
Mi padre llegó a la casa diciéndome
— Si ves lo que me encontré. Y lo iban a botar.
— ¿Qué te encontraste, papi?
— Papá Goriot, de Honoré de Balzac ¿Ya te lo leíste?
— Sí, papi. En el pre «lo damos», hay que leérselo. A mí me gustó.
Entonces mi mente viajó a esos años de décimo grado, en el que era evaluativo leerse la novela, quizá hoy todavía está en los planes curriculares. Lo curioso es que recuerdo el libro porque lo escenificamos en el aula, en el turno de Español-Literatura. Esa capacidad viva de los libros me permitió recordar personajes, historias y autores, más allá de la obligación escolar y del tiempo transcurrido.
El ejemplar de Papá Goriot que mi padre recogió fue publicado por la Editorial Pueblo y Educación en 1976 y editado por Luis Rogelio Nogueras, una suerte de hallazgo que descubrí al revisar la página legal, una costumbre que, confieso, solo comencé a desarrollar hace apenas dos años. Antes no, antes de dedicarme al oficio de la edición pasaba por alto la página legal e incluso, los prólogos e introducciones extensas. Por fortuna, los hábitos de lectura cambian, se adaptan y enriquecen.
Con su estilo a veces desaliñado, pero siempre vigoroso, Balzac nos legó esta admirable novela, un testimonio tumultuoso y desconsolador sobre las miserias morales de la burguesía del siglo XIX, a la vez que construyó, para la literatura posterior, el arquetipo universal del amor paterno.
Pues, decía que el libro rescatado por mi padre tiene pequeñas ranuras en varias hojas porque los insectos se apoderaron de la historia.
— Es un crimen, niña. Me lo llevé aunque estuviera «comido por los bichos».
—Claro, es un clásico. Sería el colmo que lo boten.
La conservación de los libros impresos es una asignatura que debe reinventarse cada día para evitar la pérdida de obras valiosas. Parámetros como la temperatura y la humedad ambiental son enemigas del libro. Con este título crece nuestra biblioteca familiar, a la vez que se salva una historia clásica de la literatura universal.
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Tristemente en muchas instituciones de este país, dígase bibliotecas y minibibliotecas del Estado, no cuentan con las condiciones para preservarlos como se debe. Muchos de esos clásicos tienen y seguirán teniendo una muerte lenta.