
Como ha afirmado Cintio Vitier, en el caso martiano, nos hallamos ante una crítica bienhechora, se trata de aumentar, encender el bien del mundo y parte del amor, ya que el amor es para él, esencialmente conocimiento, según lo precisa en los Cuadernos de apuntes: “Por el amor se ve. Con el amor se ve. El amor es quien ve. Espíritu sin amor no puede ver”. Por eso en los Propósitos de la Revista Venezolana (1881) escribe: “Amar: he aquí la crítica”, apotegma prodigioso.[1]
Tal carácter bienhechor y afirmativo tiene uno de sus fundamentos en la necesidad de juzgar obras sólidas y de verdadero valor, no obras incipientes y sin nada esencial que desentrañar o descubrir, como explica en la siguiente cita de los Cuadernos de apuntes:
Porque un crítico no debe juzgar una madera por sus virutas, estropeadas por el cepillo y mudadas de color como todo lo que corta el hierro y oprime la mano del hombre, sino que ha de esperar, para juzgarla bien, a verla como puntal sosteniendo edificios; o como lanza arremetiendo contra los enemigos, o como casco, ayudando al cargamento de la nave amenazada a sostenerse a flote.[2]
Solo así podrá convertirse dicho ejercicio del criterio en un acto de creación que no es sólo crítica científica o impresionista (juicio contemporáneo), de amor, en un acto de justicia, fruto de una persona auténtica, donde se enumeren y distingan los aciertos y yerros, pues “¿Por qué no se ha de decir lo bueno, sobre todo después de haber enumerado (las condiciones que le quitan las fuerzas excesivas al justo elogio) lo malo? […] literato / diligente.[3] Se propone, como bien afirma Elena Jorge, el aliento a los esfuerzos literarios y las virtudes de la alabanza, así como su rechazo a la crítica acumuladora de fallas, incapaz de la penetración simultánea de la obra y del hombre. Por tanto, según señala Vitier, la moderación, la medida y, por tanto, la armonía, se erigen como elementos caracterizadores de su método crítico.
La naturaleza del crítico, del escritor como un ser cuidadoso y activo se colige de semejantes reflexiones construidas con la intuición y el tino, en las que prueba que “la honradez no es menos necesaria en literatura que en las demás ocupaciones del espíritu”.[4] El sentido de benevolencia y justicia, el sentido armónico y amoroso que debe presidir a toda crítica aflora una y otra vez en los apuntes, como en el siguiente, realzado por el pensamiento por imágenes, y concebido a propósito de lo que se publicaba en el periódico cubano El Fígaro:
Fígaro venenoso.
Buena es, y como higiene de la mente, la crítica, que baja a su puesto lo que la imaginación sube, y decanta las ideas y las depura y las espuma y avienta; les da color con fantasía, las viste y atropella; pero esta crítica es buena, por ser leal. Se ha de estudiar la obra ajena, no como una mujer fea estudia a una hermosa, que es como los críticos, incapaces siempre de crear, estudian a los que crean, sino como un padre estudia a su hija. Y en cuanto supone villanías al virtuoso, como la crítica del Fígaro, es una infamia. Enturbia las fuentes más limpias. Inquieta los ánimos más seguros. Despuebla y desuela. Oscurece las más limpias figuras. Viola y mancha.
Esos críticos desalmados son los criminales de la pluma. Visten de arte sus ideas, como se disfraza de amante el seductor para gozar de una niña inocente, o de virtuoso se disfraza el malvado para entrar sin peligro y tomar asiento en la compañía de los incautos.[5]
Fijémonos cómo en su concepto siempre la idea de la crítica como creación es recurrente, predomina como cualidad suprema y prenda segura de objetividad. Pero para llegar a este paso, a este momento muchas son las etapas o estadíos que debe recorrer el escritor imbuido de profunda vocación, entre las cuales el acto de lectura constituye uno de los primeros modos por los que se puede recibir y sistematizar un saber. Tanto es así que observaciones sobre el tema, recogidas por Martí en Cuadernos de apuntes, que pudieran parecer inocentes a primera vista, cobran, de momento, relevancia e interrelación. Afirma en un apunte en hojas sueltas: “Los libros deben siempre leerse con una pluma en la mano; por lo menos los libros de Lord Bulwer”.[6] Con lo que, además de evidenciar de que la lectura es una vía de autoconocimiento y autoenseñanza para el autor, recurre a una indicación muy buena que casi siempre seguimos los escritores, pues nos permite reconocer mundos propios en otros creadores, o mundos que nos gustaría hacer nuestros, experimentar, y que, aunque vengan de aquellos, no son necesariamente los mismos, pues ha entrado en juego la jerarquía de nuestra selección convertida en elección, y por qué no, en creación. Por eso llega a afirmar que “se lee o ve una obra notable y se siente un noble gozo, como si se fuera autor de ella”.[7] En otro momento de los apuntes afirma: “Para saborear los libros es preciso leerlos, no con la imaginación, sino con la experiencia! Cuántas bellezas se descubren entonces que de otro modo pasan desapercibidas!”.[8] Así debe leer cualquier persona, pero sobre todo un intelectual, un escritor, un crítico, aguzando bien los sentidos, poniendo en juego todo un cúmulo de lecturas acumuladas, de experiencias de vida y experiencias librescas, viendo en la lectura no sólo un placer, sino toda una estrategia imantada o espiral, como escritor que es, estableciendo todo un mundo de relaciones que vinculan, inevitablemente, una disciplina del conocimiento con otra, una facultad espiritual con otra.
