
Rina Lasnier nació en 1915 en Saint-Grégoire d’Iberville, Quebec. Sus primeros estudios comenzaron en el pensionado de la congregación Notre-Dame, en Saint-Jean, Montreal. Posteriormente, se trasladó a Inglaterra, lo cual ampliaría su visión del mundo literario y fortalecería su vínculo con las grandes tradiciones poéticas de Europa. En 1938, ya de regreso, se inscribió en la Universidad de Montreal en un curso de literatura francesa y de literatura inglesa.
Durante algunos años de reclusión (a causa de una mononucleosis), Rina Lasnier se descubre un alma silenciosa y solitaria, y comienza a escribir. Su casa en Joliette, 299, calle Lavaltrie Sud, un pequeño paraíso de pájaros y árboles, recibió a escritores y poetas durante casi cincuenta años.
Sus poemas nacen de la más variada inspiración: la fe, el amor, el paisaje natal y, lo que es todavía más impresionante, el patrimonio precolombino. Entre sus poemarios figuran: Images et proses (1941), Les fiançailles d’Anne de Nouë (1943), Escales (1957), Présence de l’absence (1956), L’arbre blanc (1966).
La poeta recibió varias distinciones, entre ellas el Premio David (1943) y el Premio Camille-Roy (1964). Fue, además, miembro fundador de la Academia Canadiense-Francesa. En Joliette, Quebec, una antigua iglesia convertida en biblioteca lleva su nombre. Sobre el frontispicio, sus versos reciben al visitante:
felices los
sueños
transformados en
belleza y
vueltos hacia
el azul
por sobre
la más alta
esperanza…
A continuación, comparto la traducción de dos poemas de Rina Lasnier.
Yo tenía un gran árbol verde
Donde anidaba mi infancia alada,
Un árbol grande traspasado de luz
Que colmaba la cima de mi alma.
Yo tenía mil hojas verdes
Donde palpitaba el impulso de mi infancia,
Hojas lisas y cautivas
Como los pájaros de mi alma.
***
El árbol desnudo
Separado de su vestido de hojas,
sin nudos de pájaros para atar la luz,
el árbol en lo desnudo sacrificial del invierno.
Nutrido de la miel desértica de la nieve,
congelado arriba en el cilicio de las cortezas
su videncia reluce en el vidrio de los hielos.
Su flanco ya no sangra por la herida de la incisión,
su gran ensanchamiento colma el cielo entero,
su sueño agujerea el peso espantadizo de los astros.
Cuando el sol abatido y solo sangra en el suelo,
el árbol destruye su brasero de ramas
para repoblar la noche de uno que intercede…
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