
La novela Salón de ensayos, de Karla Flores, ganadora del Premio David 2024, sigue la historia de Camila, una joven instrumentista que sueña con la literatura y con la liberación de sus verdaderas inclinaciones sexuales y románticas. Es una novela de crecimiento, de un personaje que se autodescubre mientras se enfrenta a su entorno y a los demás seres involucrados en su vida, que le impiden encontrar la felicidad. Constituye otra exploración de este tópico, que ha sido desde el siglo XIX un tema recurrente de la literatura, pero visto dentro de las particularidades del contexto habanero y enfocado en conflictos que interesan a la juventud contemporánea.
En entrevistas a la autora y comentarios anteriores de la obra se ha definido la novela como existencialista. Yo no comparto este criterio. La obra no me parece un texto con pretensiones filosóficas ni cuestionamientos de la condición humana, sino que surge a partir de experiencias muy personales que moldean la vida del personaje y quizás en esto reside uno de sus valores: el tono íntimo, casi de confesión, que atraviesa la novela, el juego entre realidad y ficción con el que la autora roza la autorreferencialidad. Aunque está escrita en tercera persona, la focalización en el personaje de Camila y el empleo reiterado del discurso indirecto libre propician que los hechos nos lleguen según la perspectiva de la protagonista, mezclados con sus pensamientos más íntimos. Esto crea la sensación de que toda la trama fue extraída justamente de ese diario que el personaje escribe.
Las realidades que aborda el argumento son descarnadas y es el diálogo intertextual con la música y la pintura el que embellece con cierto lirismo ese universo descrito. Especialmente la música, con la que la protagonista tiene una relación conflictuada, pero que funciona sobre los hechos narrados como las partituras que el personaje pegaba en las paredes de su cuarto para ocultar la humedad.
La novela es breve y aborda numerosos conflictos que no llega a desarrollar en toda su amplitud, por lo que en ocasiones la acción se disgrega y los hechos pueden percibirse como episódicos. Sin embargo, un elemento que conecta las distintas líneas de la narración es el tratamiento que se hace de la violencia. El trauma que moldea al personaje y que le da nombre a la obra fue un hecho de violencia explícita, pero toda la narración está atravesada por manifestaciones violentas de distintos grados, en ocasiones de forma evidente y otras veces de una manera muy sutil, pero no por ello menos perturbadora. Mayormente está asociada a las relaciones de poder que operan en el mundo moderno, tanto en el plano familiar, como en el laboral y en el de las relaciones interpersonales. En el caso de esta obra es un tema que aparece muchas veces unido a lo sexual.
El texto genera, a raíz de lo anterior, una sensación de angustia, potenciada por la incapacidad del personaje para romper verdaderamente con ese poder que ejercen otros sobre su vida y que restringe su libertad individual. Camila va a parecer resuelta a imponerse en varios momentos de la novela, pero esta voluntad resulta efímera. Aunque en apariencia ocurra en ella una transformación, solo muda una cárcel por otra, tal vez incluso más asfixiante. Es hacia el cierre de la novela que el personaje logra tomar el control real sobre su vida y, sin embargo, lo que parecía ser un final positivo, cierra con una nota de resignación ante los conflictos que son más grandes que la voluntad individual y que permanecerán sin resolverse: representaciones destinadas a no materializarse, a no salir nunca del salón de ensayos.
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