
Serias dudas tenemos de que en algún otro sitio que no sea esta página digital de Cubaliteraria alguien recuerde que este 2 de enero se cumplen 140 años del deceso —en igual fecha pero de 1886— de un autor bastante olvidado, pero no intrascendente: el bayamés Tristán de Jesús Medina, cuyo perfil intelectual es sorprendentemente variado: poeta, ensayista, orador, narrador, acerca del cual el erudito crítico dominicano-cubano Max Henríquez Ureña escribió que “no le faltaban dotes para expresarse bellamente”, aun cuando la prisa conspirara contra un mejor “arte final” —como se acostumbra decir en el argot editorial— de sus producciones.
En muy lúcido ensayo sobre Tristán de Jesús Medina, Cintio Vitier nos revela estos datos que contribuirán a su mejor apreciación por el lector actual:
Ninguna figura de nuestro siglo XIX más olvidada hoy que la de Tristán de Jesús Medina. Famoso en su tiempo en Cuba y en España, como orador sagrado alcanzó también notoriedad, por sus repetidos conflictos con la jerarquía católica española, por su unión con una dama irlandesa de ilustre familia anglicana, y las escandalosas imputaciones que hicieron de él un perseguido en España, y sobre todo en Suiza, donde acabó siendo encarcelado y más tarde recluido en un manicomio.
Enmarcado dentro de la narrativa, y sin descartar sus otros perfiles ya citados, cultivó el cuento y la novela, siendo uno de los cubanos más conocidos de su época pese al desenvolvimiento social poco ortodoxo que lo caracterizó.
Como no lo conocimos, demos la palabra a otro cubano autorizado para ilustrarnos al respecto. Se trata de Enrique José Varona:
La fantasía y la verbosidad caracterizan a Medina como escritor y debían distinguirlo como orador, la movilidad caracteriza su temperamento y explica su vida. Hay quienes recuerdan la pasmosa facilidad con que llevaba de frente las ocupaciones más diversas, escribiendo casi al mismo tiempo un artículo y un folleto, mientras concertaba y disponía un sermón. Se casó casi un niño, fue sacerdote católico y paró en protestante.
Súmese que su celebridad como orador se extendió a La Habana y también a Madrid, en cuyos centros culturales se escuchó su oratoria fogosa y su liberalismo político a favor de la abolición, de ideas reformistas para Cuba y hasta simpatías por la insurrección.
Los escritos periodísticos de don Tristán de Jesús Medina podemos rastrearlos en publicaciones cubanas y españolas: El Redactor, Diario de La Habana, La Verdad, Revista de La Habana, La Discusión, Revista de Cuba, Correspondencia, La América, Revista Hispano-Americana.
Y en cuanto a sus novelas y relatos, aunque muchos se han perdido, se cuentan Misterios de La Habana, Una lágrima y una gota de rocío, El doctor In-Fausto, y también numerosas narraciones breves reunidas en Cuentos de un diletante, que incluía relatos como “Mozart ensayando su Réquiem”, “El Carnaval de Paganini”, “La última sinfonía de Beethoven”, “La Sonata” y “El Satán de Haydn”.
Por lo general lo acompañaron la adjetivación desmesurada y la imaginación desbordada, como aquí comprobará: “Aquella música abría sepulcros y cielos, desataba ligaduras enojosas, rizaba el plumaje de muchas alas, despertaba ecos en las altas concavidades, marcaba curvas de vuelos gigantescos”.
Además pronunció y publicó abundantes discursos, oraciones fúnebres e hizo traducciones. Con tal despliegue de quehaceres es hasta natural que le faltara tiempo para revisar un poco más.
No fue, no es, Tristán de Jesús Medina “un grande de las letras cubanas”, ni tampoco lo estamos invitando a buscar sus escritos y embriagarse en su prosa. Solo lo estamos invitando a recordarlo. Sin dudas lo merece.
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