
Conocí a Yamil Díaz a través de terceras personas hace muchos años. Me dijeron que era un periodista que jamás ejerció y que, no bien terminó sus estudios universitarios, colgó el título para dedicarse a la literatura. Me dibujaron ese episodio como un acto de rebeldía ante la lógica gremial que —ya desde entonces— aparecía en el horizonte con sus claroscuros, sus evidentes sombras y sentencias poco halagüeñas. Más allá de eso, la lectura de la obra de este autor arroja otras luces. Se trata de un hombre marcado por la mirada del periodista. Su acercamiento al arte, en todas las dimensiones posibles (incluyendo la poesía), pasa por una sensibilidad con lo social, con el entorno más cercano, ese en el cual se ha formado, el de la vida de provincia. Su conocimiento de la obra de José Martí, su manifiesto aprecio por el legado del héroe; no son elementos que lo aparten de esos seres más cotidianos, los que para cualquiera pueden pasar inadvertidos y que conforman el entramado de una comunidad.
Así hay que acercarse a un libro de Yamil Díaz que es un clásico, a mi entender, del periodismo literario, del testimonio, de la crónica y la entrevista: La calle de los oficios. Encasillar la obra en un género, ya de por sí, es algo inútil, pues el autor hace lo posible para nutrirse de los registros de cada una de las instancias tanto poéticas como periodísticas, tanto escriturales como de la oralidad. Este volumen recoge piezas que avalan la virtud de lo cotidiano, con un aliento de dioses que envuelve a cada una de las personas reales entrevistadas. Pudiéramos pensar que la literatura debe ser ficción, que solo cuenta aquello que el autor es capaz de imaginar o de poner en clave poética en su obra; pero Yamil nos evidencia otra cosa: en la vida hay belleza, solo tenemos que acercarnos lo suficiente, tomar los frutos con la delicadeza exacta, con la espera necesaria, con la formación consciente de aquello que se merece.
Es esa belleza de lo cotidiano la que nos lleva a mirar la poesía que pervive en un vendedor de raspaduras, que hace poco más de una década amenizaba las calles de Santa Clara con su pregón cantado. Esa pieza inaugural del libro pareciera pasajera, si no fuese por la historia de humanismo, entrega y pureza que subyace. Yamil Díaz, sin que aparezca la intromisión del aparato antropológico, sabe adentrarse en esa psicología profunda de los seres humanos, la que está oculta y que devela sus entresijos solo mediante hilachas de sentido. La narración, los parlamentos, el discurso que fluye con diafanidad nos hablan de un periodista que escribe literatura y de una obra literaria que no prescinde del reporteo como herramienta crucial. Es una entrevista, pero también un testimonio de una era y un documento histórico. Es una crónica, pero entrelazada con los sucesos del reportaje, con la conflictividad del cuento y con las imágenes de la poesía que a ratos acude para apuntalar lo cotidiano. La pieza no decae en ningún momento, se sostiene a partir de las expectativas y del uso coherente de los núcleos de tensión y distensión, regalándonos una lectura de lo social a partir de la experiencia de un vendedor y su experiencia vivida. El oficio, en este caso el de llevar raspaduras por las calles, se enmarca en una vocación mayor y lo que parece nimio posee una epifanía que se revela, paulatinamente, a lo largo del texto.
Pero, ¿qué distancia hay entre el costumbrismo, ese que solo describe, el que apenas es un esbozo y la literatura de peso, la que trasciende? La calle de los oficios pudiera ser cualquier calle en un pueblo del mundo; sin embargo, la mirada del que escribe, su visión crítica, su adentrarse en los escollos son posicionamientos que la recolocan. La vida de un limpiabotas que se mueve en la ciudad haciendo décimas mientras reflexiona, busca el sentido de su existencia y se reacomoda en un mundo cambiante, es un momento exquisito de este libro. Testimonio de un ser que evidencia lucidez, sensibilidad, magia poética y sabiduría, a pesar de vivir de un oficio asociado con la subsistencia, la precariedad o los márgenes.
