
Casi al final de Días como hoy hay unas líneas que podría haber abierto el libro entero: «Son como hoy aquellos días; acaso porque la vida insiste. Mas hoy deja de ser como era entonces». Riverón lo asume con profundidad. Deja que la nostalgia llegue después y advierte, de paso, que todavía no sabemos cuánto va a costarnos.
El poemario, publicado por Letras Cubanas en 2008, se mueve en esa tensión entre lo vivido y lo recordado, aunque llamarlo simplemente un libro nostálgico sería quedarse corto. Ricardo Riverón -nacido en Zulueta, Hijo Ilustre de Remedios, con una trayectoria ya larga a sus espaldas- escribe desde un territorio sedimentado, donde la experiencia personal se cruza sin aviso con la literatura, la historia cultural, el erotismo y el humor. No hay en estos versos ganas de demostrar cuánto ha leído su autor; las lecturas ya forman parte de cómo piensa, y por eso aparecen sin subrayado, como quien cita a un amigo en medio de una conversación.

El libro se organiza en tres partes. «Masajes al ego» reúne doce poemas; «Uno y otros», ocho; «Memorias reservadas para nunca», once: treinta y uno en total, unidos menos por el tema que por un desplazamiento donde el yo va cediendo terreno a los otros y los otros terminan disolviéndose en la memoria. Hay además un detalle editorial que pesa más de lo que parece: cada poema lleva al pie su fecha de escritura. Todos fueron compuestos entre el 28 de enero y el 21 de julio de 2005, tres años antes de que el libro viera la luz, así que el poemario carga, de manera literal, su propio calendario. El tiempo no es solo un tema aquí. Es también una decisión de forma.
El ego como materia de trabajo
«Masajes al ego» arranca con un título que ya trae su dosis de ironía: al ego se le da un masaje, sí, pero el poeta no tiene intención de dejarlo demasiado cómodo. En «El ego defectuoso» escribe:
Disculpa una vez más,
pero quizás comprendas que, por suerte, para mí
todo está ya en su punto, y ser persona en el mayor.
El eco de Baltasar Gracián es directo y sirve de ejemplo para entender cómo trabaja Riverón con sus referencias, que no exhibe sino que incorpora. Escribe desde lo vivido, pero también desde lo leído, y en su poesía la cultura funciona como herramienta para mirar la existencia, no como vitrina.
De ahí viene, creo, la narratividad un poco parabólica que tienen muchos de estos poemas. Parten de una situación reconocible -un personaje, una escena, una cita- y avanzan hacia otra cosa; la anécdota es apenas la entrada, y lo que el poema construye está un paso más allá, así que exige un lector capaz de reconocer la referencia y, después, de soltarla.
En «Nuestra ¿eterna? juventud» el tiempo vuelve a ocupar el centro:
Los sesenta -cercanos- ya son una eternidad perdida
y nunca los tendrás…
Unos años que todavía no han llegado se sienten ya como una pérdida, y ahí está la paradoja del poema: la juventud deja de ser solo lo que quedó atrás, puede ser también lo que aún no llega y que, por eso mismo, empieza a volverse imposible. Es una de las operaciones más constantes del libro, alterar el orden esperado entre pasado, presente y futuro. El tiempo no avanza en línea recta. Se dobla sobre sí mismo, y esa figura -más que la nostalgia propiamente dicha- es lo que sostiene buena parte del poemario.
Hacia el cierre de esta primera sección aparece «Al fuego le debemos», uno de los textos donde esa densidad simbólica se condensa mejor.
«cierta melodía no escuchada por ningún mortal una noche de Lisboa en que flotaba, casi azul, el Castillo de San Jorge»:
Lisboa no es aquí decorado, entra al poema como memoria cultural, algo que el poeta ya hizo suyo. Luego llega la deuda -«Nuestra deuda precede a la opulencia»-y más adelante la espera de «un fuego que consuma lo perdido». El fuego tiene esa doble cara, destruye y a la vez permite que algo se transforme; el pasado tiene que arder para volverse otra materia. Riverón no intenta restaurarlo como quien limpia una fotografía vieja, lo somete a la imaginación, al humor, a la experiencia del presente, y por eso el poema puede pasar, sin transición forzada, de las batallas y las pérdidas al «brillo de la carne en las noches de feria», de lo íntimo a lo sensual, de la memoria al cuerpo.
Salir del yo para volver a él
La segunda sección, «Uno y otros», lleva más lejos el desdoblamiento. Si en la primera parte el poeta examinaba su propia identidad, aquí parece preguntarse hasta qué punto puede hablar de sí mismo prestándole la voz a otros. Para decir «yo», a veces hay que inventar primero a los demás.
