
Las cartas y testimonios que compilé en mi libro Rescate de Honor de mi abuelo René Guitart, padre de Renato, mártir del Moncada, son documentos constituyen la manifestación sincera de los sentimientos más hondos y preclaros de quien había perdido una parte de su propio ser en los muros del Moncada.
En esos papeles se muestra el reflejo de una época turbulenta, de un momento gris en la historia de Cuba en el corazón de un padre desconsolado. Es el contacto diario con los restos mortales de su hijo y de los demás combatientes caídos, así como la correspondencia con el líder de los moncadistas, Fidel Castro, mientras estaba encarcelado en Isla de Pinos, y con otros compañeros moncadistas, lo que dio aliento al espíritu de René.
René Guitart fue un hombre de origen humilde. En carta a Melba Hernández le diría: “Desde los 16 años comencé a enfrentarme al futuro con solo mis entusiasmos, mis propósitos de sentirme independiente y mi pobreza”. Guitart fue también un devoto cristiano, sus cartas están impregnadas de esa confianza que había depositado en Jesucristo. Esa creencia lo había ayudado a sobrellevar el dolor por la muerte de su hijo Renato, lo que manifiesta en la primera carta que le dirige a Fidel Castro el 6 de diciembre de 1954. Fidel en su carta respuesta del 16 de diciembre lo alienta en su fe cristiana.
Fueron esa fe en la Revolución que había surgido en el Moncada y aquellos fraternos intercambios, los que lo animaron a acometer la tarea de exhumar los restos de los mártires moncadistas en abierto desafío a los propósitos del régimen de hacerlos desaparecer. De ese modo, se salvaguardó el derecho de los revolucionarios a honrar a sus caídos como dignos precursores de la Revolución en la gesta heroica del Moncada.
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Dos cartas:
Diciembre 6 de 1954
Sr. Dr. Fidel Castro,
Reclusorio Modelo, Isla de Pinos.
Mi queridísimo Fidel:
No debe sorprenderte que aún sin habernos conocido de una forma personal me acerque a ti con una frase que, aunque afectuosa, no puede reflejar el cariño y la admiración que te tengo. Mis afectos, mi admiración hacia ti brotaron de un dolor profundo que nos abatió a todos y que nos hermanó estrechamente para todo nuestro futuro. Y tu nombre, encabezando al grupo que luchó por la gloria, vibrará siempre en mi corazón porque también junto a ti y en momentos inolvidables, vibró también con ideales puros el de mi hijo Renatico.
Durante muchos meses he tenido que sujetar mis deseos de escribirte, de que supieras estaba junto a ti y también junto a todos los demás, como también he estado aquí con todos los que cayeron y a los cuales regularmente llevo las flores de mis recuerdos y de mi admiración. Circunstancias que todos conocemos me impedían acercarme a ti. Ahora, cuando parece que ya los corazones van alejando los odios y los rencores y se nota más bondad y comprensión, más tolerancia y humanismo, he sentido la grata emoción del momento esperado y esta carta es para mí como si te diera un abrazo fuerte y emocionado, como abrazaba a mi hijo Renato en aquellos días en que él se mostraba tan cariñoso, conmigo. Y deseo que sientas cerca de ti, este afecto casi de padre, que yo sé que tu gran corazón sabrá comprender y apreciar.
Soy un hombre sincero creyente en Dios. Gracias a su fortaleza espiritual yo he podido resistir el terrible golpe de aquel 26 de Julio. Tengo mi fe puesta en él y en la esperanza de que algún día pueda abrazarte un rato largo, con una emoción que no sé si tendría fuerzas para resistirla. Pero yo confío en Dios y confío también en que los otros hombres sean guiados por nobles sentimientos y que la libertad de todos Uds. sea una bella y gloriosa realidad pronto.
