
Ante todo quiero dar las gracias a la señora embajadora de Austria en Cuba por invitarme a participar en este homenaje a un poeta intemporal, de cuyo nacimiento se cumplirán ciento cincuenta años el próximo diciembre. Gracias también a los que han apoyado la realización de este acto, y a todos los aquí presentes.
Mi primer encuentro con la poesía de Rilke ocurrió mientras cursaba el preuniversitario, cuando aún no pasaba por mi mente la idea de estudiar lengua alemana. Estaba leyendo una novela del escritor inglés Graham Greene, en la que se transcriben los versos finales del poema «Otoño»: «Todos caemos. Esa mano cae. / Y mira a los demás: igual en todos. / Pero hay Alguien que acoge esta caída / con suavidad inmensa entre sus manos». Fue una iluminación, aquella imagen de unas manos que acogen con ternura a los seres y cosas que caen, y me hizo buscar más textos de su autor, primero en traducciones y luego en todo el esplendor de su escritura original en alemán.
En su libro Las Elegías de Duino de Rainer Maria Rilke, Katharina Kippenberg afirma:
El mensaje de Rilke es la fe en el reino invisible del espíritu, en un mundo interior indestructible dentro del alma humana. Desde su infancia, el poeta conocía lo trascendente.
Gran amiga de Rilke, editora y estudiosa de su obra, por varias décadas la señora Kippenberg codirigió, junto a su esposo Anton, la Insel Verlag, que hasta hoy continúa publicando el legado rilkeano. Los lectores del poeta estaremos siempre en deuda con Katharina, quien, en medio del caos de la Segunda Guerra Mundial, logró enviar a lugar seguro la extensa correspondencia y los manuscritos de Rilke atesorados en la sede de la editorial, que fue totalmente destruida por un incendio en 1943. Entre aquellos manuscritos que salvó Katharina Kippenberg había cartas intercambiadas por el poeta con una de sus grandes mecenas, la princesa Marie von Thurn und Taxis, propietaria del castillo de Duino; a través de esas cartas nos han llegado importantes detalles sobre la creación de las Elegías reunidas bajo el nombre del castillo donde comenzó su escritura.
Rainer Maria Rilke, uno de los poetas más relevantes y reconocidos de la literatura en lengua alemana de todos los tiempos, había nacido en Praga, Imperio Austrohúngaro, el 4 de diciembre de 1875. Su personalidad, vida y obra han ejercido notable influencia dentro y fuera del ámbito de la lengua alemana, en la que escribió la mayor parte de su creación literaria.
Gran viajero, Rilke pasó temporadas en Italia, Rusia, Francia, España y otros países. En 1912 visitó las ciudades españolas de Córdoba, Sevilla, Toledo y Ronda; en esta última permaneció más de dos meses y trabajó en la sexta de las Elegías de Duino. Varios autores españoles se acercaron en ese entonces a la obra rilkeana, de la que, para suerte nuestra, algunos de ellos serían después traductores.
Respecto a la estancia de Rilke en España se aducen varios motivos: un mensaje recibido durante una experiencia extrasensorial; el deseo de ver las pinturas originales de El Greco, y la influencia del pintor español Ignacio Zuloaga, a quien el poeta había conocido en París. Fue en la fiesta por el bautizo del hijo de Zuloaga donde Rilke pudo disfrutar el arte de la bailaora Carmencita, quien supuestamente inspiró su poema “Bailarina española”.
El paralelismo de este con el poema X de los Versos sencillos martianos, conocido por muchos como «La bailarina española», ha sido comentado por José Prats Sariol, Lourdes Arencibia y quien les habla. Mucho agradecí a Prats Sariol y a Lourdes por la gentileza de facilitarme sus respectivos textos, y al primero por el préstamo del libro España en Rilke, de Jaime Ferreiro Alemparte, una verdadera joya.
Mi artículo «Bailarina en dos poemas» apareció por primera vez en la revista camagüeyana Antenas, en 2004, y luego se publicó en el Anuario del Centro de Estudios Martianos (número 26, 2005) y en varios sitios web, entre ellos el portal Cubaliteraria, con el que vengo colaborando hace casi veinte años.
También en Cubaliteraria han aparecido mis traducciones de varios poemas de Rilke, así como un artículo escrito en colaboración con Rainer Companioni Sánchez y Alex Martínez Peña, donde abordábamos las resonancias de la poesía rilkeana en los escritores cubanos Gastón Baquero, Fina García Marruz y Enrique Saínz (editor de la antología poética de Rilke publicada por Arte y Literatura en 1979). Nuestro texto apareció después en Palabra Nueva, revista de la arquidiócesis de La Habana, bajo el título «Diálogos con Rainer M. Rilke. Ecos de su poesía en tres escritores cubanos».
Perceptible en Fina y Saínz, la huella del poeta de Duino resulta evidente en Baquero. En su obra aparecen varios de los grandes temas rilkeanos –infancia, naturaleza, vida, muerte, tiempo, eternidad–, abordados por el poeta cubano con una profundidad reflexiva y un afán de trascendencia que lo acercan, sobre todo, al Rilke de las Elegías.
