
Guardo recuerdos entrañables de Nicolás Guillén y casi todos sus libros autografiados.
Mi imagen primera del poeta corresponde al 26 de diciembre de 1962. Yo tenía 14 años de edad y esa noche pasé, supongo que de regreso de casa de las Américas, cuya biblioteca ya frecuentaba, por la casona de 17 y H, sede de la Unión de Escritores.
El edificio estaba iluminado. Había una recepción, y, atreviéndome más de lo que me atrevía entonces, entré. No buscaba comer y mucho menos beber; quería únicamente ver a Nicolás en persona.
Había leído ya todos sus poemarios, en aquellas ediciones argentinas de Losada, y perseguía y recortaba las crónicas que publicaba en el periódico Hoy.
Al abordarlo, en un momento en que quedó solo en un ángulo del salón, pensé que me echaría los caballos encima por haberme metido en un sitio donde nadie me había llamado. Pero no. Me trató con suma amabilidad, y no sé de dónde, pienso que de un bolsillo de su chaqueta, sacó un ejemplar de ¿Puedes?, impreso por Fayad Jamís como un pequeño cuaderno, y lo firmó para mí. Era la primera vez que un escritor me firmaba un libro. Puso la fecha.
Por eso me es posible hoy, a la vuelta de los años transcurridos, precisar el día de aquel encuentro. El cuaderno sigue siendo uno de los ejemplares más preciados de mi biblioteca. Reproduce dos dibujos del poeta y, como una curiosidad, un fragmento para leer frente a un espejo del propio poema manuscrito. La edición constó de 500 ejemplares numerados. El mío es el 261 y debe ser, después de muchos años de publicado, toda una rareza bibliográfica. Solo Fayad Jamis era capaz de mini libros como ese, publicado con el sello de la librería La Tertulia, empeño que volvería a intentar, no creo que, con mucho éxito, en la Biblioteca Nacional.
Otro momento memorable. Asistí al recital que en la Casa de la Cultura Checa –hoy centro de la prensa extranjera, en 23 y O- ofreció Guillén con los poemas de Tengo, título que en ese mismo año publicaría el inquieto Samuel Feijóo en la editorial de la Universidad de Las Villas, que dirigía, y en la que antes, creo que en 1962, diera a conocer, bajo el título de Prosa de prisa, una selección del periodismo del poeta.
Un momento más. Transcurría el Congreso Cultural de La Habana que en enero de 1968 reunió a más de 480 escritores y artistas no cubanos, gente de la talla de Cortázar, Matta, Siqueiros, Semprún, Saura, Benedetti…
Una de esas noches, la del día 9 para ser exactos, una noche muy calurosa pese a la fecha y el aire acondicionado, se inauguraba la librería de L y 27 que con el tiempo recibiría el nombre de Fernando Ortiz, vecino de la misma esquina, pero en la acera contraria.
A la venta, con la presencia de sus autores y de no pocos de los participantes en el Congreso, estaban allí, al alcance de los interesados, El gran zoo, de Nicolás Guillén, aquella bellísima primera edición diseñada por Darío Mora, Ensayo de otro mundo, de Roberto Fernández Retamar, y En blanco y negro, de Ambrosio Fornet. Muestrario del mundoo Libro de las maravillas de Boloña, de Eliseo Diego, llamaba poderosamente la atención. Había visto el poeta el catálogo de la imprenta de José Severino Boloña y no resistió la tentación de oponer a cada ilustración un poema que viniera a su vez a ilustrarla y quedara también ilustrado por ella, tal como se responden frente a frente, en una sala vacía, dos espejos.
Entre otros títulos, estaban además a la venta, Libro de los doce, de Carlos Franqui, Piel negra, máscara blanca, de Frantz Fanon y el libro sobre Toussain Louverture, de Aimé Césaire, presente también aquella noche en L y 27. Todas las obras, o casi, llevaban el sello editorial de Instituto del Libro y era asimismo esa institución recién creada entonces la que había acondicionado, el local de la librería, un sitio amplio, cómodo y bien iluminado que propiciaba un adecuado encuentro entre libros y lectores.
Ensayo de otro mundo fue de los libros más demandados en aquella jornada, También El gran zoo.
No por callado
El triunfo de la Revolución sorprende a Guillèn en Buenos Aires. No demoraría en regresar a su patria, no sin antes escribir en la capital argentina el primero de los poemas que dedicó a Che Guevara.
Ocho años después impactaba al millón de cubanos que participaba en la velada solemne por el asesinato del Guerrillero Heroico cuando desde la tribuna dejó escuchar con su voz de bajo aquello de «No porque hayas caído tu voz es menos alta. / No por callado eres silencio…»
La entrevista
En 1972 me tocó entrevistarlo en ocasión de su 70 cumpleaños. Una larga entrevista que, con portada, se desplegó a ocho páginas en aquella publicación de gran formato que era la revista Cuba de entonces. Algún día contaré detalles de esa entrevista que se publicó mucho dentro y fuera de Cuba.
Mientras ultimábamos pormenores para acometerla, inquirió el poeta si yo prefería que fuese una entrevista grabada, que yo tomara al dictado o que él la respondiera por escrito. Le dije que prefería que fuese grabada.
-Entonces yo te la responderé por escrito –dijo inapelable el poeta.
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