
A partir de 1943, teniendo en cuenta la nueva coyuntura histórica que surge de la II Guerra Mundial, el aparato burocrático de la administración Roosevelt empieza a sufrir cambios. Ese mismo año Sumner Welles renuncia como Subsecretario de Estado para América Latina, presionado por su superior Cordell Hull. El propio Hull deja su cargo en 1944 para ocuparse de la fundación de la ONU.
En abril de 1945 concluyó la II Guerra Mundial y murió el Presidente Roosevelt, con lo que el gobierno estadounidense pasó a ser comandado por Harry Truman. En esos años cercanos al fin de la guerra mundial, los cambios producidos dentro del alto mando norteamericano, unido a las nuevas condiciones históricas que emergieron, condujeron a que se formulase una nueva política hacia el mundo en general. La derrota de dictaduras fascistas como la alemana y la italiana favoreció el repudio a los regímenes de fuerza que se mantenían en América Latina, por lo cual hacia 1944 habían caído las dictaduras en El Salvador y Guatemala. En esas circunstancias el régimen trujillista, a pesar de su apoyo incondicional a los Estados Unidos durante la II Guerra Mundial, se apreciaba como un anacronismo.
Los Estados Unidos empezaron a tomar distancia de gobiernos de corte dictatorial en Hispanoamérica como el de Franco en España, Perón en Argentina y Trujillo en República Dominicana. Fue así que Nelson Rockefeller, Secretario Asistente para América Latina, se alió con algunos altos jefes militares del Pentágono como George H. Brett, Comandante General del Comando de Defensa del Caribe, para apoyar a la dictadura trujillista. En 1944 Rockefeller visitó Santo Domingo, contraviniendo la orientación oficial de mostrar frialdad hacia Trujillo, y le recomendó al dictador ofrecer algunas concesiones a la oposición a los efectos de crear una pantalla de democracia ficticia. Como resultado de ello el Benefactor dominicano «extrañamente» hizo anuncios de elecciones.
A pesar de estos intentos de dar continuidad a regímenes personalistas como el de Trujillo mediante cambios superficiales, dentro del cuerpo político del imperialismo se estaba gestando una nueva diplomacia dirigida a aislar a las dictaduras y asegurar una transición política en esos países. En ese sentido cabe destacar el pensamiento y la ejecutoria del cerebro político principal de esos cambios, el entonces embajador en La Habana, Spruille Braden.Braden, como nuevo ideólogo del imperialismo, defendía que la política del «Buen Vecino» se abriera a nuevas interpretaciones a partir del criterio de que las obligaciones entre los países del hemisferio debían ser «en dos vías», aclarando que Washington debía tener relaciones más amistosas con países que practicaran la democracia. Mientras era embajador en La Habana redactó un memorando histórico, en el mismo señalaba:
«Creo que debemos volver a examinar nuestras políticas con respecto a los dictadores y a los gobiernos desacreditados, que son la negación de los principios y las libertades democráticas por las cuales ahora luchamos». Y respecto a los problemas que podían generar esos gobiernos tiránicos indicó: «No podemos ignorar lo que (…) puede ser la amenaza más peligrosa e insidiosa de la era de la postguerra al modo de vida de las Américas y de la democracia: el comunismo. Se debe tener presente que las leyes de acción y reacción hacen que las dictaduras preparen más profundamente el suelo fértil para esa ideología tan destructiva»[1].
Durante esos años se celebraron importantes conferencias regionales como la de San Francisco, Chapultepec y Montevideo, en las que se hicieron esfuerzos para una posible intervención multilateral contra las dictaduras pero en la práctica nunca se llegó a alcanzar ese objetivo debido a maniobras tanto de la Argentina de Perón como de la República Dominicana de Trujillo. En la Conferencia de Montevideo los Estados Unidos dieron apoyo directo a la propuesta uruguaya sobre intervención colectiva contra los regímenes de fuerza, aunque finalmente dicha propuesta no tuvo apoyo suficiente en América Latina por recelos que se tenían hacia Washington.
Spruille Braden, después de actuar como embajador en Cuba, fue promovido por el Secretario de Estado Byrnes a Secretario de Estado Adjunto para América Latina, con lo cual logró vencer la resistencia de sectores más reaccionarios en el Senado. Estos cambios a nivel de la diplomacia norteamericana corrieron parejos en el tiempo al ascenso al poder de gobiernos que eran enemigos del régimen trujillista y sustentaban el régimen de la democracia representativa. En junio de 1944 fue electo Ramón Grau San Martín Presidente de Cuba, en julio de 1945 Juan José Arévalo toma el poder en Guatemala, en tanto en octubre asume la presidencia en Venezuela Rómulo Betancourt. Estos tres gobiernos, unido al de Élie Lescot en Haití, resultaron abiertamente hostiles a Trujillo por lo que se crearon las condiciones para que los exiliados dominicanos desarrollaran una vasta conspiración con el sustento armado que les dieron estas administraciones.Desde finales de 1945 y hasta junio de 1947 los más altos funcionarios del Departamento de Estado que atendían América Latina, Braden y Briggs, mantuvieron su política de antagonismo hacia Trujillo. Esta estrategia los condujo a aprobar las restricciones en las ventas de armas a Argentina y la República Dominicana. En general, los diplomáticos estadounidenses fueron más beligerantes con Perón exigiendo su renuncia pero nunca llegaron a aprobar siquiera una declaración de pública condena al régimen trujillista.