Mientras, quiero que recuerdes con convicción que estoy junto a ti y a todos los demás. Que en nuestro hogar tu nombre y el de todos ustedes es un símbolo. Que recuerdes y recuerden todos que nos queremos sentir como padres espirituales de ustedes y que nuestros corazones y nuestros brazos y todo lo que tenemos estará siempre a su disposición, como si nuestros hijos fueran. Nosotros perdimos a Renatico, pero en todos Uds. se prolongó el ideal que fue el lazo común y magnífico que los unió en aquella jornada inolvidable.
En estas Santas Pascuas nuestros corazones estarán junto al de todos Uds. con nuestros afectos y con nuestras oraciones. Te abraza fuerte y con cariño profundo: René Guitart.
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Isla de Pinos, Dic. 16 de 1954
Señor Guitart:
Se me hace difícil comenzar ésta, llamarlo a usted de algún modo, encontrar la palabra que exprese al mismo tiempo mi gratitud, mi emoción, mi profundo reconocimiento por esa carta suya tan sentida, tan amable y tan llena de paternal y cariñoso afecto. Me llama usted, “queridísimo Fidel.” ¿Cómo llamarlo yo a usted? Pocas veces en mi vida me he sentido tan honrado como al recibir esas líneas suyas, ni tan estimulado a ser bueno, ser digno y ser leal hasta el último instante de mi existencia.
Ese abrazo largo del que usted me habla y que yo le daré algún día de todo corazón ¡cómo lo hubiera deseado en otras circunstancias! sin la cruel ausencia física de Renato, sin la hiel amarga de la adversidad en que todo se vuelve contra uno y no lo sostiene más que la convicción y la fe. Puesto que en tales circunstancias es usted quien a mí se acerca para abrirme amplia y generosamente las puertas de su afecto, queda para usted en este caso toda la bondad y nobleza de tal gesto en que reconozco el padre digno de aquel hijo que fue digno de usted.
Más, no le hablaré de él cual si estuviese ausente, que no lo ha estado ni lo estará ya nunca. No son meras palabras de consuelo. Sólo quienes los sentimos real y perennemente en las entrañas de nuestras almas podemos comprenderlo. La vida física es efímera, pasa inexorablemente, como han pasado las de tantas y tantas generaciones de hombres, como pasará en breve la de cada uno de nosotros.
Esa verdad debiera enseñar a todos los seres humanos que por encima de ella están los valores inmortales del espíritu. ¿Qué sentido tiene aquella sin estos? ¿Qué es entonces vivir? ¡Cómo podrán morir los que por comprenderlo así lo sacrifican generosamente al bien y la justicia! Dios es la idea suprema del bien y la justicia. A Dios tienen que ir los que por una y otra caen sobre la tierra de la patria.
Admiro el valor, la resignación y la grandeza con que ha afrontado usted una parte tan enorme de sacrificio a los ideales de su hijo; porque él se dio a sí mismo y usted lo dio a él; su valor ante el dolor es tan heroico y generoso como el de él ante la inmolación. Él se sentiría orgulloso de usted, como usted tiene tan sobradas razones para poder estar eternamente orgulloso de él. Un deseo formulo para Cuba desde lo más íntimo de mi alma: que tenga siempre hombres como usted y como él.
Nunca le daré motivo para arrepentirse de esas líneas hermosas que me envió, que yo le agradezco infinitamente y que guardaré siempre. Ojalá que en nuestro afecto y sobre todo en nuestra conducta encuentre usted un alivio a su pena.
Como usted, su esposa. Yo sé que ella es una madre espartana; como usted, llena de resignación, de bondad y de fe. “El hijo que se va de la tierra en el alma de la madre queda”. Hágale llegar nuestro devoto y fervoroso cariño. También a su hija que en nosotros tiene a muchos hermanos.
Las palabras están de más cuando los sentimientos quieren hablar; es preciso adivinar lo que uno siente y no puede expresar, aunque pudiera. Usted comprenderá los míos, como adivino y comprendo yo los suyos. Renato está y estará perennemente presente entre nosotros, y estará cada día más en el corazón de todos los cubanos; él, todo ideal, todo valor, todo dignidad, todo carácter, todo inolvidable ejemplo, era de los que sabían que nunca mueren los que caen por lo que él cayó.
Suyo,
Fidel.
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