
Afrodita No surgió de un callado mar cualquiera en su gran concha de nácar, sino del incomparable mar azotado por cables de hierro. ¡Oh mar hirviendo con salina espuma como requesón! ¡O cardado como lana en los husos de la luna, desfigurado por las mareas, amargo y airado profeta! En tal noche de tormenta y esfuerzo fue izada temblando hasta nuestra historia. Grande y llenos de pánico los ilustres ojos miraron fijamente… Del propio anhelo del hombre este encanto sin aliento, Del propio anhelo del hombre este fósil imperecedero.
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Coloquio de medianoche de SAFO SAFO Más allá de los cabos y promontorios del ansia, más allá de los premeditados menhires del deseo, más torpes y tímidos con aquellos que más exigen algo sutil y hermoso y lleno de descanso, nos movemos y zozobramos en mareas de ilusión, a tientas buscando más allá de las inmóviles puertas de la inmortalidad. FAON Felices los fundadores de la ciudad enterrada, transparentes sus actos, sus ansias y leyes, unidos como nosotros hemos sido divididos. SAFO Enzarzados en guerras que cada vez tienen menos sentido: demasiado sencillos, demasiado complejos, demasiado profundos, demasiado curiosos, unimos nuestros huesos a los suyos en los sepulcros del mar ensuciando los fluctuantes suelos del amargo océano. FAON Insubstanciales, sin objeto, sin gracia para marcar la historia con algo más que la huella de un error típico, como un labio leporino o un ojo azul, una y otra vez transmitidos. SAFO Por los resbalosos senderos del error perenne, nos movemos entre indolencia, indulgencia e ignorancia, la llegada sin motivo, y la partida sin motivo: atrapados por los grilletes del error que revive, causa condenada de hecho y aún desdeñada, débil compendio torpe como los besos que se confabulan para cruzarse con la muerte hasta que el tiempo nos siga, el tiempo que nos encuentra y aquí nos retiene a tiempo, en esta eterna pausa, a tientas buscando más allá de las inmóviles puertas de la inmortalidad
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Música acuática De la fiebre marina y del invierno cubre tu hosca belleza, con el vaivén del vaivén del mar. Guárdate del mediodía, de la luz de las estrellas y del humo donde se enrollan las ondas y tañen las ondas, y no sientas sino la errante fiebre nuestra. De la fiebre del día y de la tristeza nocturna guárdate, protégete, defiéndete: con sueño cubre tu hosca belleza del frío, con el vaivén del vaivén del mar.
La presente Antología, traducida por José María Martín Triana, ofrece los poemas que, en opinión de su autor, reflejan mejor sus múltiples voces, en una traducción (totalmente revisada de la primera edición) que puede considerarse como nueva en todos sus aspectos.
Sobre el autor
Lawrence Durrel (India, 1912-1990), el conocido autor de El cuarteto de Alejandría, es uno de los poetas ingleses más singulares de este siglo: digno heredero del ansia romántica hacia el Mediterráneo, incorpora en sus versos este sentimiento entremezclado de un hedonismo y de una ambigüedad meridionales extrañas a la poesía anglosajona, unidas a una honda meditación sobre los temas esenciales de la existencia.
La obra y vida de Durrell se relacionaron estrechamente con las del narrador norteamericano Henry Miller, con quien sostuvo una larga amistad e intercambio epistolar. Las estructuras amorfas de las novelas de Miller pudieron haber influido en Durrell y viceversa, aunque cada uno singularizó su estilo hasta el extremo. La obra posterior al Cuarteto de Alejandría no ha logrado el mismo reconocimiento. No deben olvidarse otros libros, como Reflexiones sobre una Venus marina (1955) y Limones amargos (1957), libros de viajes de una extraña belleza. De este último (premio Duff Cooper Memorial) dijo el propio Durrell que no es un libro político, sino simplemente un estudio impresionista de las costumbres y el ambiente de Chipre durante los conflictivos años de 1953-1956.
La novela está conformada por cuatro títulos: Justine (1957), Balthazar (1958), Mountolive (1958) y Clea (1960). Cada una repercute en la otra, creando un juego de espejos, como si individualizadas pudieran servir de explicación o punto de apoyo a alguna de las otras.
Otras obras suyas son Tunc (1968) y Nunquam (1970), carentes del virtuosismo de la tetralogía, aunque conservan un lenguaje y un humor macabro; y por último El quinteto de Avignon, que comenzó a escribir en 1974 y que lo integran las novelas Monseñor (1974), Livia (1978), Constance (1982), Sebastián (1983) y Quinx (1984). Si en el Cuarteto Durrell utilizó como simbolismo la teoría de la relatividad, en el Quinteto utiliza un simbolismo quíntuple porque, para el budismo, la personalidad está formada por cinco elementos Skandab, que proceden de los griegos clásicos e incluyen casi todas las categorías aristotélicas como fragmentos de la personalidad.
Con posterioridad publicó The big supposer (1972), Carrusel siciliano (Sicilian carousel, 1977) y Collected Poems (1980). La obra de Durrell quedará incuestionablemente como una de las más acabadas expresiones de una narrativa altamente lírica. En 1985 publicó Antrobus (The Antrobus complete) y, póstumamente, apareció su último libro, titulado Visión de Provenza (Caesar’s Vast Ghost: A Portrait of Provence).
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