
Maestra de maestros: Tal fue la condición creada especialmente por la Universidad de La Habana para rendir homenaje en vida a la profesora Rosario Novoa, quien durante 68 años ejerció la docencia en esa alta casa de estudios y entre cuyos alumnos se cuentan varias generaciones de profesionales cubanos de las letras.
La Novoa, así solía llamársele, inició su primer curso de docencia universitaria en 1934 y solo la muerte, en diciembre de 2002, interrumpió su fructuoso quehacer.
Quienes conocieron a Rosario Novoa han dado testimonio de cuán activa fue esta mujer menuda, de ojos azules y cabello corto, además de cuán útil y llena de realizaciones estuvo su vida. Disfrutó del prestigio cultivado día a día, al igual que del conocimiento profundo y la entrega decidida para afrontar las dificultades, sin detenerse jamás.
También, es cierto, gozó de una envidiable salud. Su tercera edad, el modo en que la afrontó y cuanto de ella aprendió, bien pudieran servir de ejemplo sobre lo mucho que puede hacerse en los años altos, en especial cuando se mira el mundo y el tiempo transcurrido, con la experiencia de toda la vida.
María del Rosario Novoa Luis nació el 11 de diciembre de 1905 en Mariel, fue la primogénita del matrimonio de Ricardo y Emerencia. A los dos años la familia se mudó hacia La Habana, al barrio de Jesús María, donde el padre instaló una bodega que bautizó como La Rosarito. La niñez transcurrió feliz, con estudios regulares satisfactorios y pequeñas diversiones familiares. Esta infancia corrió paralela con la República, instaurada solo tres años antes de ella nacer. Además de ser ella testigo de cuanto ocurrió en el plano político y económico de la nación, lo fue del surgimiento de La Habana moderna, con sus tranvías, baños de mar reservados en El Malecón, la aparición del automóvil, la radio y otros avances de la técnica.
En 1914 la familia se trasladó para una vivienda en la calle Galiano, donde transcurrieron los veinte años siguientes en la vida de Rosario. Hizo el bachillerato cuando el Instituto todavía se localizaba en su vieja edificación de Obispo y Oficios, el cual terminó en 1924, para ingresar en la Universidad de La Habana —una osadía entonces para una mujer. Allí matriculó en la carrera de Filosofía y Letras, que concluyó con varios premios en 1927, en tanto proseguía estudios de Historia del Arte, una materia que adoptó como destino profesional de su vida, a la que dedicaría todo su amor y sabiduría.
Al crearse en 1934 la cátedra de Historia del Arte de la Universidad de La Habana, ella entró como profesora, y se le entregó la asignatura de Pintura Renacentista. Desde allí, o más exactamente desde los años de estudiante, se vinculó al sector feminista que abogaba por la igualdad laboral de la mujer y por otras conquistas sociales que demandaba su espíritu abierto al debate y la justicia.
Participó, si bien por modestia su nombre no aparece, en la redacción de los textos de Filosofía de Historia del Arte, y trabajó intensamente por acrecentar los niveles de apreciación de las artes entre el público, más allá del recinto universitario.
Vivió también la inauguración en octubre de 1952 del nuevo edificio para la Facultad de Artes y Letras, en Zapata y G, Vedado, fuera del ámbito de la Colina Universitaria, con su departamento de Historia del Arte. También fue testigo y partícipe de los cambios en la estructura universitaria a partir del triunfo de la Revolución, de los trabajos productivos, sociales y hasta de la irrupción de la computación, sin quedarse atrás; siempre actualizándose, pues lo consideró la mejor manera de sentirse joven.
Viajó desde el decenio del cuarenta, por América Latina, Europa, Estados Unidos, siguió cursos en la Universidad de Columbia, también los impartió, al igual que conferencias. A partir de 1959, su periplo se amplió hacia la Unión Soviética, Checoslovaquia, Hungría, Alemania Oriental, Bulgaria, Jamaica, España…
Su amiga, la escritora Mirta Yáñez, asegura que la profesora Novoa poseía una memoria de elefante, lo cual nos da una medida del privilegio del cual disfrutaron todos aquellos que fueron sus alumnos. Heroína del Trabajo y Profesora de Mérito de la Universidad de La Habana, recibió, entre otras, la Medalla Alejo Carpentiery la Orden Lázaro Peña.
Al preguntarle, al filo de sus 95 años, lo que para ella había significado la vida, respondió:
Algo que vale la pena. Pueden aparecer muchas dificultades, pero vale vivirla. Lo que hay que asumirla tal como es, con sus contrastes, porque de lo contrario no sería vida. Los contrastes la hacen más interesante. Porque las épocas malas nos hacen valorar mejor las buenas. De esos momentos se sale. Pero tenemos que agarrarnos bien de ese granito de optimismo.
Entonces también expresó:
Soy una persona divertida. Ya no bailo tanto, no me invitan. Además, soy insaciable con la lectura. Estoy casi siempre hasta la una de la madrugada leyendo. Cuando termino de leer las cosas de mi trabajo, sigo con novelas, revistas…
He ahí la imagen viva de la profesora Rosario Novoa, la que por siempre perdurará en la Universidad de La Habana, su casa.
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