
Es este un personaje olvidado pero no desconocido, uno de aquellos enciclopedistas de inicios del siglo XIX que fomentaron, con sus ideas, el espíritu de la independencia en las tierras del continente americano. Se llamó José Antonio Miralla, argentino nacido en Córdoba, en mayo de 1790.
Miralla tuvo acceso a una magnífica educación. En Buenos Aires se dio a conocer como poeta y orador fogoso, tanto, que debió partir para siempre de allí en 1809. Llegó entonces a Lima, en Perú, y después siguió camino hacia España.
Por su personalidad y mucho saber, Miralla llegó a las Cortes españolas, pese a sus ideas liberales y simpatía por las revoluciones latinoamericanas, amén de ser protagonista de algunas aventuras galantes. Finalmente, no le fue bien en la Península, por lo que se trasladó a Londres, cruzó el mar y desembarcó nada menos que en nuestra ciudad de San Cristóbal de La Habana.
Como era hombre emprendedor se dedicó al comercio, adquirió plantaciones cañeras y tabacaleras, y ganó dinero.
Fundó el periódico El Argos, que circuló desde junio de 1820 hasta marzo del siguiente año, para un total de 34 números. En el primero de aquellos números se expresaban cuáles eran las intenciones de la publicación, fundada —cito textualmente— «para escribir en el sentido de la democracia y de la independencia americana», lo cual no hizo mucha gracia a las autoridades coloniales de la Isla.
Se cuenta, además, que cuando en 1820 los españoles más reaccionarios de la calle Muralla pidieron la destitución del Intendente Alejandro Ramírez —el mismo bajo cuya administración se fundó la Escuela de Pintura de San Alejandro— fue el argentino Miralla quien los contuvo con su palabra.
Fue él quien desde su periódico El Argos afirmó: «Prefiero una libertad llena de riesgos que una quieta esclavitud».
Se le atribuye participación en la conspiración de los Rayos y Soles de Bolívar, en 1823, por lo que una vez descubierta esta, tuvo que salir oculto de Cuba y viajar con destino a Estados Unidos.
Miralla nunca abandonó su espíritu independentista, ni su apoyo a los movimientos anticolonialistas que ya se fraguaban en Cuba. Asegurándose, solicitó el concurso de los próceres Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander a los efectos de que ambos, con su prestigio e influencia, contribuyeran a este propósito.
Conocedor de los clásicos de la filosofía y la literatura europea, hablante de varios idiomas, pudo en La Habana de inicios del XIX publicar algunas traducciones del italiano al español, siendo una figura atrayente por su cultura y lo mucho que había viajado.
Versado en jurisprudencia, teología, medicina, matemáticas, además de ser un improvisador de gran facilidad de palabra, Miralla llamó la atención de los habaneros. Sin embargo, no se contentó con ser un intelectual y participó de manera destacada en la política de su época.
Una vez que salió de Cuba anduvo por Bogotá y al año siguiente, en 1825, se trasladó a México, donde murió a los 35 años. Ello ocurrió el 4 de octubre de 1825, hace pues justamente dos siglos. Y aunque nos pueda resultar un «desconocido», no lo fue en su tiempo. Al contrario, mucho dio que hablar.
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