
Marie-Marguerite-Simone Routier nace en 1901, en Quebec, Canadá. Cursa sus primeros estudios en la Escuela Normal de las Ursulinas y en la Escuela de Bellas Artes. En 1920, la joven Simone conoce al poeta Alain Grandbois. Este encuentro con el poeta viajero de las Islas de la noche avivaría su interés por la literatura y sus ansias de libertad.
En 1929, su poemario L’Immortel adolescent obtiene el premio David. Aunque compartido (Alice Lemieux fue la otra ganadora), el dinero que recibe por el galardón le permite realizar su gran sueño: visitar París. En 1930, la hallamos a bordo del France. En Francia, Simone estudia la literatura francesa en la Sorbonne, encuentra trabajo como diseñadora y cartógrafa en los Archivos públicos de Canadá y escribe para varios periódicos y revistas (entre ellos, L’Événement).
En agosto de 1939, su prometido, Louis Corty, pierde la vida en un accidente automovilístico. Simone regresa a su país. Tras publicar Adieu, Paris! Journal d’une évacuée canadienne, siente que debe entregarse a la vida monástica.
Después de diez meses en el monasterio de las Dominicas de Berthierville, abandona esta idea. No obstante, el amor de Dios se convierte en una de las fuerzas mayores de su poesía. Simone continúa escribiendo. En 1947, es admitida en la Academia Canadiense-Francesa. La poeta Rina Lasnier es la encargada de la alocución de presentación.
En 1987, a la edad de 86 años, Simone Routier muere en Sainte-Anne-de-la-Pérade, Quebec.
Sus poemas se sitúan entre la tradición y la poesía moderna, y es, probablemente, la primera poeta canadiense en confiarse sin reticencia en sus versos. Acerca de su obra, Laure Rièse comentó: «Canadá no conocía aún este tono confidencial». Otros de sus poemarios son: Ceux qui seront aimés (1931), Les tentations (1934), Les psaumes du jardin clos (1947).
A continuación, comparto la traducción de dos de sus poemas:
Nieve y Nostalgia
Nieve, caes, caes y caes sobre el suelo asombrado,
después sensible y resignado,
Sobre el suelo resignado de mi país, jovial y voluntario,
caes,
De mi país que dejé cierta primavera
tras mis pasos,
Que dejé sin voltearme para ver si aún
estaba allí,
Si aún estaba allí robusto y cruel y tumultuoso y
virgen,
Caes, oh nieve, profusa, vertical, circular, nieve
de mi país,
Caes obstinada, sobre ti misma, incansablemente,
Caes en torbellino que enceguece, distorsiona y desampara
En torbellino caes distraída y fatal,
Caes sobre mi lejano país,
Caes y yo no estoy allí.
***
El mar
¡Ah esa extravagante toma de posesión de la playa
pura, áspera y agitada; de esa playa donde debes correr
para avanzar solo algunos pasos!
No es sino sobre la última duna, en los confines
de la tentación, en la linde de la gracia, donde debes tenderte.
Allá donde la frescura donde algún frío metal más intrépido te sacuda
los hombros, te bese en la cara, con la risa
blanca de su espuma,
Mientras su resaca vivamente hace entrar en razón a
la arena bajo ti, te gana en el juego viril del perdón y del arrepentimiento.
Pues para la última duna es que el mar te invita,
para primero vestirte con más decencia
con la muselina de su espuma
Y tonificarte con su aliento yodado antes de cubrirte,
de alzarte y, con el tercer golpe de su resaca,
engullirte,
engullirte en su posesión profunda, y encantarse
en su incesante éxtasis; pues en tierra y cielo,
hay solo un amor,
El mismo, y que todo lo toma, cuerpo y alma, y del cual
lo que te ofrece la playa de los hombres -el placer- es solo
la infame farsa.
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