
En La hija del reo, de Sonia Díaz Corrales, la mujer se presenta como ser despojado de su condición legítima. Ese es quizás el centro de este poemario que obtuvo el Premio de la Crítica literaria, cuyo sujeto lirico ve la intensidad de su nada en la diversidad de formas (perfumes, olores, rosas) que en ella se multiplican y a la vista de otros, se invisibilizan.[1]
La naturaleza de la mujer como ser disminuido por otros hace que ella, por compulsión social, llegue a crear su propio mal y a creer que es culpable del mismo.[2] Sin embargo, esa naturaleza «maldita» es una impostura. Ella es lo que se convierte en espuma, en lo que nadie repara, lo que es esencia y está condenado a decir que es espuma, pero también alguien que acepta el desafío, la voluntad de sobreponerse a esta iniquidad de no ser considerada fidedignamente; una vapuleada identidad que se sabe viva y briosa en el fondo. Por eso, redimensiona lo cardinal de la esencia femenina; redescubre ese lugar genuino que siempre ha sido suyo y el mundo no ha querido reconocer.
Puente colgante
He deseado amar a un hombre sobre un puente colgante sobre el abismo mi cuerpo sería el único sostén la única cosa a la que ese hombre se aferrara mi cuerpo sería la vida y el puente un artificio un modo para ejercer la libertad en el venir y el irse. Un puente siempre lleva a la otra orilla al lado opuesto a un puente no se llega desde el miedo desde la niebla sí. Puedes estar ahora sobre el puente y no saber que lo sostengo que son mentiras las amarras. Ningún puente cuelga si no lo sostiene una mujer puedes estar mirando a la mujer sin enterarte no sabes que es un puente donde habrás de amarla. Si entraste en ese espacio debajo del cual la nada pinta sus señales si sabes definitivamente de ese camino movedizo es porque ella sobrevive sobrevuela sobreinventa un lugar para tu paso.[3]
Incluso allí reconoce su papel crucial en el universo de la pareja sin sonrojos, sin comedimientos, lo que dota de un doble significado la aseveración que reza que si queremos tener un testimonio preciso y sincero del drama y la tragedia de nuestro tiempo, debemos consultar a los poetas. Ellos han experimentado el desequilibrio entre vida activa y vida contemplativa. Ellos han sufrido, gritado y pagado por todos.[4] Ella, la poeta, ha resignificado al hombre —genéricamente hablando— y su misión de fe, paz y libertad.
[1] Véase el poema «Poses para cruzar el campo minado», pp. 20-21.
[2] ¿Quién anda ahí? ¿Quién va deshaciendo los rostros de la sombra? ¿Quién le evita el dolor de este último tramo hacia la luz? ¿Acaso ella misma va delante de sí amontonando el humo rasgando a manotazos su blancura? «Apocalipsis para la infanta», pp. 40-41.
[3] V. «Puente colgante», pp. 71-72.
[4] Giuseppe Ungaretti: «¿Está viva o muerta la poesía contemporánea? Entrevista con G. B. Angioleti», Ensayos literarios, UNAM, México, 2000.
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