En entrevista concedida a Companioni y Martínez, entonces estudiantes de Lengua Alemana, Enrique Saínz se refiere a «pasajes de Baquero en los que se veía la voz de Rilke, esa era la voz de Rilke. (…) Ustedes que son lectores de Rilke lo van a identificar. Ahí está la presencia». El propio Baquero reconoció expresamente esa presencia en su poema «Silente compañero. Pie para una foto de Rilke niño», del libro Memorial de un testigo:
(…) parece que estoy solo, y golpeándome el hombro está este niño, este aislado de la multitud, lleno de piedad por ella, que se inclina sobre el centro del misterio… voy (…) llevando de la mano a este niño, silente compañero, o soñándole a Dios el sueño de llevar de la mano a un niño…
En su Umbral para una era imaginaria. Acercamientos a Rainer Maria Rilke (Ediciones Matanzas, 2017) el poeta y ensayista Virgilio López Lemus ha indagado sobre el eco de Rilke en otros poetas cubanos, como Mariano Brull o Lezama y el grupo de Orígenes.
Sería interminable referirnos a la huella de Rilke en la poesía europea. Quisiera mencionar solo un par de casos.
La poeta y narradora austríaca Erika Mitterer (Viena, 1906-2001) tenía dieciocho años cuando le escribió por primera vez al poeta, en mayo de 1924. La carta, escrita en forma de poema, estaba llena de lo que hoy llamaríamos intertextualidades con la poesía rilkeana, lo que resalta la importancia de esta para la joven autora. El 3 de junio de 1924 Mitterer recibió la respuesta de Rilke, igualmente en forma de poema. El intercambio epistolar en versos se mantuvo durante meses (con intervalos de silencio por parte del poeta) para continuar después en prosa. La última misiva de Rilke, fechada en agosto de 1926, es un poema con dedicatoria a Mitterer: «Taube, die draußen blieb».

aca Erika Mitterer (Viena, 1906-2001) tenía dieciocho años cuando le escribió por primera vez a Rainer María Rilke
Las cartas se publicaron parcialmente en 1950 y en su totalidad en 2001, como parte de la obra poética de Mitterer (Edition Doppelpunkt, Viena). En 2018, la Insel Verlag publicó la correspondencia completa entre ambos autores, editada y comentada por Katrin Kohl; el libro (Rainer Maria Rilke / Erika Mitterer: Besitzlose Liebe. Der poetische Briefwechsel) incluye no solo las cartas enviadas, sino también algunas que no llegaron a enviarse, junto a borradores y anotaciones.
El contacto entre Rilke y la poeta rusa Marina Tsvietáieva (Moscú, 1892-Yelábuga, 1941) se estableció gracias al poeta y novelista Boris Pasternak, a quien Rilke le había ofrecido libros suyos. Pasternak (Premio Nobel de Literatura en 1958, y uno de los primeros traductores de Rilke al ruso) le pidió que mejor enviara los libros a Tsvietáieva, quien se hallaba sola en su exilio de París, y los necesitaba más que él. Se trataba de las Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo. Marina los leyó con avidez y comenzó a escribirle apasionadas cartas al poeta, que él contestaba al límite de sus fuerzas, ya enfermo de muerte.

Marina y Rilke nunca se encontraron personalmente. La Elegía que Rilke le dedicó es uno de sus últimos poemas:
Nosotros, atados al ciclo, nos colmaríamos hacia lo total como el disco de la luna. Tampoco en el plazo menguante, tampoco en las semanas del cambio, nos ayudaría nadie a recobrar la plenitud, sino nuestro propio andar solitario sobre el paisaje insomne.
La noticia de la muerte de Rilke fue un duro golpe para Marina, quien escribió entonces su poema «Por el Año Nuevo»:
El veintinueve miércoles día nublado o con sol todos nos quedamos huérfanos…
Marina Tsvietáieva legó las cartas de Rilke a la Biblioteca Nacional de Suiza, para ser publicadas a los cincuenta años de su muerte. «Esas siete cartas que yacen en mi cajón, con sus fotografías y su última Elegía, las doy a los futuros lectores. No las daré, las doy ahora mismo. Ellos las recibirán cuando nazcan. Cuando nazcan yo habré partido ya».
«Nuestra vida acontece en transformación», escribió Rilke en la séptima Elegía. Lo confirma la recepción de su obra, una y otra vez renovada en el tiempo, acogida y contextualizada por poetas de diferentes épocas y entornos. Transformación y permanencia, dos de los grandes temas rilkeanos, que aparecen también en los Sonetos a Orfeo. De su primera parte, quiero compartir con ustedes mi traducción del soneto XIX.
Si raudo cambia el mundo como formas de nubes, cae todo lo cumplido de vuelta hacia lo antiguo. Sobre el cambio y la marcha, aún más amplio y más libre, prevalece tu canto, dios con la lira. No se entendió la pena ni se aprendió el amor, ni se develó aquello que en la muerte separa. Solo el canto en la tierra consagra y enaltece.
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