
Si me piden hablar de Cortázar diría que alguna vez intentaron enamorarme con el capítulo 7 de Rayuela, diría que es argentino (aunque en realidad no nació allí sino en Bruselas, en 1914) y diría, además, que nunca entendí el laberinto que es esa novela. Pero imagino que no soy la única. Prefiero pensar en la poesía que acompañó toda su prosa, en la poesía que fue su vida. Esa dimensión lírica encubierta está en su trayectoria vital de viajero irreductible: de Bruselas a Suiza, a Barcelona, luego Argentina y más tarde a Francia. Fue del continente europeo al americano con desobediencia infinita. «Mi nacimiento fue un producto del turismo y la diplomacia», decía.
Leyendo encuentro: ¿Qué es la poesía para Cortázar? y ¿Qué es ser escritor?, y me seducen mucho más sus respuestas que la repetición cansina de su biografía donde sobresale que es el narrador, autor de Rayuela: «Para mí la poesía es una piedra de afilar, prepara siempre alguna cosa para el combate de adentro o de afuera».[1] Este lado filosófico de Julio me resulta tan auténtico y humano que devela lo esencial de la poesía.
Si me preguntaran por Cortázar diría que nunca dejó de ser niño, un ser juguetón con el lenguaje, un transgresor y desdibujante de los límites, que asumió el riesgo de experimentar y construir, reinventando la literatura en cada una de sus obras.
Si me preguntaran por Cortázar podría decir que es el autor de Bestiario (1951); Final del juego (1956); Historias de cronopios y de famas (1962); La vuelta al día en ochenta mundos (1967); Todos los fuegos el fuego (1966); Ceremonias (1968); Último round (1969); Casa tomada (1969); Viaje alrededor de una mesa (1970); Octaedro (1974); Prosa del observatorio (1972); Fantomas contra los vampiros multinacionales (1975); Silvalandia, con textos inspirados en dibujos de Julio Silva (1975); Alguien que anda por ahí (1977) y Un tal Lucas (1979), conjunto de notas, poemas y apuntes de un alter ego del autor. Podría seguir enumerando títulos, pero no. Apuesto que, mal que bien, eso ya lo saben.
Prefiero contarles que tengo un compañero de estudios —tan viajero como Cortázar—, que vive en algún lugar del continente americano. Un hijo del camino que lleva tatuado un cronopio cerca del pecho y que le escribo al Whatssap cada vez que me cruzo con ese libro. Me gusta pensar que La Maga es mi amiga de la infancia y que Cortázar anda por ahí con un tabaco en la mano o tomando un trago en cualquier bar. Confío en que no me juzgue.
En el fondo, ser escritor es como él mismo dice:
Ser escritor / poeta / novelista / narrador / es decir ficcionante, imaginante, delirante, / … / quiere decir en primerísimo lugar / que el lenguaje es un medio, como siempre, / pero este medio es más que medio, / es como mínimo tres cuartos. /… / y hay otra cosa, simple y grave: / no se conocen límites a la imaginación / como no sean los del verbo, / lenguaje e invención son enemigos fraternales / y de esa lucha nace la literatura.[2]
[1] Coronado, Xabier F.: «La dimensión poética de Julio Cortázar», en La Jornada Semanal, no. 1016, 2014. Consultado en Jornada
[2] Texto Un tal Lucas, de Julio Cortázar.
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