
José Ingenieros es uno de los autores latinoamericanos cuya obra se lee con mayor interés en los países de habla española durante las décadas iniciales del siglo XX y hasta su mitad. Trasciende como médico y como sociólogo. Una de sus obras, El hombre mediocre, con primera edición en 1913, trata sobre la naturaleza del hombre e influye en más de una generación de jóvenes, intelectuales y estudiosos de las doctrinas filosóficas, sociales y políticas.

Algunos mínimos apuntes nos exige la mencionada obra de Ingenieros, en la que caracteriza a los individuos a través de tres tipos de personalidades: el hombre mediocre, el inferior y el superior o idealista. Los dos primeros no quedan muy bien parados, pues Ingenieros asigna a los terceros —capaces de concebir ideales legítimos, elevados, destinados a transformar el futuro— el movimiento de la sociedad y su evolución.
La juventud argentina queda atrapada por este texto, cuya esencia influye decisivamente en el movimiento de la reforma universitaria en Argentina iniciado en 1918, y cuyo alcance se extiende a otras naciones, Cuba entre ellas, donde en diciembre de 1922 se funda la Federación Estudiantil Universitaria.
Pero resulta, además, que José Ingenieros no es en modo alguno una personalidad ajena a los cubanos.
Llega a La Habana por vez primera en diciembre de 1915. La juventud de aquí, o al menos una parte de ella, ha leído El hombre mediocre, que por entonces se ha comentado ya bastante. Ingenieros es un gran incitador, es decir, un autor cuyos contenidos promueven el debate.
En La Habana de 1915, se le declara Huésped ilustre del entonces muy chic Hotel Sevilla de Prado y Trocadero, y ha arribado procedente de Puerto Limón, Costa Rica, el 9 de diciembre, como integrante de la delegación argentina al Segundo Congreso Científico Panamericano, que tendría por sede a Washington, por lo que solo se detienen en tránsito de dos días hacia Norteamérica.
En la noche del día 9 se le ofrece una recepción de honor en la Academia de Ciencias y un periodista lo describe como «pulcro en el vestir, de elegantes maneras, cortés y afable». Sin embargo, los hombres de la prensa no logran obtener entrevistas de José Ingenieros, quien no gusta de ellas y acostumbra remitir a los periodistas a la lectura de sus libros, donde pueden encontrar todas las claves de su pensamiento.
En tal sentido, y al menos para los profesionales de la prensa, la visita de José Ingenieros resulta frustrante. No les da sino para alguna fotografía, casi siempre de grupo.
Sin embargo, acontece una segunda visita de José Ingenieros. Diez años después, el 4 de agosto de 1925, recién estrenado en el poder el presidente Gerardo Machado. Esta vez llega en tránsito hacia México y solo permanece unas horas, durante las que es atendido por Emilio Roig de Leuchsenring, el novelista Carlos Loveira, el poeta Hilarión Cabrisas, el crítico Néstor Carbonell y otras figuras de la intelectualidad nacional.
Pese a la brevedad de su visita, el maestro de la juventud argentina dedica tiempo a saludar a quien se considera el maestro de la juventud cubana, Enrique José Varona, muy anciano entonces. Almuerza en el restaurante Lafayette (hoy ruinoso) de La Habana Vieja y un periodista lo compara, por su complexión, con un viejo roble.
Médico especializado en la rama de la psiquiatría, como profesor de psicología experimental José Ingenieros hizo importantes aportes sobre las condiciones higiénicas y sociales de vida de los trabajadores argentinos.
Entre las muchas frases célebres extraídas de su pensamiento, una compartimos especialmente con el lector: «La juventud se mide por el inquieto afán de renovarse, por el deseo de emprender obras dignas, por la incesante floración de ensueños capaces de embellecer la vida».
La parte más conocida de la obra de Ingenieros radica en su ensayística filosófica, insertada dentro de la corriente del positivismo.
Para sorpresa de cuantos lo admiraban, José Ingenieros murió poco después de aquella segunda visita a Cuba, el 31 de octubre del propio año de 1925, joven aún, a los 48 años.
Semanas antes había declarado: «Trabajo cinco horas en el consultorio. Después, todas las noches, hasta las tres de la mañana. Jamás he estado enfermo, nunca he sentido la menor molestia. Cuando yo caiga en cama será para no levantarme jamás».
Y así ocurrió.
A su fallecimiento, el escritor peruano José Carlos Mariátegui afirmó: «Nuestra América ha perdido a uno de sus más altos maestros. José Ingenieros era en el continente uno de los mayores representantes de la inteligencia y el espíritu».
Es un buen epílogo para este intento de tributo en el centenario de su partida.
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