
Ojalá hubiera tenido la suerte de haber contado con algunos de los poemas recogidos en La hija del reo[1], de Sonia Díaz Corrales, para la antología Sin mordaza[2], pues el tema de la mujer como un ser despojado de su condición legítima asoma en la mayoría de sus textos, aunque también hace gala de un rico mundo imaginativo y un discurso universal.
Si pasamos revista a los modos de escritura del libro, el discurso es íntimamente femenino, porque «hablando» de la mujer, nos demuestra cómo la poesía es la autobiografía de la conciencia del hombre (recordando a Wordsworth).
En el cuaderno «se percibe una lectura inteligente y dialógica con la tradición literaria hispánica y la cultura judeocristiana, donde la poeta, en su avidez por iluminar lo que hay de oscuro e ininteligible en su dimensión ontológica, descubre los puntos que la acercan o alejan de esa tradición y cultura».[3] Aquí se acusa al ser masculino de sus iniquidades hacia la mujer quedando desautorizado por la ironía del sujeto lirico:
Sierva de la reina
Yo soy quién trenza los cabellos de la reina.
En los aposentos de la reina todo es húmedo.
En los salones la reina es un talismán.
Dentro de la reina hay una niña
dentro de la niña un reloj de arena
grande como un desierto.
La reina es un puente entre el rey y los soldados.
El árbol del jardín tiene tantos columpios como horcas.
El rey mató a la niña y la hizo reina.
En el desierto de la reina
sólo entramos ella y yo
ella porque es la reina
yo porque fui la niña
y ahora trenzo sus cabellos.
Cuando el rey era un hombre
(ahora sólo es el rey)
la niña lo esperaba de rodillas
en el salón de las estatuas.
Yo era una estatua de rodillas
y el rey un hombre
a punto de volver de la batalla
yo era una estatua hasta que el rey volvía.
Dentro del rey vive el hombre que ama la niña
dentro de ese hombre
hay un silencio férreo
el amor a veces es silencio
en el silencio se oyen mejor las voces
cuentan estas historias cuando la reina duerme
y la niña se tiende transparente dentro de ella
y la sierva de la reina espera que despierte
y pregunte con la autoridad de una reina
¿qué hicieron mientras yo dormía?
La niña y yo callamos
la reina sabe
estuvimos contando las gotas de arena
que caían del reloj
del desierto
del salón de las estatuas
mientras ella dormía
y el rey se preguntaba
¿para qué sirve una corona tan pesada?
El rey manda a escribir la palabra silencio
manda a ahorcar a los que escribieron
no puede acallar el grito de sus voces.
El rey llora como un hombre
y no come más que arena
le gusta su color
le gusta como raspa la garganta
le gusta comerse el alma de la reina
y así ella no se va
con sus fantasmas al desierto.[4]
Al usar elementos alegóricos va creando un mundo personal que puede ser íntimo, propio de cada mujer, para tratar de encontrarle sentido a la existencia: los seres que conforman un reino en contraposición con los semas puros que emanan de la figura de la niña. A través del lenguaje irónico queda expresada una especie de violencia contenida que ejerce el hombre inevitablemente sobre la mujer y la esperada sumisión[5], pues la relación de pareja es como el detonante que marca las diferencias sociales que pesan sobre la mujer.
La poeta busca, añora un sitio donde construirse, edificarse, levantarse, donde ella more en acomodo, en armonía, flujo constante, quiere ser una «casa» y no un ser despojado de su condición legítima —como toda mujer—, así alegoriza con el mundo de la casa que es todo, y la nada que nos protege, que somos nosotros mismos[6] y nos dibuja un mundo inevitable, el de las pérdidas, donde hay como un hastío y un reconocimiento de que la escritura se alimenta de la extrañeza[7] o desolación ante los imponentes retos de la existencia.
Quizá la fuerza de este conflicto humano haga auténtico un discurso propio que se conforma con un lenguaje al uso (ángeles, alas, reloj de arena, pájaros, flores), y que echa mano con frecuencia a lo alegórico, en los que involucra los conceptos de casa, árbol o un puente colgante. Y los supera a ambos cuando nos habla, con detenimiento, de las cumbres de la incomunicación[8] o de los imprescindibles amparos, rodeados de una profunda desazón, intrínseca de la vida femenina, vinculada firmemente a un estigma social y al dolor permanente que a esta circunstancia acompaña: el reconocimiento de un destino múltiple y maldito en la existencia femenina: «Sobre la inercia / las mujeres que soy pintan […] / un árbol solo en la llanura sola».[9]
[1] Sonia Díaz Corrales: La hija del reo, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2015. Prólogo de Ileana Álvarez.
[2] Christina Ramalho y Caridad Atencio (Antologadoras): Sin mordaza. Antología de poemas escritos por poetas cubanas y brasileñas contra la violencia de género, Editorial LudGraf, Natal, Brasil, 2021.
[3] Ileana Álvarez: «“A un puente no se llega desde el miedo” en La hija del reo, de Sonia Díaz Corrales», en Sonia Díaz Corrales: La hija del reo, Editorial Letras Cubanas, La Habana 2015, p. 6.
[4] Sonia Díaz Corrales: Ob. cit., pp. 11-12.
[5] Escribir de una mujer de fuego saliendo del borde de una llama para que no la encuentre el hombre que es un dedo apuntando al pecho a su sexo a su espalda a su demora a sus manías a sus labios que son de hacer silencio. («Pérdidas», pp. 34-35).
[6] Véase «Discurso sobre la pared», p. 57-59.
[7] «Incertidumbre sobre la extrañeza»
Hoy ha venido la extrañeza a darme sus lecciones de podar la lengua a llevar la libertad contra las cuerdas. Y ya no recuerdo los días de correr junto a ella de lapidarla en el sofisma. Guardo mis podridos girasoles guardo mi día de hoy para otro día guardo mis rotas feroces mariposas entre las mismas páginas de los mismos libros que releo me guardo a mí misma como un reloj de arena que no cesa de caer aun de noche cuando duermo o alucino que duermo y por fin descanso de todo lo que se pudre aquí. Pero… ¡Qué traición dejar paso a la extrañeza y callarse para siempre! (pp. 15-16).
[8] Una torre estas flores y los pájaros fue todo lo que tuve cuando ustedes me encerraron y describieron en mi rostro la locura como se describen los paisajes. («Retrato de la florista», p. 30).
[9] V. «Las mujeres que soy», p. 77.
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