Yamil Díaz, en su cualidad de autor, sabe acercarse con el respeto que merece la persona, con el tono profesional y humano. Recibimos no solo el texto, sino el trasfondo ético, tenemos en las manos una joya del periodismo que cubre las expectativas del género, pero que posee resonancias que lo trascienden. La buena literatura vibra en esas frecuencias, sin que exista un instrumento que la determine, ni un aparato categorial que la explique. Ello distancia este libro del costumbrismo llano, de la crónica de hechos que hallamos en cualquier sección de lectura del mundo y que estaría marcada de muerte junto al periódico.
Cuando este libro salió a la imprenta, aún no había llegado a nuestro país el mundo hipermedial de internet, ese Aleph que luego trastocaría las lógicas de construcción de sentido. Sin embargo, algo se respira en las páginas, una especie de maquinaria del tiempo que nos traslada y que desmaterializa lo que somos para reposicionar la geografía íntima, la de la identidad. Eso percibe el lector cuando se acerca a la pieza sobre un conocido escritor y transformista de la provincia de Villa Clara, cuya deconstrucción narra Yamil con todos los detalles de la gran epopeya. Allí —en ese estudio comedido de la identidad, de lo que es un ser humano— hay emoción, pero a la vez choteo; hay reflexiones, pero también la carcajada que estalla y mueve el pensamiento más allá de los estancos y las mediciones exactas. Eso es lo que caracteriza el tono de una pieza que no se escribe con puritanismo, sino con el impulso de quien conoce las armas del oficio y las ejerce sin piedad ni permiso. No sabemos a ciencia cierta si aquí prevalece la crónica, la ficción, el drama, el teatro, el psicoanálisis; pero estamos casi seguros de que no se sale igual de esta lectura, no se permanece estático, sino que el ejercicio nos exige un posicionamiento, un cambio. Y la literatura, cuando nos transforma, es la más subversiva, la más real.
Si el libro abre con un pregón de dulces, con un hombre que regala caramelos y que cuenta su historia de dolor y empatía; cierra con la muerte. Un testimonio sobre un trabajador funerario, con las descripciones crudas de una necropsia, con los cortes y las heridas sangrantes, con los trozos de órganos en un cubo, con el cadáver encima de la mesa rellenado de aserrín. Todo eso es el cierre magistral de un volumen cuyo tema es el oficio de la existencia. Vamos de la mano del funerario hacia un mundo seco, llano, silencioso, sencillo, que nos dice cuál es el límite exacto, el valladar que nos define, la circunstancia mortal. El autor sabe que las descripciones son fuertes, que nos mueven a pensamiento y que funcionan como electrizantes metáforas. Aquí la comunicación ha querido que estemos al pendiente de un desenlace consabido, de un final que no por cotidiano deja de ser terrible. La muerte es la gran igualadora, ella también ejerce su oficio, su labor posee utilidad y sentido. Ante la realidad del cadáver y de la necropsia no podemos sino repensar lo que hemos hecho y cómo hemos asumido lo que somos; existe un retorno al núcleo esencial, al origen, a la semilla. Yamil Díaz, sin que aparezca tácitamente dicho en el libro, nos deja entrever que esa muerte común también es nuestra, que leemos cómo será cuando estemos ahí. Un momento en el cual, no obstante, respiramos vida, sentido y aprendemos desde la humildad a ser mejores, a caminar con el aliento justo y aprovechar cada resuello en proyectos edificantes, inscritos en la belleza del universo.
La calle de los oficios es un clásico, una lectura obligada en nuestro periodismo literario, como lo es el propio Yamil Díaz. Hombre y obra van de la mano en la consecución de un solo fin: la palabra puede cambiar el mundo, no de la forma que pensamos ni deseamos, pero puede. Ese es el oficio que nos lega el autor a través de sus líneas y de este paseo por los tipos y costumbres de una sociedad.
Visitas: 84






Deja un comentario