor entre hombre y mujer tampoco necesita renunciar al cuerpo para aproximarse a lo sagrado. En Galindo, esa herencia se traslada a una poesía contemporánea, personal, cargada de sensualidad y de preguntas: Dios no elimina el cuerpo; el cuerpo puede ser, incluso, una de las formas desde las cuales el hombre intenta aproximarse al misterio.
Quizá por eso resulta tan significativo que entre los libros representados en esta selección aparezca Últimos pasajeros en la nave de Dios (1996). El título mismo contiene una de las grandes tensiones de la poesía de Galindo: somos pasajeros, criaturas sometidas al tiempo y a la muerte, pero viajamos hacia una dimensión que nos supera. De ese libro Carmen selecciona, entre otros poemas, «Ahora», donde aparece un verso que resume buena parte de esta poética: «Ahora estoy tocando el mar en el cuerpo de una mujer hermosa». No dice simplemente que toca a una mujer: toca el mar en ella. El cuerpo se convierte en paisaje y el paisaje en revelación; la mujer amada contiene algo que la desborda.
En Aún nos queda la noche (2011), el poema XIV vuelve a tocar la eternidad: «porque la eternidad depende de que cierres tus ojos a la noche, o que abras tu boca para besarme, y se abran para todos las puertas de la gloria». Cerrar los ojos, besar, abrir la boca, entrar en la gloria: acciones corporales que terminan convertidas en imágenes de eternidad. Galindo parece decirnos que, por un instante, el amor puede suspender la condición mortal del hombre. Tal vez esas sean algunas de las cincuenta maneras de nombrar el amor.
Pero el libro todavía guarda una última sorpresa. Después de los poemas seleccionados, Carmen incluye un apéndice dedicado a «Canción del bosque de Nemi», titulado «De vuelta a Nemi, con el barro de otoño», y ahí realiza uno de los trabajos más valiosos del volumen. Regresa al poema, lo desmenuza, sigue sus símbolos, explica las referencias mitológicas, se detiene en Nemi, en Italia, en el universo cultural que sostiene el texto. Aquel primer verso —«Junto al bosque de Nemi me espera una muchacha»— funciona como leitmotiv y como punto de partida para penetrar en una composición que, después de leer el apéndice, parece mucho más grande. Lo interesante es que Carmen explica sin clausurar el misterio: mientras más ilumina el poema, más cosas quedan por descubrir. Y cierra con una afirmación difícil de discutir: «Canción del bosque de Nemi» es «la eterna aspiración humana a la vida sin tiempo y sin horrores», la interrogación permanente ante los misterios del ser y, al mismo tiempo, «uno de los grandes poemas de amor de la poesía cubana actual». Si Carmen Sotolongo lo dice, ¿quién soy yo para negarlo?

Después de leer el libro entiendo por qué escogió precisamente este poema para abrir ese apéndice: «Canción del bosque de Nemi» reúne muchas de las obsesiones que atraviesan estas páginas —la mujer, el deseo, el tiempo, la muerte, la belleza, el misterio— y esa necesidad profundamente humana de encontrar algo que permanezca cuando todo lo demás termina. Ahí, quizá, se encuentra la verdadera unidad de Cincuenta poemas de amor: no en que todos los textos hablen de lo mismo, sino en que todos regresan a una misma pregunta, ¿qué puede hacer el amor frente al tiempo? Galindo responde de muchas maneras: a veces desde el cuerpo, otras desde la memoria, desde el deseo, desde el perdón, desde la mujer, desde la belleza, desde la noche, desde Dios.
Por eso sería insuficiente llamar a este libro una simple selección de poemas amorosos. Carmen ha construido algo más: un itinerario por distintas estaciones de la poesía de Galindo Lena. Los poemas, tomados de Hablo de tierra conocida, Mortal como una paloma en pleno vuelo, Rosas blancas para el apocalipsis, Últimos pasajeros en la nave de Dios y Aún nos queda la noche, permiten observar cómo el amor atraviesa diferentes momentos de una obra y conserva, a pesar del tiempo, su capacidad de interrogar al poeta. También por eso resulta tan importante la compilación de Carmen: no solo reúne, propone una lectura. Y una buena compilación debería lograr exactamente eso, que después de cerrar el libro queramos ir hacia los otros libros del autor. A mí me ocurrió.
Puede que por aquella frase que Carmen dejó en mi ejemplar —«Quedas con Galindo»—. Y sí, quedé. Desde entonces he vuelto a sus versos y he terminado sintiéndome parte de aquellos «últimos pasajeros en la nave de Dios». No sé si existen cincuenta maneras de nombrar el amor; después de Galindo, sospecho que existen muchas más. Pero estas cincuenta bastan para quedarse.
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