Desde los primeros años en que se instaló la dictadura trujillista Cuba sirvió de centro de proselitismo y entrenamiento militar para los exiliados dominicanos que pretendían derribar a Trujillo. A partir del periodo de conclusión de la Segunda Guerra Mundial este movimiento de resistencia ubicado en la mayor de las Antillas se articuló de modo muy coherente e irradió solidaridad por el resto del mundo. Este momento coincidió con el ascenso al poder del Presidente Ramón Grau San Martín lo cual favoreció el apoyo material y moral a las campañas y conspiraciones contra el Trujillismo pero al propio tiempo representó un reto para los verdaderos revolucionarios que debieron hacer frente a los manejos politiqueros de oportunistas de todo tipo dentro del propio gobierno de Grau.En Cuba, Venezuela y México radicaban los núcleos de emigrados dominicanos más activos en la cruzada contra el Trujillismo, era en esos países donde encontraron una mejor acogida de parte de sus pueblos y de importantes sectores políticos del gobierno. Por esos años algunos países progresistas de la región impulsaron importantes iniciativas dirigidas a contener los desmanes del Trujillismo con las que pretendían aislar al régimen dictatorial y conducirlo a aceptar un cambio político. Estos gobiernos de las Américas tenían en la mira dos importantes conferencias internacionales convocadas para febrero y agosto de 1945 en las que se pretendía trazar un nuevo rumbo a la diplomacia mundial: las conferencias de Chapultepec y la de San Francisco.
En general las resoluciones de la Conferencia de Chapultepec dirigidas a la región de las Américas resultaron positivas, aunque más bien se quedaron en el plano de declaraciones generales de principio, sin que se acordaran medidas específicas para combatir y aislar a las dictaduras latinoamericanas. Entre sus acuerdos cabe destacar uno contentivo de una condena implícita a este tipo de gobiernos totalitarios:
«La existencia de sistemas políticos antidemocráticos en el continente de América perjudica su progreso y crea las bases de la penetración que amenaza desde afuera la seguridad americana»[2].
Si bien es cierto que la solidaridad internacional abría espacios para la lucha interna lo más importante quedaba en las manos de los propios dominicanos. Al respecto resultaron muy pertinentes las consideraciones que el Partido Democrático de la Revolución Dominicana (PDRD) le hizo al Partido Revolucionario Dominicano (PRD): «La política seguida por el Departamento de Estado no deja lugar a dudas: el destino de nuestro pueblo está en nuestras manos y solo la lucha directa de los dominicanos, con sus propias manos, harán posible el derrocamiento de la tiranía»[3]. La solidaridad hacia los patriotas dominicanos que resistían su dictadura se extendía por todo el continente y propiciaba el intercambio de experiencias entre diversas fuerzas progresistas. Precisamente el Frente Democrático de Liberación Dominicana, organismo que agrupaba diversas fuerzas que enfrentaban la tiranía en el interior del país, redactó un documento donde reconocía esa ayuda continental, la que también contó con el respaldo importante de la Confederación de Trabajadores de América Latina (CTAL).
Por otra parte, el Partido Democrático Revolucionario Dominicano (PDRD), de tendencia marxista, estrechaba sus vínculos con el PSP cubano estudiando las experiencias de su similar antillano en las luchas contra la dictadura machadista de los años 30 y elaboraban toda una estrategia para captar el favor de las clases sociales explotadas en la República Dominicana. El propósito final que perseguía el PDRD era derrocar a la tiranía trujillista mediante una huelga general que estaría unida a una insurrección armada. No obstante, para otros exilados era importante implantar una política de aislamiento general al régimen trujillista y para ello pensaban contar con el beneplácito de los Estados Unidos.
En dicha línea de lograr cierta inteligencia con el Departamento de Estado norteamericano trabajaron algunos sectores del exilio dominicano, estos procuraban explotar el rechazo estadounidense al comunismo para que ello sirviera de palanca a favor de movilizar campañas contra las dictaduras de América. En ese momento países de una autoridad relevante en el hemisferio occidental como Brasil y Argentina habían impedido se aprobara una moción de condena a las dictaduras propuesta por el Uruguay y apoyada por los Estados Unidos en la Conferencia de Montevideo de noviembre de 1945. En esa oportunidad el Ministro de Relaciones Exteriores de Uruguay, Eduardo Rodríguez Larreta, expuso la llamada «doctrina de la intervención colectiva» cuya esencia era que «debía justificarse la intervención colectiva de los Estados cuando se realizaba contra un Estado que no respetaba los derechos inherentes a la persona humana o que violaba sus compromisos internacionales» [4].
Al propio tiempo, por esos años Trujillo recibió sumas fabulosas por la comercialización de sus azúcares en el mercado mundial lo que, entre otras cosas, le permitió liquidar la deuda monetaria con los Estados Unidos y fue así que sus aduladores lo proclamaron como el «Restaurador de la independencia económica».
En general debemos considerar que en esos momentos la dictadura trujillista, si bien era muy repudiada por la opinión pública mundial, al mismo tiempo se consolidaba en los terrenos económico y militar.
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Referencias
1. Informe de Spruille Braden al Secretario de Estado del Departamento de Estado, La Habana, 5 de abril de 1945 En: Bernardo Vega: Ob. cit. p.151-152.
2. Instituto de Historia de Cuba. Primeros partidos marxistas leninistas. Sección: Instituciones extranjeras Signatura:1/15:257/1/1-3
3. Instituto de Historia de Cuba, Fondo: Primeros partidos marxistas-leninistas. Sección: Instituciones extranjeras. Signatura 1/15:250/171-4.
4. Domingo Lilón: Ob. cit. p.45 .
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