Vemos que Martí está consciente de que siempre “cuando leemos una obra, mucho más que una obra; entramos en comunicación con la memoria literaria, la nuestra propia, la del autor, la de la obra misma; las obras que ya hemos leído, y hasta las otras, están presentes en nuestra lectura, y todo texto es un palimpsesto”.[9] E insiste: “Al leer se ha de horadar, como al escribir. El que lee de prisa, no lee”.[10] Pues al establecer un universo de vínculos es inevitable mostrar agudeza, tino y penetración, traspasar ese instante para unirlo con el mundo de lecturas que ya se tiene y en un futuro se tendrá. Semejantes reflexiones Martí las corrobora, las prueba con creces a través de un fragmento después de una cita de Levi y un acierto personal que referimos y comentamos a continuación: “¿Qué hay que no haya dicho Lucrecio en latín, Khaiyam en persa, Chamfort en francés? Stendhal negando el dro. [derecho] natural, no dijo más que Carneades, el embajador ateniense ante los romanos: (Levi p. 23)”. En esta cita, sabiamente recogida por Martí, se vincula lengua y literatura, y especificando excelsitudes, pasa a la conformación de juicios donde se relaciona la literatura con la historia, como en esta otra aseveración suya, ubicada muy cerca de la de Levi, pero que, sin duda es un desprendimiento de aquella:
Las obras literarias, si no son la explosión de una individualidad fantástica y potente, adecuable a todas las edades, son el reflejo del tiempo en que se producen.
La mitología engendró la Ilíada: el espiritualismo a Fausto; la teología al Dante; la caballería al Tasso. Hay, pues, que reseñar la historia para generar de ella la Literatura y estudiarla en lo que pudo ser y tuvo que ser: – allí donde no hay esas individualidades portentosas.[11]
Asistimos aquí a la manifestación de cómo la autoenseñanza se convierte en precepto. La elucubración personal y la cita enjundiosa dan paso a la reflexión propia después de un proceso depurado y paulatino de lectura como él mismo describe, donde advertimos “la riqueza del contenido social de su visión, que penetraba con excepcional destreza en los rasgos históricos de su tiempo a través de la plasmación artística”.
[1] Consúltese Cintio Vitier: “Martí como crítico” en Temas Martianos, 1ra serie, Departamento de Colección Cubana, Biblioteca Nacional José Martí, 1969, p. 177.
[2] José Martí: Cuaderno de apuntes 18, t. 21, p. 282. En su obra publicada encontramos el siguiente aserto en donde corrobora lo referido en Cuaderno de apuntes: “La crítica es siempre difícil y sólo una vez noble, cuando señala defectos pequeños de un carácter que vale más que sus defectos; cuando, en vez de limitarse a débiles exigencias de gramática, censura las ideas esenciales con alteza de miras e imparcialidad y serenidad de juicio”. En “Boletines de Orestes”, Revista Universal, México, Junio 29 de 18754; Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, t. 6, p. 249.
[3] José Martí: Obras Completas, t. 22, p. 92. Parece ser un apunte para una crítica a Antonio Bachiller y Morales.
[4] José Martí: Obras Completas, “Palabras en la Sociedad Literaria Hispanoamericana de Nueva York sobre Santiago Pérez Triana”, S/F, t. 7, p. 425.
[5] José Martí: Obras Completas, Otros Fragmentos, n. 16, t. 22, p. 317.
[6] José Martí: Obras Completas, t. 22, p. 53. Martí se refiere a Edgar George Earl Bulwer-Lytton (1803-1873). Novelista, dramaturgo y político británico. Fue un popular escritor de su tiempo que acuñó frases.
[7] José Martí: Obras Completas, t. 14, “Francia”, La Opinión Nacional, Caracas, marzo 7 de 1882, Nueva York (m.?, d.?), p. 392.
[8] José Martí: Obras Completas, t. 22, Fragmento n. 154, p. 95.
[9] Tzvetan Todorov: “Conocimiento y compromiso” (Northrop Frye) en Crítica de la crítica, Monte Ávila Editores, 1991, pp. 101-102.
[10] José Martí: Obras Completas, t. 22, Otros Fragmentos, Fragmento n. 20, p. 320.
[11] José Martí: Ob. Cit, Fragmento n. 100, p. 97.
Visitas: 71






Deja un comentario