
Sorprende ver cuánto hizo y cuán honda huella dejó Rubén ―como simplemente le llamaron sus compañeros― en una vida que apenas alcanzó los 34 años, y es que, desde temprano, entregó la totalidad de sus fuerzas y su mucho talento a la lucha política en favor de la clase obrera.
Nació en Alquízar, el 20 de noviembre de 1899, y tuvo una niñez sin grandes sobresaltos. La agudeza de su inteligencia le abrió las puertas del Instituto de La Habana a los 13 años. Después ingresó en la Universidad y concluyó los estudios de Derecho.
En 1919 comenzó a trabajar, estudiante aún, en el bufete de Fernando Ortiz, y llegó a convertirse en secretario del sabio polígrafo cubano. Allí trabó amistad entrañable con Pablo de la Torriente Brau, quien también trabajaba para el doctor Ortiz. Poco después, la relación fraterna incluiría a Juan Marinello. Claro que ya Rubén escribe versos y, como señala el crítico Max Henríquez Ureña, llegaría a ser «el poeta que con mayor hondura y maestría técnica hizo vibrar la nota de la ironía sentimental».
Hace falta una carga para matar bribones, Para acabar la obra de las revoluciones; Para vengar los muertos que padecen ultraje, Para limpiar la costra tenaz del coloniaje. («Mensaje lírico civil», 1923)
La Protesta de los Trece, el Grupo Minorista, la Universidad Popular José Martí y la militancia en el Partido Comunista fueron tareas que poco tiempo le dejaron para desarrollar una obra literaria extensa. Además, tampoco le preocupó jamás reunir en forma de libro su poesía y su prosa. La justicia social: he ahí el leitmotiv de sus actos.
Es 18 de marzo y corre el año 1923. En la antigua Academia de Ciencias se rinde homenaje a la escritora uruguaya Paulina Luissi. El secretario de Justicia, Erasmo Regüeiferos¸ intenta decir unas palabras, pero es Rubén quien lo interrumpe y le niega toda autoridad moral para hablar por haber propiciado poco antes, junto al presidente Alfredo Zayas, la realización de un negocio escandaloso: la adquisición del edificio en ruinas del Convento de Santa Clara.
En otra ocasión, a raíz de un brevísimo encuentro con el dictador Gerardo Machado para reclamarle la libertad de Julio Antonio Mella ―entonces detenido y en huelga de hambre―, acuñó Rubén la más cortante, revolucionaria e irónica de sus metáforas: «asno con garras», la que en adelante sobrenombró al tiránico mandatario.
Es Rubén el centro del Grupo Minorista de intelectuales. «Minorista», explica él mismo, «por el número corto de miembros efectivos que lo integran; pero […] ha sido en todo caso un grupo mayoritario, en el sentido de constituir el portavoz, la tribuna y el índice de la mayoría del pueblo».
Aún con la salud muy quebrantada, fue factor decisivo en la organización de la Huelga General de marzo de 1930, aunque después debió emprender el camino del exilio. De Estados Unidos se trasladó a la Unión Soviética, para tratarse en un sanatorio especializado. Algo recuperado retornó a Cuba, y prosiguió sin descanso su labor en los sindicatos.
El 27 de septiembre de 1933, traídas por Juan Marinello desde México, arribaron a Cuba las cenizas de Mella. Fueron depositadas en el local de la Liga Antimperialista, en las calles Reina y Escobar, y desde allí habló Rubén: «Estamos aquí, sobre todo, porque tenemos el deber de imitarlo, de seguir sus impulsos, de vibrar al calor de su generoso corazón revolucionario».
Aplicables a él fueron igualmente estas palabras. Bien pronto, en el enero siguiente, el día 16, se extinguieron sus fuerzas.
A Rubén se le reconoció el liderazgo intelectual entre los jóvenes del decenio del 20 e inicios de los 30. Sin embargo, La pupila insomne, recopilación de los textos poéticos de Martínez Villena, no vio la luz hasta después de muerto su autor, cuando en 1936 se publicó bajo la dirección de José Zacarías Tallet y de Ramón Guirao, con prólogo de Raúl Roa.
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