«La dama del perrazo» vuelve a poner a la mujer en el centro:
No me gustan mucho las mujeres que se cansan de creer
y se dedican, de golpe, a la crianza de perros de presa.
Más adelante llega una comparación que parece sencilla y no lo es del todo -«Cualquier mujer es como un tierno cervatillo»-, con esa tensión entre fragilidad y ferocidad que el verso deja abierta y sin resolver. Las mujeres de este libro no funcionan como ornamento del discurso amoroso, participan de un universo donde deseo, memoria y humor se preguntan cosas entre sí; la mujer es presencia amorosa, pero también espejo, y por eso reaparece de formas distintas a lo largo del volumen.
En «Platero y él» el intertexto se vuelve muy explícito:
Me gusta ese animal y me gusta ese hombre:
ambos en la misma magnitud.
Platero y Juan Ramón Jiménez, dejan de ser personajes de un libro ajeno para convertirse en una pareja de referencias desde la cual Riverón piensa la relación entre criatura y creador, entre individuo y especie
ya saben
lo que es lícito esperar sin que el resto de la especie
apruebe su discurso ni disponga sus rutas.
Es una muestra clara de cómo trabaja el autor: toma un personaje de la tradición, lo traslada a otro contexto y lo obliga a conversar con sus propias preocupaciones, sin repetir la literatura que lo precede sino continuándola por otro camino.
Casi en el centro exacto del libro está «Hipólito y Fredesvinda», uno de los poemas donde la narratividad se vuelve más visible, y su ubicación no parece casual. Lo rompe una pequeña ficción de amor: «Es la de ellos una historia de amor / sin celos ni traiciones». Detrás de esa pareja literaria se adivina otra posibilidad, que Hipólito y Fredesvinda sean máscaras de una experiencia propia, una manera indirecta de hablar de Ricardo y Amanda -como sugiere en el poema-, y ese desdoblamiento es lo que permite que lo autobiográfico se convierta en literatura sin volverse confesión. Los amantes querrían que al tiempo «le faltaran horas», detenerse en la siesta para siempre y ver pasar el mundo desde lejos: el mismo deseo de fondo que recorre todo el libro, el de suspender lo que de todos modos sigue su curso.
La memoria como último territorio
La tercera sección, «Memorias reservadas para nunca», lleva esa tensión a su punto más extremo. El título ya es una paradoja -preservar algo para nunca- y el libro no se apura a resolverla; creo que hace bien, porque toda memoria es a la vez una resistencia a la desaparición y una aceptación de que lo recordado ya no existe tal como existió.
Ahí aparece el poema que da título al libro y que, me parece, funciona como la clave de todo el conjunto:
Son como hoy aquellos días; acaso porque la vida insiste. Mas hoy deja de ser como era entonces. Y mañana ¿sabremos lo que cuesta la nostalgia?.
Plantea una relación extraña entre repetición y diferencia. Los días pueden parecer iguales porque ciertas circunstancias vuelven, porque la vida insiste, pero el presente nunca llega a ser exactamente aquel pasado; se repiten los sucesos, no necesariamente lo que significaron. La nostalgia, dice el poema, pertenece al futuro -«mañana sabremos» cuánto cuesta, no ahora- y el valor de lo vivido se entiende después, cuando lo que parecía cotidiano ya se volvió irrepetible.
Las fechas al pie de cada texto cobran, en este punto, un peso distinto. Uno sabe que ese poema se escribió un día concreto de 2005, aunque lo esté leyendo desde otro momento por completo, y el libro termina guardando no solo poemas sino instantes de conciencia con su fecha puesta.
El poema que cierra el volumen, «No estés donde no faltas», funciona como un eco final de todo lo anterior: «No estés donde no faltas, te dicta la memoria: allí nadie comprende que no existes». La memoria deja de ser una facultad humana o un tema literario y se vuelve casi una voz con mando propio, y lo que dicta es paradójico: estar donde no faltamos significa seguir ocupando un lugar en la conciencia de alguien, pero también aceptar que nuestra existencia puede sobrevivir únicamente como ausencia.
Riverón no escribe una poesía de nostalgia fácil. Hace pasar la experiencia personal por la cultura, por la ficción, por el desdoblamiento, hasta que el yo se vuelve personaje, el personaje se vuelve máscara y la máscara, dando una vuelta más, termina revelando otra vez al yo. Ahí está, me parece, el mayor logro de Días como hoy: convertir lo personal en algo que otro lector puede habitar sin haber vivido nada de eso.
Los treinta y un poemas no son una simple sucesión de textos con fecha. Proponen un recorrido del sujeto a sus máscaras, de las máscaras a la memoria, y de la memoria a una pregunta sin respuesta definitiva -ni falta que hace- sobre por qué, si la vida insiste, el presente deja de parecerse a lo que fue. Tal vez ningún día vuelva de verdad.
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